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Pilar Lozano: “La felicidad de mi vida es ser abuela”

La periodista y escritora de literatura infantil es una de las autoras homenajeadas por la Feria Internacional del Libro de Bogotá. En este perfil exploramos su vida, su obra y la forma en la que ha narrado la infancia en Colombia en medio de la guerra.

Andrés Osorio Guillott

26 de abril de 2026 - 03:15 p. m.
Pilar Lozano, autora de libros como “Crecimos en la guerra” o “Colombia, mi abuelo y yo”.
Foto: El Espectador - Gustavo Torrijos
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“Para mí, la máxima felicidad de toda mi vida, de todo lo que he hecho, es ser abuela”, dijo Pilar Lozano, que detiene sus preguntas, sus escritos, sus proyectos, sus angustias, cuando de compartir con sus nietos, Aitana y Lorenzo, se trata.

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Pilar Lozano vive en un séptimo piso en el centro de Bogotá, con una vista de la que lamenta ver cada vez más cemento y menos verde. Desde su apartamento, que afirma que es lo único que tiene porque no es pensionada y debe seguir trabajando, la periodista y escritora bogotana recuerda cómo logró ser una profesional que, como enseñanza de su mamá, siempre supo arreglárselas para no vararse, para ser recursiva y valiente sin importar cualquier tipo de obstáculo.

En Alemania vivió durante tres años, entre 1992 y 1995. Allí trabajó para la Deutsche Welle, y en ese lapso no aprendió alemán. “Al comienzo peleé como una leona”, recuerda sobre su primer año. Del segundo dice que cayó en depresión y que en el último resucitó. Uno de sus colegas le dijo que tenía un pacto con el diablo porque a pesar de no saber alemán cubrió siempre sin errores el tema de política de ese país. “Somos colombianos y somos ingeniosos”, le respondió. “Yo me guiaba por intuición, lógica, imágenes. Iba a ruedas de prensa, miraba reacciones, escuchaba comentarios en español y deducía. Nunca me equivoqué. Estuve en la rueda de prensa de la unificación europea con Mitterrand y Helmut Kohl. Yo en primera fila, tomando notas sin entender nada. No sé cómo lo hice. Es lo más audaz que he hecho en mi vida”.

Su papá le dijo en su adolescencia que, si le gustaba todo, que estudiara periodismo porque “ahí tiene que saber un poquito de todo”. Lozano recuerda cuando entró a la Javeriana y lo mucho que le costó hallarse en esa carrera. “Quise cambiarme, me mandaron al psicólogo. Me dijeron que era un ‘mico estrenando lazo’. Hasta que llegué a un programa de radio, salí a hacer entrevistas en la calle y dije ‘esto es lo máximo’. Y me quedé. A pesar de la ortografía, que fue un desastre. Pero lo logré”.

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Sus primeros pasos en el periodismo, antes de llegar a la época de trabajar en Alemania y de ser corresponsal para El País, los dio escribiendo artículos para El Tiempo. También trabajó en el periódico de Consuelo Montejo y en Todelar. “Me echaron muchas veces. Era una época muy politizada en los años 70. Yo era del Moir, mi mejor amiga era trotskista. Nos peleaban todo el tiempo. Me acusaban de comunista, de guerrillera… me echaban por eso. Fue una época muy dura”.

Pilar Lozano también recuerda su experiencia cubriendo el fallido proceso de paz en San Vicente del Caguán a principios del milenio. Además de su rol como periodista, recuerda que hacía talleres, visitaba escuelas y ayudaba con materiales. “Yo creo que lo rico del periodismo son las vivencias, ser testigo de cosas. A veces yo decía: quiero ser solo observadora, no tener el agobio de escribir rápido. Pasábamos mucho tiempo allá. Conocí un proyecto que se llamaba los Círculos de Lectura de San Vicente del Caguán, de una monja que trabajaba con jóvenes para que no se los llevara la guerra. Escribí una historia sobre ese proyecto para Fescol. Fue muy interesante. También frustrante cuando se acabó, porque no entendíamos nada”.

Para ese entonces ya escribía literatura, en especial para los niños. Desde 1987 había emprendido un camino que resultó más largo que el periodismo, pues aún hoy es lo que la lleva a caminar y recorrer el país entero. Esa intuición y esa pasión, dice ella, no la quiso, sino que le “llegó del cielo. Cuando me enamoré del mapa de Colombia. Me obsesionaba su forma. Luego, en Revista Diners, propuse una serie que se llamaba: Las puntas de Colombia. Hice muchos viajes por todo el país. Y en el último viaje, en un barco oceanográfico, nació la idea de mi primer libro: Socaire y el capitán. Porque el capitán dijo que nunca subían niños al barco, y ese ‘nunca’ fue la semilla de la historia”.

Desde 1987 hasta hoy ha publicado más de una docena de libros, unos de literatura infantil, otros de crónicas de niños en la guerra. Además de “Socaire y el Capitán Loco”, varios recuerdan otras obras como “Colombia, mi abuelo y yo”, “Era como mi sombra”, “La historia, los viajes y la abuela”, “Turbel, la estrella que le perdió el miedo a la noche”, “Crecimos en la guerra”, entre otras.

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Uno de los puntos centrales en los que se enlazaron el periodismo y la literatura en la vida de Pilar Lozano tiene que ver con el conflicto armado. Ella recuerda que le tocó cubrir la guerra como corresponsal, y que ahí veía a los niños siendo víctimas, también siendo reclutados forzosamente para volverse guerrilleros. “Quise escribir sobre ellos. Así nació ‘Crecimos en la guerra’. Pedí una beca para poder hacerlo, porque necesitaba tiempo. Después hice ‘Historias de un país invisible’, con historias esperanzadoras en zonas de conflicto”.

Sin embargo, no deja de preguntarse por qué vivimos en un país que ha subestimado tanto las secuelas de la guerra en los niños. “Es terrible. Son generaciones que crecen en la guerra. En el siglo XIX los niños también combatían. No había normas que los protegieran. Los adultos disponían de ellos como querían. Un niño que ve morir a su familia guarda eso. Nadie lo acompaña, nadie lo escucha. Eso se queda ahí, como una semilla, y después florece en otra guerra. Es terrible. Ahora, estudiando historia, veo casos como la guerra en Villarrica durante el gobierno de Gustavo Rojas Pinilla: bombardearon la zona y se llevaron a los niños a orfanatos, les cambiaron el nombre. Gabriel García Márquez escribió sobre eso. Uno dice ‘¿qué hemos hecho con los niños?’. A nadie le ha importado. En muchos procesos de memoria se trabaja con adultos, pero los niños quedan olvidados”.

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Sobre sus dos pasiones, Lozano dice: “Para mí el periodismo y la literatura es jugar con las palabras. Y yo creo que en mi caso es lo que le ha dado sentido a mi vida. Entonces el periodismo me encanta, como te dije, porque es que uno es testigo de las cosas. Y a mí no me gusta que me cuenten, no creo, yo soy como Santo Tomás, ver para creer. Entonces el periodismo me ha permitido eso, el ver y tener mi propio criterio sobre las cosas. Y la literatura, es que es muy rico, le da a uno libertad, porque escribir es el oficio que uno hace uno con uno, ¿no? No necesita nadie más. El periodismo es más jodido, más difícil, produce más angustia”.

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Pilar Lozano reconoce su arraigo con el país, así también como con su familia. En su memoria, que no está pintada por los tintes grises de la nostalgia sino por los colores más vivos del orgullo y la felicidad, están intactos los recuerdos de la casa en la que creció con sus diez hermanos, la importancia que tuvieron sus abuelos, en especial el paterno, José Lozano, que le inculcó la pasión por viajar. “Soy la tercera de diez hermanos. Nos llevamos un año casi todos. Cinco mujeres, cinco hombres. A mi hermana mayor y a mí nos tocó criar a los menores. Yo era la malvada porque los pellizcaba para que no me quisieran. Pero recuerdo una infancia muy feliz. No necesitábamos amigos: éramos diez. Hacíamos teatro, jugábamos, nos regañaban, hacíamos oficio. Pero fue una infancia muy bonita”.

Fue mamá a los 21 años de su único hijo, Juan Salvador Aguilera. De ser mamá y periodista al tiempo, dice que no fue fácil. “El periodismo exige horarios difíciles, viajes. Y para las mujeres es más duro. Siempre hay alguien que cuestiona. Yo me separé rápido, y mi familia me ayudó mucho. Somos diez hermanos. Mi hijo fue el primer nieto, el consentido de todos. Mi familia ha sido un apoyo enorme”.

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Hoy es feliz dictando talleres, viajando por el país, no le gusta quedarse quieta y siempre está buscando y aceptando proyectos que impliquen estar varios días fuera de Bogotá, ojalá entre veredas y zonas alejadas del ruido, el cemento y las pesadas lógicas de la urbanidad. Viaja porque no sabe cuándo ese viaje será el último y no quiere arrepentirse de no hacerlo, porque dice que todavía puede ser autónoma pero teme cuando no pueda serlo por la aparición de la fragilidad propia de la vejez. A ser una carga y a la amargura es a lo que más le teme.

Le preocupa el mundo que le queda a sus nietos y el que viene. Considera que el mundo debe cambiar, a ciencia cierta no sabe cómo, pero sí cree que ese cambio debe partir de la solidaridad y de volver a vivir en comunidad. “Yo todas las mañanas me despierto a ver si existe mundo o ya no, a ver si queda un pedacito de lo que pasó. Para ellos es demasiado cruel. Es una generación a la que le tocó todo lo peor. La inteligencia artificial. Mi nieta me decía: ‘abuela, ¿qué voy a trabajar? ¿Qué nos va a dejar la gente? ¿Dónde vamos a conseguir trabajo?’. Y es el tema de todos los sardinos: no tenemos trabajo. El cambio climático. Mi nieta una vez, hace unos años, me dijo una cosa que me pareció durísima: ‘Abuela, yo no quiero vivir sino hasta los 60 años’. Le dije: ‘¿pero cómo así?’. Me dijo: ‘es que ya a los 60 no va a haber agua’. Y una amiga le decía que el mundo se iba a acabar en 10 años. Entonces vivían llenos de angustias.

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Es una generación llena de angustias, y todas son reales, porque todo es real. El mundo se puede acabar. Hay unos locos manejando el mundo que lo pueden acabar cuando quieran porque se sienten con el derecho de matarnos como si fuéramos pulgas. Y lo peor es que hay gente que los aplaude. Eso es lo que uno no entiende. Entonces uno dice: ‘¿nos enloquecimos? ¿Se perdió la humanidad? ¿Qué somos los seres humanos? ¿Dónde está la solidaridad? ¿Dónde está el entender al otro, el escuchar al otro?’. Eso duele muchísimo. Yo creo que el mundo tiene que cambiar, porque no podemos seguir así.

No sé para dónde vamos, pero tiene que cambiar. Y espero que las nuevas generaciones tengan un mundo mejor, donde haya solidaridad, donde entendamos que vivimos en comunidad, que no somos si no somos con los otros. Porque el ser humano solo no puede vivir. A veces, con los sardinos, hablamos de eso. Yo vivo en un apartamento, soy feliz. Me considero feliz. Contenta con lo que he hecho. Ojalá logre sobrevivir con lo que hago hasta que me muera”.

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