“A finales del año 1840 salía yo de mi patria, desterrado por lástima, estropeado, lleno de cardenales, puntazos y golpes recibidos el día anterior en una de esas bacanales sangrientas de soldadesca y mazorqueros. Al pasar por los baños de Zonda, bajo las armas de la patria que en días más alegres había pintado en una sala, escribí con carbón estas palabras: On ne tue point les idées”, Facundo.
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“Facundo” (1845), del argentino Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888), es el primer ejemplo con el que quiero comenzar esta reflexión sobre poder y política en la novela. Publicada cuando su autor estaba exiliado en Chile, es una narración híbrida que combina periodismo, novela, biografía y ensayo. A través de una destilación cuidadosa del lenguaje, Sarmiento reflexiona sobre por qué Argentina estaba condenada al caudillismo, a la violencia y a la marginalidad después de la independencia. Se centra en la figura de Juan Facundo Quiroga (1788-1835), famoso, cruel y despiadado caudillo que abogaba por el federalismo. También describe la geografía y la historia argentinas y el futuro que le espera. Es una biografía pensada como historia de las guerras civiles. Es decir, es una historia de la revolución argentina a través de la vida de Facundo Quiroga.
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La guerra de la revolución argentina fue doble: las ciudades contra los españoles y los caudillos contra las ciudades. En la primera mitad del siglo XIX, Argentina, al igual que la mayoría de las naciones latinoamericanas, enfrentó numerosas dificultades para consolidarse como nación, después de la independencia de España. Los que abogaban por un gobierno central (los unitarios) y aquellos que consideraban el federalismo como el sistema que debería gobernar (los federales), terminaron enfrentados en cruentas guerras civiles. Sarmiento era partidario de los unitarios y fue enemigo político declarado del dictador Juan Manuel Rosas (1793-1877).
Lo que hizo el autor con Facundo fue utilizar la figura de Juan Facundo Quiroga para explicar cómo el caudillismo permitió que un régimen como el de Rosas conquistara el poder. En ese sentido, el discurso que rezuma la obra no es neutral, sino que pretende desacreditar el rosismo y defender su proyecto de la nación liberal que pululaba en Europa. Claro está que, al momento de escribir la obra, los federalistas estaban al mando de Argentina, especialmente en cabeza de Rosas.
Antes de 1810 había dos tipos de civilizaciones: la española culta y la americana que era bárbara, casi indígena. La novela presenta personajes de la identidad argentina: el rastreador, el baqueano (topógrafo conocedor de la zona), el gaucho (Sarmiento lo muestra como malo: valiente, pero ignorante, libre y desocupado) y el cantor (da cuenta de las costumbres de la zona). En la novela es importante la pulpería, como el escenario donde se reúne el gauchaje, lo mismo que las montoneras (especie de plazas provinciales con caudillos a la cabeza) de donde salió Facundo. Era gaucho, hijo de un sanjuanero humilde, pero con el pastoreo su familia logró obtener regular fortuna: “Facundo, provinciano, bárbaro, valiente, audaz, fue reemplazado por Rosas, hijo de la culta Buenos Aires, sin serlo él; por Rosas, falso, corazón helado, espíritu calculador, que hace el mal sin pasión, y organiza lentamente el despotismo con toda la inteligencia de un Maquiavelo. Tirano sin rival hoy en la tierra, ¿por qué sus enemigos quieren disputarle el título de Grande que le prodigan sus cortesanos? Sí; grande y muy grande es, para gloria y vergüenza de su patria (…)”.
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De igual manera, Sarmiento presenta una marcada oposición entre la barbarie (América Latina, España, Asia, Oriente Medio, los federales, entre los que están Facundo y Rosas) y la civilización (Europa, Norteamérica, los unitarios). Es culpa de Facundo el pasado, el presente y el futuro de Argentina: “¡Sombra terrible de Facundo, voy a evocarte, para que sacudiendo el ensangrentado polvo que cubre tus cenizas, te levantes a explicarnos la vida secreta y las convulsiones internas que desgarran las entrañas de un noble pueblo!”.
Es una obra fundamental para entender tanto la historia intelectual, literaria y política de Argentina, como la de América Latina, porque es un retrato preciso de la celebérrima discusión entre la civilización y la barbarie que se vive en todo el continente desde la Conquista. Afirmó Jorge Luis Borges en sus clases de historia de la literatura argentina: “Según Sarmiento, los caudillos representaban la barbarie, las masas bárbaras, porque, aunque ellos mismos eran hacendados y eran gente relativamente culta, jugaban a ser gauchos. Tenemos el caso de Rosas, que solía vestirse de gaucho”. A través de la narración, Sarmiento da a entender que la causa de la revolución es la particularidad cultural argentina, pero la geografía misma también se vuelve un elemento importante para el devenir histórico argentino.
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