“Eso era lo que pensaba. Y pensaba también en las oportunidades que tendría, como emperador, para consultar los archivos secretos y descubrir qué había sucedido en tal ocasión y en tal otra. ¡Cuántas historias deformadas quedaban aún por corregir! ¡Qué milagroso destino para un historiador!”.
Gánale la carrera a la desinformación NO TE QUEDES CON LAS GANAS DE LEER ESTE ARTÍCULO
¿Ya tienes una cuenta? Inicia sesión para continuar
“Yo, Claudio”, del inglés Robert Graves, fue publicada en 1934 como la primera parte de un díptico (“Yo, Claudio” y “Claudio, el dios y su esposa Mesalina”). Se trata de un relato narrado por Claudio, cuarto emperador romano de la dinastía Julio-Claudia (Augusto, Tiberio, Calígula, Claudio y Nerón), quien gobernó desde el año 41 hasta el 54 d.C. El autor se vale de la política, la familia, la religión, el sexo, la violencia, el lenguaje y la memoria para explicar el funcionamiento del poder. Pero no se limita a contar la vida de los gobernantes de la dinastía, sino que reconstruye una época fundamental para entender la historia, ya que sugiere el poder monárquico como un ecosistema moral, económico, cultural y simbólico contradictorio, y, además, como un drama familiar.
Le sugerimos: Arqueólogos descubren en Luxor una tumba de 3.000 años del periodo ramésida
La novela está narrada a manera de autobiografía contada desde la vejez de Claudio. Es una voz íntima y auténtica, con el tono de un cronista romano culto que está al tanto de las versiones oficiales de los historiadores sobre la dinastía Julio-Claudia y pretende corregirlas. Precisamente, esa estrategia narrativa que usa el autor para dar la ilusión de documento público convierte el libro en un registro novedoso a la hora de hacer novela histórica.
El narrador da cuenta de las intrigas, las conspiraciones y los asesinatos que marcaron la sucesión antes de que él llegara al poder. Paradójicamente, él era uno de los miembros de la familia que menos estaba destinado a gobernar: “[…] no hace mucho, fui conocido de mis parientes amigos y colaboradores como “Claudio el Idiota” o “Ese Claudio” o “Claudio, el Tartamudo” o “Clau-Clau-Claudio”, o, cuando mucho, como “El pobre tío Claudio” […]”. Sin embargo, esa apariencia frágil que él describe fue su principal protección, pues mientras algunos de sus familiares luchaban por el poder asesinándose los unos a los otros, a él lo ignoraban y menospreciaban. Y, justamente, esa invisibilidad le dio la posibilidad de convertirse en observador y testigo de la verdadera historia. Es decir, él no controlaba los acontecimientos, solo los contemplaba. Actuaba como un historiador que registraba detalles e iba más allá porque era miembro de la familia y, por lo tanto, comprendía las motivaciones de las diferentes conspiraciones: “Durante todo este tiempo había estado diciéndome: ‘Claudio, eres un pobre individuo y no resultas muy útil en este mundo, y entre una y otra cosa, has tenido una vida bastante desdichada, pero por lo menos tu vida no corre peligro’”.
Le recomendamos: Las librerías de viejo y el caos que engendra belleza
El autor utiliza la voz de Claudio y, como eje de la narración, a Livia Drusila, esposa de Augusto, quien ha maquinado al detalle la sucesión imperial. Aunque advierte: “No me encontraba en condiciones de criticar al emperador Augusto, que era mi tío abuelo materno, ni a su tercera y última esposa, Livia Augusta, que era mi abuela, porque ambos habían sido oficialmente deificados y yo estaba vinculado a sus cultos en calidad de sacerdote”. No obstante, termina mostrándola como una mujer calculadora, paciente, inteligente, malvada y disciplinada. Ella había planeado durante décadas varios asesinatos que aseguraran la continuidad de la dinastía y cada muerte era un proyecto político nuevo, calculado y ordenado. Ella gobernaba desde la sombra de su esposo y le aconsejaba todo el tiempo bajo el manto de la sabiduría: “El perdón hará que se ablande el corazón más arrogante, del mismo modo que el castigo endurecerá aún al más humilde… No quiero decir esto que debamos perdonar a todos los criminales sin distinción, porque existe también la maldad incurable y persistente, que no entiende rasgo alguno de bondad”.
Podría interesarle: “La Odisea” de Nolan: Matt Damon, Anne Hathaway, Tom Holland y Zendaya sobre sus personajes
Livia Drusila estaba convencida de que su hijo Tiberio era el indicado para heredar el poder. Logró manipular a Augusto y fue eliminando sistemáticamente a cualquiera que le disputara el poder de su hijo. Oficialmente las muertes de Marcelo, Agripa, Cayo César y Lucío César fueron accidentes, pero Claudio sospechó que la autora fue la misma Livia. Después de la muerte de Augusto, en efecto, Tiberio ascendió al poder. Fue un gobernante desconfiado y aislado. Delegó gran parte de su poder en Sejano, el prefecto del pretorio, que decidió perseguir a la aristocracia romana. Luego, tras la muerte de Tiberio, Calígula fue proclamado emperador.
Claudio conocía bien a su sobrino y sabía que a Roma le esperaba un peligro inminente. La novela termina justo antes de que Calígula empiece a gobernar.
Graves presenta con esta novela no solo una reconstrucción histórica, sino una reflexión profunda sobre las monarquías y la fragilidad del poder cuando este se concentra en una sola familia. La política del imperio se confunde con los problemas familiares; la dimensión pública y la privada se entrecruzan; las situaciones personales y cotidianas se convierten en un asunto de Estado: una simple cena familiar es una escena de envenenamiento; un matrimonio es siempre una estrategia; la amistad y la confianza no pueden existir cuando se está cerca del emperador.
Si le interesa seguir leyendo sobre El Magazín Cultural, puede ingresar aquí 🎭🎨🎻📚📖