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30 Jun 2021 - 2:00 a. m.

Política y teatro, los papeles de Alí Humar

El actor, director, actor y presentador, falleció ayer a los 76 años. Aunque nunca fue vergonzante por su inclinación política, se retiró de esa escena decepcionado por el papel que asumieron compañeros por los que había dado la vida.
Joseph Casañas Angulo

Joseph Casañas Angulo

Periodista Cultura
Alí Humar nació en Mesitas del Colegio en 1945 y falleció ayer, 29 de junio, en Bogotá.
Alí Humar nació en Mesitas del Colegio en 1945 y falleció ayer, 29 de junio, en Bogotá.
Foto: Revista Cromos

Por cuenta de la invasión otomana y huyendo de la miseria que dejó la Primera Guerra Mundial, a principios de los años 20 cientos de libaneses, jordanos, sirios y palestinos emprendieron viajes sin retorno a América, el continente de todas las oportunidades.

Según el mito, a este lado del océano, el oro se recogía del suelo en medio del camino. Algunos, quizá los más aventureros, se internaron en las profundidades de la masa continental para evitar que esa riqueza prometida no se esfumara entre los ríos o se evaporara entre los sueños. Otros, en cambio, decidieron tirar sus anclas en los puertos para, además de buscar el oro, luchar por hacerse entender o al menos aprender el idioma.

Ese fue el caso de Yusef Omar Mustafá, quien lejos de su natal Ramallah empezó a escribir otra historia con varios capítulos, a uno de ellos lo llamó Alí Humar, quien con los años se convertiría en referente de la televisión y el teatro colombiano. Ayer, a causa de un paro cardiorrespiratorio, producto de una enfermedad pulmonar agravada por el COVID-19, Humar falleció a los 76 años.

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Aunque Yusaf Omar Mustafá jamás quiso que su hijo se vinculara con el mundo del teatro o la televisión porque detestaba cualquier cosa que no produjera plata, fue justamente su propio padre quien casi que, por accidente, le mostró la puerta de ese mundo en el que más y mejor se miente, sobre un escenario, termina siendo el más aplaudido.

Luego de su paso por Barranquilla, el señor Mustafá emprendió algún negocio en el sector de Las Nieves, en el centro de Bogotá. Allí, mientras trabajaba por encontrar el oro que le fue prometido por los mitos, escuchó de la existencia de Mesitas del Colegio, un pequeño municipio caliente y próspero a las afueras de Bogotá.

“Al llegar, se enamoró del lugar. Así que, en secreto, fue los fines de semana a montar su negocio. Alquiló un local y lo adecuó a puerta cerrada, despertando inquietud y generando rumores en el pueblo. Con el ruido, todos pensaron que había fantasmas. Claro, estaban cavando y montando estanterías. Finalmente, un domingo, cuando la plaza reventaba de gente, apareció mi papá vestido de blanco montado en un caballo y acompañado de seis mulas llenas de mercancía. Se bajó, abrió el almacén y subió las rejas, mientras los ayudantes bajaban todo. Era 1930, él tendría veintidós años y ya manejaba un concepto publicitario que resultaba novedoso, absolutamente disruptivo y teatral”, contó Humar en la serie Historias de Vida, creada por Isabel López Giraldo para El Espectador.

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Aunque Alí Humar nació en Mesitas del Colegio 15 años después (1945), de aquella historia aún se hablaba en el pueblo. La anécdota de un turco, vestido de blanco, montado a caballo, que inaugura una suerte de mercado mágico en la plazoleta de un pueblo de un país olvidado de la mano de dios, se convirtió en esa primera mirada que con los años lo metería de cabeza al teatro, la radio, el cine y la televisión.

Sin embargo, fue allí en el teatro y en las letras de los nadaístas como Jota Mario o Gonzalo Arango y las letras convertidas en música de Pablus Gallinazus, que Alí Humar se sintió identificado con la política y la militancia. “A mí toda la vida me ha gustado la política y los jóvenes de la época veíamos una esperanza en la Revolución Cubana, tal vez aburridos de la injerencia de los Estados Unidos. Veníamos de la monstruosidad de la Segunda Guerra Mundial, por lo que todo lo que significara una propuesta diferente, lo acogíamos con esperanza y creíamos a ciegas en ello”.

Patricia Ariza, cofundadora del Teatro la Candelaria, escenario en el que Alí Humar actuaría por primera vez de forma profesional, recuerda en diálogo para El Espectador, que Humar “era un hombre muy politizado. De convicciones claras y muy preocupado por el presente y futuro político de los pueblos. Recuerdo que en esa época él era uno de los más activos y promovía las marchas en contra de la Guerra de Vietnam”.

Humar nunca fue vergonzante por su inclinación política. Tal vez y como les sucedió a muchos de los jóvenes de la época, la idealizó más de la cuenta. “Como andaba tan metido en la cosa política, y en esa época ser latinoamericano era ser un héroe como el Che Guevara o Camilo Torres, entonces me invitaban a marchas y a cuanta revolución había. Llegó una invitación a Corea por un tema de comunas campesinas. Viajé y aprendí el manejo de las cooperativas. A los dos meses me hablaron de un curso para iluminación de teatro y otro de maquillaje, así que me quedé un tiempo más combinando el estudio con el activismo político. Un día vi en el periódico la noticia de que la guerrilla estaba en las goteras de Bogotá, que se había tomado La Calera y que era inminente la toma del poder. Me dio afán, sentí que debía estar en Colombia, me imaginé a caballo por la séptima marchando hacia la victoria, llegué y me encontré con que la famosa noticia era que le habían quitado un revolver a un policía”.

De la política y la militancia se empezó a alejar cuando evidenció las peleas internas de los movimientos de izquierda de los que era parte, pero, además, cuando a mediados de los 60, luego de ser detenido y torturado sicológicamente, fue testigo de la condición humana en su máxima expresión. “Me llevaron a un teatrino y, sin ser visto, presencié los interrogatorios a amigos por los que habría dado la vida, pero que me defraudaron, y de qué manera. Hasta ahí llegué en la política. Aunque sigo creyendo en la necesidad de una sociedad más igualitaria, pienso que nuestro sistema es muy inequitativo y descarto cualquier posibilidad violenta de reivindicación”.

Por eso y algunas cosas más, Alí Humar repetía convencido la letras de Cambalache, el tango fundamental de Enrique Santos Discépolo. “Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé/ En el 510 y en el 2000 también/ Que siempre ha habido chorros, maquiavelos y estafa’os/ Contentos y amarga’os, valores y doblé. (…) Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor/ Ignorante, sabio o chorro, pretencioso estafador/ Todo es igual, nada es mejor/ Lo mismo un burro que un gran profesor”.

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