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El día en que iba a colgarse, Millard Salter hizo su cama por primera vez en cincuenta y siete años. Luchó un poco con la sábana ajustable, pero al inmovilizar el colchón con su rodilla sana logró colocar los elásticos alrededor de las esquinas. Luego vino la sobresábana, las fundas de las almohadas, el edredón de seda que su segunda esposa, una enfermera de diálisis, había recibido como obsequio de un paciente mayor de Taiwán. Millard lo llamaba duvet hasta que Isabelle —que en paz descanse— señaló con pertinencia la diferencia (las palabras solían importarle a Isabelle: “Los cuadros se cuelgan”, la podía oír reprendiéndolo, “las personas se ahorcan”). Por último, extendió la colcha sobre el edredón, dejando que los bordes colgaran a los pies como el ruedo de una falda, y acomodó los cojines y los almohadones contra la cabecera. Al terminar, poco después de las seis en punto, la cama tamaño queen se veía tan bien ataviada como la de un hotel de lujo. Solo faltaba una menta sobre el almohadón. “Supongo que cortarán la cuerda y me dejarán sobre las cobijas”, pensó Millard. “¿Y qué hay de malo si presumen que todas las mañanas arreglé mi cama con tanto esmero? ¡No es un crimen!”.
Pronto llegarían los regalos de cumpleaños de parte de sus hijos —o al menos de los tres que con mayor seguridad se acordarán, porque con Lysander nunca se sabía—, de su hermana menor en Tucson (¡su hermana menor que ahora tenía sesenta y ocho años!) y de Virginia Margold, una amiga de la preparatoria que, después de su divorcio, se había dedicado a contactar por teléfono a los estudiantes de la promoción de 1957 de Hager Heights que aún vivían, para conmemorar ocasiones especiales. Virginia seguro que tomaría mal la noticia de que el ecuánime Millard Salter —Salty, como lo había conocido— había cerrado su propio libro a los setenta y cinco.
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Eso, por fortuna, no le concerniría a él. Qué raro era, pensó Millard mientras amarraba sus zapatos —un proceso complicado desde que desarrolló una hernia discal—, que el acto de vestirse no pareciera ser distinto en esta última representación. La misma corbata a rayas. El mismo cárdigan de cuello redondo. El mismo bolso negro, un regalo de su padre cuando se graduó de la escuela de Medicina. Solo la elección de un cinturón comportaba cierta reflexión. Sacó sus dos mejores cinturones del clóset —el clóset donde Isabelle se maquillaba decayó hasta volverse un cartón deformado por el agua, a la espera de ser desechado—, envolvió sus puños con el cuero y templó con fuerza para comprobar su resistencia.
Pretendía usar uno para sus pantalones, el otro para su cuello; lo último que quería era que lo encontraran balanceándose en el baño con los pantalones fruncidos alrededor de sus tobillos. Además, había leído alguna vez que el ahorcamiento provocaba erecciones, y aunque le divertía la idea de saludar al equipo de “rescate” con un miembro alerta, una especie de exagerado gesto con el dedo medio levantado, no quería dejar el mundo con la impresión de que había estado enojado con su vida, o incluso decepcionado, porque en absoluto era el caso.
Millard se apoderó del ascensor desde el piso noveno al cuarto, cuando Elsa Duransky lo abordó y lo llenó de un aroma a lavanda. Llevaba un yorkshire terrier ya viejo bajo el codo, las pequeñas garras negras se agitaban en el vacío. Su esposo, Saul, quien alguna vez había sido un respetado endocrinólogo, se había convertido en otra de esas desafortunadas criaturas que se vestían para el trabajo todas las mañanas, impecable como un guardia marcial, pero sin pacientes que atender, chocheando entre comités directivos, recorridos grupales por la clínica y conferencias de casos, dejando tras de sí un rastro de tangenciales y tediosas preguntas. En resumen, él representaba todo a lo que Millard se resistía a convertirse. —¿Cómo está el veterano? —preguntó refiriéndose al perro. Nunca recordaba el nombre del animal, que, o bien era Mr. Spark, o Mr. Spike, o algo similar. —El “veterano” salió por la puerta hace treinta minutos —contestó Elsa poniendo sus ojos en blanco, y Millard se dio cuenta de que ella pensaba que preguntaba por su marido. Aun así ella no parecía ofendida. Era uno de esos malentendidos que no valían la pena aclarar; mucho menos en su último encuentro con Elsa Duransky, y este parecía con casi total seguridad que lo sería. No, una aclaración ahora solo generaría incomodidad, no sería sincera. Mucho mejor sonreír como un imbécil mientras la esposa de Saul esparcía su chismorreo por el ascensor (“Sonríe como un imbécil”… Probablemente en estos días lo despedirían si usara ese tipo de expresiones en el hospital o, como mínimo, lo obligarían a escuchar una charla sin sentido para ser más empático).
Recordó cómo Isabelle había descrito en dos palabras a su vecina después de una junta del edificio particularmente tediosa: “La mitad de lo que dice esa mujer es verdad. El problema es que ella no sabe cuál mitad”. Isabelle siempre tuvo esa maña de destruir verbalmente a la gente. —Me topé con Lysander —dijo Elsa—. ¿Ya se lo había dicho? El nombre del muchacho atrapó la atención de Millard. No era como si todavía pudiese llamarlo legítimamente un muchacho, no cuando tenía cuarenta y tres años. A los veinticinco, incluso a los treinta y cinco podía permitírselo, podría hablar de él como un joven con potencial, dada su temprana inclinación hacia las matemáticas y su prodigiosa imaginación —incluso fue un egresado de Wesleyan—, pero dos décadas más tarde Lysander no había hecho nada con esa imaginación, excepto soñar despierto.
—En el parque —continuó Elsa—. Paseando a sus perros. —Así que se topó con él… —Amorosos esos perros que tiene —dijo la mujer—. Aunque Mr. Scratch aquí presente disienta. El perro miró a Millard con mala cara, su repulsiva nariz era como la de Elsa y su ceño se asemejaba al de Saul, como si la bestia se hubiera convertido en el hijo que nunca tuvieron. El ascensor se detuvo en el segundo piso, pero en el corredor no había nadie; alguien se había impacientado y tomado las escaleras. —Vamos a almorzar juntos —dijo Millard—. Le daré los saludos de Mr. Scratch. Elsa apenas advirtió su apunte y preguntó: —¿Cómo se llaman?
Transcurrió un momento antes de que se diera cuenta de que ella se refería a los perros; entonces sintió una punzada de ira, una ira poco común, debido al interés que tenía Elsa por algo tan trivial. O quizá en realidad no le importaba y solo quería llenar el continuo espacio-tiempo o su pasmada materia gris. ¿Y, maldición, cuáles eran los nombres de esos perros? Las puertas se abrieron y llegaron al lobby, donde un aroma a madera húmeda —como de colonia del “viejo Nueva York”— flotaba perpetuamente entre las sombras.
—Adolf y Benito —respondió. Fue el primer dúo que apareció en su cabeza. Pudo haber dicho fácilmente Abbot y Costello, o Sonny y Cher.
No es que fuera algo de real importancia. Respondía a la tranquilidad que le otorgaba el saber que no viviría para ver la puesta del sol: pura irreverencia desvergonzada. El cuello de Elsa se tensó de manera perceptible, después se relajó. —Bueno, como sea, él es tan bueno con los animales —dijo—. Quizá pronto tendrá usted un veterinario en la familia.
Quizá, aunque improbable. Lo que carcomía a Millard no era que su hijo menor hubiera desperdiciado veintiún años de su vida de graduado sin un trabajo de tiempo completo o una relación seria o incluso haciendo su propia declaración de impuestos, sino que él, su padre, agobiado por asuntos externos, dejó que eso sucediera. Aun así, al prepararse para la muerte, Millard se sorprendía a sí mismo considerando si un hombre que aún no se había puesto manos a la obra podría crear una pieza maestra del arte o de la literatura a la edad de cuarenta y tres…, o, al menos, emprender una carrera. Ese era de hecho el propósito de su almuerzo; su última comida juntos, se repitió Millard, su última oportunidad de enfilar al muchacho “por el camino correcto”, como su propio padre le habría dicho.
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Toda la semana —todo el mes— había sopesado esos “últimos”: su última visita a la biblioteca pública, su última conferencia a los estudiantes de Medicina, su última visita al dentista, aunque resultaba difícil justificar que en la planeación de sus últimos diez días de su vida un hombre incluyera su segunda limpieza dental del año. Se juró a sí mismo que no se desviaría de su rutina normal. Así pues renovó su suscripción a las revistas Medicina Psicosomática y Arquitectura, dejó pagadas sus mensualidades en el club de la facultad, solicitó un voto por ausencia, como siempre hacía, para las elecciones primarias, en las que no estaría vivo para votar de manera presencial. Eso le dio la oportunidad de retirarse, de revertir el curso incluso al final. Sin embargo el día señalado se acercaba, y más que temeroso, o de hecho reticente, se sentía resignado, como si, parafraseando el sagrado sermón amidá, su nombre ya estuviera escrito en la lista de bajas en el Libro de la Vida. La única preocupación de Millard era el método, no el propósito. La autodestrucción no había sido concebida para los blandos de corazón, lo cual explicaba por qué tantos intentos eran fallidos. ¿Cuántos pacientes conocía que habían ingerido un tubo de analgésicos comerciales, y que habían sido «rescatados» por sus buenos vecinos o quizá por un cartero entrometido, y luego despertaban para un trasplante de hígado? No, las pastillas implicaban muchas incertidumbres.
Con monóxido de carbono, uno corría el riesgo de asfixiar a los vecinos. O, Dios no lo quiera, incendiar el edificio entero y dejar un legado de rabia y escombros. Durante semanas había considerado una pistola del mercado negro, pero las armas ilegales resultaban muy difíciles de conseguir en su círculo social (obtener una pistola legal, aun si llegara a asegurar una, representaba un trámite burocrático de meses). Al final terminó por darles valor a aquellas palabras de Dorothy Parker que apenas si lo habían entretenido cuando era adolescente: “Las armas no son confiables, las sogas ceden, el gas huele; bien podrías terminar vivo”. Y dado que vivir no era una opción que Millard considerara con seriedad, una soga improvisada parecía la menos mala de las alternativas. Dado por sentado, claro, que reuniera el coraje para tumbar la silla bajo sus pies.
—¿Y usted, Millard? —preguntó Elsa, como si de repente notara de nuevo la presencia de Salter. Después se puso a ajustar su corbata mientras le obstaculizaba la fuga y le decía—: ¿Cómo está? —Estoy bien —dijo—. La vida es buena. La vida, en general, había sido buena con Millard; probablemente, admitió, más generosa de lo que él había sido con ella. Con su exesposa, Carol, fue un tirano benevolente; y sacó adelante tres niños adultos, dos de ellos de manera exitosa. El mayor, Arnold, se había mudado a San Luis, donde era consejero general de un consorcio de distribuidores de cerveza y entrenaba un equipo de fútbol de niños. Su hija, Sally, se casó con un arquitecto naval, quien heredó una fortuna de la industria maderera, y había dado a luz a gemelas. Dividía su tiempo entre el condado de Suffolk, en una casa renovada a partir de una casa de campo del siglo diecinueve cuya vista daba al estuario de Long Island, y un pequeño dúplex en la plaza Gramercy de Nueva York. Y con Isabelle, habían tenido a Maia —la empecinada Maia, con ojos claros como el cristal—; una bendición maravillosa de la vida madura. Si no fuera por Lysander… “En béisbol”, Millard le dijo a Isabelle entre chiste y chanza, “tres de cuatro es suficiente para llegar al Salón de la Fama”.
—Bien —dijo Elsa—. Me alegra.
Pero la mujer les imprimió a sus palabras un tono de duda tal que, cuando desapareció tras las puertas giratorias, Millard se encontró pensando en qué habría querido decir ella. Quizá quería insinuar que él no estaba bien, pero que estaba dispuesta a mantener la ilusión de prosperidad si eso quería que ella hiciera. ¿Y es que estaba en realidad en tan buena forma? Después de todo, se iba a matar.
De haber sido uno de sus propios pacientes, habría llamado al número de emergencias de inmediato. ¿Quién estaba en la posición de decir si un suicidio era racional o irracional, justificado o imperdonable? Una vida entera leyendo a Hume y a Durkheim no lo acercaban en lo más mínimo a una verdad que valiera la pena defender. Uno debía operar a partir de un instinto ciego, un sentido visceral sobre el bien y el mal. Recordó al padre de su madre, un hombre descarnado y preciso, quien lo llevaba a buscar bellotas en el parque Van Cortlandt y le decía: “Un día, Mil, en un abrir y cerrar de ojos, serás un hombre viejo”. Bueno, un día, estaría casado, en medio de su carrera como psiquiatra, disfrutando un amorío casual con una enfermera de diálisis; y, de repente, en un abrir y cerrar de ojos, tendría una segunda familia, una hija dos décadas más joven que sus medio hermanos y, de alguna manera, uno de esos medio hermanos se le habría ido de las manos.
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“Eres un típico Tony Randall”, lo molestaba Storch, su mejor amigo, ahora muerto. Y dándole palmadas en la espalda continuaba: “Un típico Saul Bellow…, un típico Strom Thurmond”. Cuánto extrañaba a Hal Storch. Otros habían llamado a Millard todo tipo de cosas, menos generosas, eso era claro. La charla siempre volvía a él como una hiedra venenosa. Eso era lo que hablarían en el funeral.
No de las almas atormentadas que ayudó en sus cuarenta y nueve años de carrera. No sobre su pasión por la ópera alemana ni por sus excursiones de pesca en la bahía Sheepshead. No de esa mañana, cinco décadas atrás, en el mariposario del Museo de Historia Natural, cuando le propuso matrimonio a Carol. No, cuchichearían con ese tono intrigante y malicioso sobre su segunda familia; murmurarían a sabiendas de que su amorío con Isabelle, más que cualquier falla de carácter intrínseco, había echado a perder el potencial de Lysander.
Y asociarían su muerte al desespero, a sus dos años de viudez, ¿porque quién, si no una persona deprimida, se ahorca en un baño de la Quinta Avenida de Nueva York —uno que fuera un lujoso baño, equipado con iluminación ambiental y acabados en cobre— en su cumpleaños número setenta y cinco? Pero eso tampoco será de su incumbencia, aunque no podía resistir preguntarse si Carol, con quien no había hablado desde el divorcio, haría una semblanza al lado de su tumba. Ya lo había sorprendido con una tarjeta de pésame cuando se enteró de la muerte de Isabelle, impersonal pero de muy buen gusto; entonces bien podría agarrarlo fuera de guardia de nuevo.
Qué necios serían al pensar que podrían entender sus motivos. Difícilmente él mismo podía hacerlo. Todo lo que Millard sabía con certeza era que no quería morir dependiendo de alguien o disminuido, como tantos otros de sus raídos colegas —como Hal Storch, ¡como Isabelle!—, y que todo el mundo tenía que irse eventualmente, y que, maldición, se había enamorado de la mujer a la que pretendía asesinar.