¿Cómo nació “Crónicas del más allá”?
Nació hace muchos años. Tenía ya notas tomadas desde hace rato, quizá porque he tenido la sensación de que algunos de los autores y de las autoras que he leído mucho ya están muertos y siempre me habría gustado poder encontrarlos. Pero no encontrarlos como en una calle o en un evento, que uno los ve y sale corriendo, porque suelo no acercármeles a los escritores o escritoras que conozco en esas circunstancias. (Recomendamos: Lea la primera entrega de esta serie: el encuentro con Julio Cortázar).
Como dice que le pasó con García Márquez…
Claro, me pasó con García Márquez y me ha pasado con muchos a los que ni me les acerco, porque siento que hay una asimetría terrible, que esa persona solamente va a recibir una frase mía mientras que lo que tengo por decirle es como todo un mundo de cosas; entonces, siempre me escondo. Creo que una de las únicas veces en que no me escondí -y que siento que fue muy afortunado no haberme escondido- fue cuando logré visitar a Ernesto Sábato en 2009. Llevaba muchísimos años viendo cómo en Argentina -hoy precisamente salió un artículo sobre eso, alguien que se pregunta sobre quién canceló a Ernesto Sábato- a la gente con la que compartía no le gustaba Sábato. Era impresionante la rabia contra Sábato y a mí me ha sorprendido mucho porque lo he leído bastante y creo que es un autor muy importante. En el momento en que pude entrar a su casa y hablar con él -acercarme a él, porque no estaba tan bien como para hablar mucho, pero pude decirle cosas- sentí que tenía sentido decirle a un hombre como él que en Colombia lo trabajábamos, lo leíamos, lo queríamos, que él era importante todavía, porque allá lo tenían absolutamente olvidado. Creo que eso fue tejiendo la sensación de que habría personas con las que sería feliz pudiendo conversar, pero que la vida no me lo permitiría. (Recomendamos: Lea la segunda crónica de esta serie: encuentro con Clarice Lispector).
Por ejemplo, recuerdo hace muchísimos años haber empezado a leer a Roberto Burgos Cantor y encontrármelo en una cuestión jurídica donde lo vi y lo saludé, pero nunca le conté que lo leía. Con los años, luego, terminé trabajando con él y siendo su amiga; eso es lo que sueño con los autores y con las autoras: poder hacerme su amiga, de alguna manera. Ahí fue creciendo esa idea de hacer esas conversaciones que son imposibles -porque finalmente creo que en la ficción uno todo el tiempo está tejiendo conversaciones imposibles- y dije: bueno, si puedo inventarme dos personajes que hablen, ¿por qué no puedo inventar un personaje, que soy yo misma, hablando con esos seres con los que siempre había querido hablar?
¿Cómo seleccionó a esos escritores? Ha leído mucha literatura no canónica, su canon personal es, digamos, bastante heterodoxo; sin embargo, los seis escritores que selecciona sí son escritores bastante canónicos. Entonces, ¿cómo fue esa selección? ¿Por qué ellos y no otros? ¿Hay otros más en el proyecto a futuro?
Tengo una lista larga de autores y de autoras que quiero visitar en algún momento. Lo que pasa es que tienen que estar muertos y creo que muchas de mis lecturas no canónicas están relacionadas con personas que siguen vivas. Entonces, ahí es más difícil. Tampoco quiero decir que estoy esperando a que ya no estén ni nada así. Más bien, ni lo pienso, no están en mis listas de ninguna manera. Cuando empecé a hacer estas listas pensé en esos seres con los que he conversado mucho a través de la lectura de sus obras y con quienes me gustaría conversar sobre situaciones que en esas obras me han parecido importantes y que me han atrapado. Viendo ya lo que pasó con estas seis primeras crónicas, finalmente, creo que son sobre todo autores o autoras que tienen secretos importantes en mis procesos de escritura. Creo que estoy hablando con ellos no solo como Alejandra, sino también como una Alejandra escritora que lleva ya 25 años escribiendo y en cuya escritura estos seres han estado de muchas maneras; porque fíjese que en casi todos había algún secreto sobre mi escritura, algo que está guardado con ellos y que tengo que confesar. De hecho, el único al que no fui capaz de confesárselo fue a Mishima, porque era tan densa la conversación con él, que no fui capaz de decirle que tengo un libro para jóvenes donde el monje se llama Yukio por él. (Recomendamos: Lea la tercera entrega de la serie: encuentro con Yukio Mishima).
De otra parte, tuve un sabático el año pasado y decidí que en ese tiempo me iba a dedicar a esto, así que saqué los primeros seis nombres de esa lista, un poco al azar y un poco no. En el caso de Cortázar no, porque con él de verdad ya había vivido la sensación de estar en el tren de Berlín y de verlo. El proyecto estaba rondando hacía muchos años, y estando en Berlín siempre dije: es aquí, aquí me encuentro a Cortázar y de aquí sale esa historia. Cortázar era el primero, sabía que con él estaban allí todos los juegos para llegar a esa historia; entonces, sabía que él debía ser el primero.
Luego fueron saliendo las otras opciones. De hecho, en un principio, la última crónica de esas primeras seis que iba a escribir no era de García Márquez, pero en un cierto punto dije: no, no puedo ser tan antipática con mi relación con Colombia y voy a acercarme a García Márquez. Y fue una sorpresa gigantesca acercarme a García Márquez, por todo lo que encontré al acercarme a las historias de la vida del Nobel. Entonces, sí hay una lista más grande. A veces me pregunto si me quiero encontrar con personas que no sean escritores o escritoras, pero en principio no, porque en principio sé que esto tiene que ver con el ser uno lector y ser alguien que escribe, alguien que va juntando las dos cosas. Es decir, como persona que escribo no puedo encontrarme frente a la obra de nadie sin mi relación con la escritura. Evidentemente, primero soy lectora y me deleito como lectora, pero lo vivo como escritora y estoy conversando con esos textos en esta doble filigrana: la pregunta “por qué es lo que leo” está alimentando siempre qué es lo que uno escribe y cómo se piensa la escritura.
Hablemos sobre el proceso de investigación que está detrás de la escritura de estas crónicas. ¿Cómo fue ese proceso de investigación? Para su libro “Las lectoras del Quijote” también hizo una gran investigación histórica. ¿Podría comentar un poco sobre la relación entre el proceso de investigación y el de creación?
Creo que son procesos distintos de investigación. Digamos que para escribir Las lectoras del Quijote había que trabajar mucho tiempo construyendo un mundo, leyendo sobre todo lo que pasaba en la época: desde la comida y la ropa hasta las pugnas entre los diferentes estamentos y el mundo indígena; o sea, eran muchas cosas que había que investigar para entender un momento. Finalmente, elijo un grupo de autores y de autoras todos del siglo XX. No vivieron en la misma época en que viví, pero viven en el mismo siglo y uno tiene una cercanía muy fuerte con su siglo. Y más que todo el tiempo -como profesora y como investigadora- me he dedicado a estudiar y trabajar siempre el siglo XX, entonces para mí es muy cercano y por eso este tipo de autores estuvieron siempre próximos a mi trabajo y mis clases. Ahora, no a todos los he dado en mis clases, porque trabajaba más la literatura latinoamericana, pero estaban presentes siempre.
El proceso de investigación aquí fue muy diferente, fue una cosa muy bonita, porque a estos autores los he leído bastante desde hace muchísimos años; digamos, por ejemplo, que empecé a leer a Duras o a Cortázar o a Alejandra Pizarnik desde los 17 o 18 años, o sea, llegando hasta acá estamos hablando de casi toda la vida. A Lispector la leí a los veintipico; estando en la universidad, Montserrat Ordóñez me presentó a Clarice Lispector y fue uno de los descubrimientos más impresionantes, que quedó para siempre. Entonces, haberlos leído tanto me permitía acercarme con un conocimiento ya de la obra. Y bueno, a García Márquez también, obvio. Mishima es el más reciente de todos. Pero lo que quería hacer era una inmersión en la vida y fue muy interesante, porque me di cuenta de que a mí eso nunca me había importado; la verdad, después de haber estado leyendo tantos años a esta gente, no sabía casi nada de sus vidas.
Así que lo que hice con cada uno fue tomarme tres-cuatro semanas de encierro solo a leer cartas, diarios y biografías -eso es lo que tiene de maravilloso los sabáticos, que uno pueda hacer unos experimentos rarísimos-. No estaba leyendo sus obras, porque son autores que ya había leído mucho y, además, mi intención no era hablar sobre la obra, sino sobre la vida. Me encerraba por días solamente a leer esas cosas, a sacar frases que ellos decían y a hacer toda la cronología de cómo habían vivido y de qué era lo que les había pasado. Y así: tomé notas de todo eso hasta que ya empezaba a sentir verdaderamente que entendía cómo podía ser el encuentro con esas personas.
Y claro, el primero fue el encuentro con Cortázar, porque era un encuentro muy fácil de tener, era muy divertido, me imaginaba la situación en el metro de Berlín: me lo encontraba, bajábamos a distintos sitios y él me iba mostrando su vida, me iba mostrando cosas dolorosas, como todo el tema de su muerte a causa del sida. Eso es un tema fuertísimo y al principio dije: no, yo no puedo contar esto; pero luego pensé que sí, si ya Cristina Peri Rossi lo había contado, era algo que ya se sabía y podía utilizar esa información y hasta conversarla con él. También me puse reglas: todo lo que dicen, con guion, digamos, son frases que han dicho en la vida. Nada de eso es inventado, lo que es inventado es lo que yo parafraseo en otros momentos, pero todo eso lo han dicho en alguna ocasión. Entonces, busco todo el mundo de ese orden vital, de la historia de la persona, pero luego tengo que descubrir cómo contarlo; el de Cortázar fue muy fácil por eso, porque él era un ser juguetón y estaba como muerta de risa haciendo cosas con él: me bajaba del tren y estábamos en un sitio, íbamos al otro y luego él se podía burlar de mí. Después surgió la idea de pensar en si podíamos viajar a un sitio mío. Para mí era muy importante, porque Nueva Orleans tiene una carga muy importante para mí, muy fuerte, además, por el tema del jazz, entonces era lindísimo estar ahí, aparte de que lo había leído mucho estando allá. Entonces, con él fue como muy ágil, muy divertido y terminé contenta con esa primera inmersión de varias semanas, aunque lloré dándome cuenta de ese momento en que a él se le está muriendo su mujer -que es más joven- y él no tiene ni idea que se está muriendo de la misma enfermedad que tiene y que se va a morir también muy pronto.
Después la segunda fue Clarice Lispector, y era una situación más difícil, o sea, imagínese usted encerrada tres semanas con una señora que no le quiere hablar, y que usted la adora, pero esta mujer no quiere hablar. Era una cosa tremenda. Sacaba todas las notas y leía, además, lo que escribía en los periódicos, que era un tanto terrible porque es el lado de esa imagen femenina que ella creó a través de los seudónimos: la mujer más tradicional, la mujer-objeto. Es muy fuerte y doloroso para uno también encontrarse con esa mujer que ella crea. Entonces, en medio de ese encierro, me di cuenta de que ese era el mundo de ella y que así debía darse esa conversación; es decir, tenía que someterme a esa personalidad y tratar de crearla en lo que estaba contando, porque ya llevaba semanas sintiéndola. Así que, con cada cual, fui descubriendo, primero, poco a poco los puntos más importantes -que me parecían como los ejes más relevantes para contar esa vida- y, sobre todo, aquello que me llevaría a pensar cómo sería la muerte de cada uno. (Recomendamos: la cuarta entrega de la serie, encuentro con Marguerite Duras).
De alguna manera, hundirme en la vida de esas personas me hace pensar que la metáfora de la muerte puede ser una manera de pensarse una metáfora de la escritura. Y sé que al final no lo hago tan evidente, tan directo, pero sí siento que mi juego de descubrir y de que me cuenten cómo es su muerte es una relación con el tema de cómo es la escritura, que es algo que trato de descubrir a lo largo de esas conversaciones. Entonces, como cada cual era distinto, con cada uno me pasaba varias semanas, me encerraba, me leía todo eso; por ejemplo, era chistoso porque Clarice Lispector -que no le gustaba que la entrevistaran- hizo cientos de entrevistas y me senté a leerlas todas, pero lo divertido era que no quería leer lo que le contestaban, sino lo que ella preguntaba. En un momento me di cuenta de que estaba dedicada a leer las preguntas más que las respuestas y descubrí algunas cosas repetidas que eran bellísimas: ella siempre cerraba las entrevistas preguntando sobre el amor; bueno, en realidad la pregunta era: “¿qué es lo más importante para un ser humano?”, pero casi todo el mundo hablaba del amor y, entonces, la siguiente pregunta era: “¿qué es el amor?” Otra cosa que le preguntaba siempre a la gente es si había vivido algún estado de gracia, que para ella era una sensación de creatividad tremenda, como de salirse de sí misma. Ella buscaba en la gente todo eso.
Entonces, ahí descubrí algunas cosas de cómo conversar con ella, pero también de todo lo que ella no me iba a contestar y de cómo me iba a contener; pero aparecía, además, en dónde se daba eso y cómo nosotras podíamos viajar por el mundo de cada cual. Por ejemplo, a mí me encantó el momento en que me di cuenta de que por ser ella una mujer como era -una mujer que logró hacerse una vida hacia afuera, pero que igual cuidó mucho lo que significaba la vida de adentro: ella trataba de escribir siempre sentada en un sofá con sus hijos jugando alrededor, porque no quería dejarlos solos-, entonces más que estar en la calle había que encontrar un mecanismo para pasar por las salas, por las casas; así que, en el caso de ella, estamos bajando en el funicular de Monserrate y nos metemos entre las salas de sus casas y en el mismo hospital donde trabajó, como esos lugares en donde ella estuvo.
Cada cual iba marcando un poco una personalidad que yo sentía al oírlos y al ver todos sus vídeos. De Clarice Lispector no había sino una sola entrevista en televisión, pero con los demás sí había muchas y había también películas. Me veía las películas y todo lo que había, pero era una cosa obsesiva. Estuve tan dedicada por semanas, al punto que ya mis hijos andaban un poco nerviosos; sobre todo Matías, a quien le daba mucho miedo porque me encontraba haciendo cosas que le parecían muy raras, como un día que me encontró sentada frente al computador viendo una casa, pero absolutamente quieta -mirando y mirando y mirando- y él pasaba y me veía y volvía hasta que ya en un punto me dijo: mamá, pero, ¿qué estás haciendo? Y tuve que explicarle que tenía que entrar a esa casa y que estaba descubriendo cómo iba a hacerlo. Y esa era la casa de Marguerite Duras, a donde llego en un primer momento.
Con ella, por ejemplo, me metí en toda la investigación de su vida y, de pronto, descubrí un elemento que me pareció impresionante, del que yo no tenía ni idea: ella escribe El amante después de muchísimos años, tiene setenta y siete años, cuando ha vivido ya una de sus curas alcohólicas más fuertes, y se sienta en un momento y dice que ahora sí, por fin, puede contarlo todo. Y ella vuelve a contar mucho de lo que ya había contado, pero esta vez para contarlo todo, lo del amante chino, algo que a ella le daba vergüenza y que nunca había querido contar. Entonces, todo empieza en ese instante en que ella está sentada en esa casa, con todos esos anillos en la mano -que además es como lo ponen en la película de El amante-, y está escribiendo la novela, mientras que la otra, el fantasma, me da ese regalo que me pareció como tan divino, que es estar, por un momento, metida en la mente de alguien que escribe -de alguien otro que escribe- y a quien uno admira; estar dentro de un instante que lo impulsa a uno a preguntarse: ¿cómo puede ella, en este momento y a esa edad, sacarlo todo y crear su novela? Pero luego, claro, eran otros hitos. Cada cual tenía su manera de ser, de jugar, entonces ella, por ejemplo, empieza a decirme: le regalo algunas cosas, pero no más. Porque Duras era una mujer muy narcisista. Ella termina su vida muy sola, porque nadie soporta su narcisismo, porque nada puede ser mejor que lo de ella. (Lea la quinta entrega de la serie: encuentro con Alejandra Pizarnik).
Sabía que ella me iba a mostrar todo un poco desde ahí, pero estaba jugando conmigo y me estaba dejando también ver cosas. Y así cada cual, hasta que, por ejemplo, todos me han mostrado el pasado. Entonces, llego a encontrarme con Alejandra Pizarnik y ella me dice: no, qué pena, pero no le voy a mostrar nada. Claro, empiezo a entrar a ese mundo y me doy cuenta de que ella no va a ceder en eso. Sencillamente, no quiere ir, no quiere volver. De alguna forma, ella logró estar más allá y del más allá no quería volver. Y si no me iba a llevar, entonces yo tenía que inventarme los mecanismos de cómo poder llegar y cómo poder irme metiendo en su vida. Cada uno de los autores implicaba una inmersión total, hasta descubrir en mí la sensación de quién era ese otro y de cómo me iba a tratar, para poder encontrarnos y para caminar juntos, movernos y hablar, para llegar a todos esos lugares.
Estos encuentros con escritores que nos presenta no son tanto diálogos sobre las obras o las poéticas de estos autores, sino más bien sobre sus vidas… ¿Por qué privilegiar al autor, lo personal, sobre la obra?
En realidad, no me había preguntado eso antes. Creo, ahora que me lo pregunta, que es porque mi sueño era ser amiga de esas personas. Hay, también, una cierta sensación -y creo que es el mayor descubrimiento ahí con García Márquez- de que cuando uno está escribiendo un libro, este siempre está tejido con la vida, con una cotidianidad, pero al final los lectores se quedan solo con el libro, mientras que uno -y a veces algunos amigos cercanos, que viven con uno esos tejidos que hay ahí- se queda como con la sensación del tejido entre la vida y la obra. Entonces, creo que un poco mi sueño era estar con esas personas viéndolas cómo escribían; por eso, cuando García Márquez me pregunta qué es lo que quiero ver, le digo que la escritura, que quiero verlo cuando él escribe. Así que él toma la decisión de mostrarme todos los cuartos donde ha escrito y de irme contando cosas sobre las soledades de esos cuartos; esto, sobre todo, porque al final los libros quedan, pero esa vida que la persona ha vivido detrás del acto de escribir se desaparece o se desvanece. Tal vez quería recuperarlo, como si pudiera en el fondo ser amiga por un rato de esa persona y ver cómo ha sido su vida, dónde ha estado y cómo ha vivido, para escribir todo aquello que en cualquier otro tipo de texto uno podría presentar más directamente. (Recomendamos: Lea la sexta entrega de la serie, encuentro con Gabriel García Márquez).
El último tema que ya ha tocado usted un poco pero sobre el que quisiera volver es el de la muerte. ¿Qué les aporta a esos diálogos el hacerlos en el territorio de la muerte, aunque sea esta ficcionalizada, y no de la vida? ¿Por qué desde la muerte?
Pero, ¿en qué sentido desde la muerte? ¿En que estoy buscando la descripción de cómo es la muerte de ellos?
Pues un principio de partida de la selección de los autores es que estuvieran muertos, precisamente. Y aunque en las conversaciones el énfasis no está en qué es para ellos la muerte, sí hay, como dijo antes, como una relación entre la muerte y la escritura, pero, ¿por qué vamos a relacionar muerte y escritura? ¿De dónde sale esa relación o esa posibilidad de relación?
No sé… quería imaginarme que hay una forma poética de la muerte y que, quizá, todos los seres tienen una forma poética de estar en algo de la muerte. Con estos autores podía jugar a inventarme cómo era el estado de ellos estando en la muerte, de tal forma que cada cual tiene una manera: Cortázar puede irse a un silencio total, como a su gran Tura, a su estado de absoluto, pero también a un vacío y, luego, volver y moverse; Lispector nunca ha salido de allá, se quedó en ese estado que a ella le fascina, en el que no hay nada; Mishima tiene algo que ver con la cuestión del suicidio, como que hay una sensación de que, de alguna manera, él siente a todos los suicidas; García Márquez recupera la posibilidad de ver la vida. Esto fue muy lindo, porque en la primera entrevista que puse, al empezar las semanas que me pasé con García Márquez, una mujer le pregunta que si pudiera ver a través de un agujero qué es lo que quisiera ver y García Márquez le contesta que le gustaría ver la vida.
Para mí esto fue una revelación y se volvió la metáfora constante en el encuentro con él; en cierta forma, él está buscando la vida a través del agujero al que llegó sintiendo todo perdido dentro de su cabeza, luego de que le leyeran sus libro, en los últimos años de vida, y él dijera que eso no lo podía haber escrito, que no era suyo. Mi idea de la muerte de él es que vuelve a poner todo en orden, o sea, que vuelve a ser la persona capaz de unir vida y obra, que es, yo creo, lo más importante que le pasa a uno como escritor o escritora en el fondo; porque, para uno, eso que se ha escrito está mucho más tejido con el mundo de lo que puede estar para cualquier otro ser, porque uno sabe todas las raíces. Claro, un lector puede encontrarle otras, muchísimas y maravillosas, pero hay una cosa de uno estar haciendo de su obra parte de lo que es la vida siempre, como si no pudiera destejerse después.
Es como una especie de cuadro donde los libros van entrando, pero este cuadro es un tejido mucho más grande. Entonces, en ese sentido, la metáfora de la muerte para mí era importante, en la medida en que tenía que ver con esa búsqueda poética que cada cual tenía sobre un estado que, quizás, puede parecerse al estado de gracia que buscaba Clarice Lispector. Mejor dicho, la muerte pensada como un lugar donde todo se condensa; algo que es, supongo, una de mis formas de soportar la idea de la muerte, como si pudiera ser un lugar poético, como con justicia poética. No sé, pero es tenaz.
Y, ahora, ¿qué proyectos tiene? ¿En qué proyectos está trabajando?
En primer lugar, trabajar para mi mecenas —la Universidad Nacional— en el lado administrativo, que es siempre tan intenso. A la par, sigo trabajando con lo que todavía no sé si es un conjunto de tres o cuatro novelas que se llama La sonrisa imposible, que empezó con Las lectoras del Quijote. El siguiente paso es entrar al siglo XIX, a las guerras de independencia, y conversar con otra pareja de amigas: Manuelita Sáenz y Jonatás, su esclava, que luego fue su acompañante de toda la vida. Entonces, estoy metiéndome por allá a hurgar en ese universo, a ver qué pasa por ahí. Y hay otro par de amistades. De hecho, no todas son mujeres, pero siempre son de otros momentos históricos relacionados con Colombia, los cuales voy a tratar de encontrar y de desarrollar. Lo llamo La sonrisa imposible porque siento que esos personajes me miran por allá desde un lugar en el pasado —sean de ficción o sean reales— y un poco se ríen, porque lo que yo hago es intentar la reconstrucción de lo que nunca puede ser completo. Sé que de esta misma forma me mirarán estos autores y estas autoras, viéndome en ese juego entre la biografía y el ensueño, como lo llamo yo, de tratar de recrearlos sin que yo pueda hacerlo a la perfección; pero así es el juego de la ficción: inventar mundos posibles. Ya veremos qué le pasa a los lectores y a las lectoras con eso.
Estos textos son conversaciones, encuentros con el otro, acaso textos de amistades posibles. ¿Cómo ve usted la relación entre la amistad y la escritura, entre la escritura y el encuentro?
Creo que la escritura es, sobre todo, una forma de encuentro, por más que uno escriba solo. Siempre digo que la escritura es la soledad más populosa posible: uno está solo, pero lo que se está poniendo a hacer es a encontrarse, a conversar con todos estos otros seres con los que uno está ahí hablando mientras escribe. O sea, usted, por ejemplo, se la ha pasado metida en mi casa siempre cuando estoy escribiendo, es una conversación que tenemos aunque ud no lo sepa. Creo que en la ficción uno está jugando con eso, uno está buscando el encuentro. En el último tiempo, me parece que en la amistad hay cosas muy increíbles. Creo que el amor es muy importante, que las relaciones de pareja son muy importantes y que se pueden narrar también en todas sus maravillas y sus horrores, pero también creo que en la amistad hay cosas que a veces dejamos de lado y que son muy potentes, entonces es lo que más me interesa ver en este momento.