Hace varios días sufro de náuseas. Y no, no estoy embarazada, la probabilidad de concebir de forma natural a mi edad es menor al uno por ciento. No soy el uno por ciento, al menos no en eso. Dicho esto, caigo en la cuenta de que hace varios días he sido el uno por ciento en varias conversaciones de grupos de WhatsApp.
Casi siempre archivo esas cosas en la plataforma para poder concentrarme mejor en las múltiples tareas que suelo tener en la bandeja, cosa que no me enorgullece en lo más mínimo (no hablo de que ocultarme conversaciones sea vergonzoso, sino de lo obsceno que puede ser tener múltiples quehaceres y preguntas pendientes).
Pero esta vez dejé los mensajes ocultos porque me ganó la náusea. Al ver que, al parecer, el malestar me impedía tomar distancia de mis propias elucubraciones y que empezaba a responder con el primer disparate en mi cabeza, preferí parar y retirarme.
Nunca había sentido una náusea tan fuerte y, sobre todo, por tan largo periodo de tiempo. Además, cosa preocupante, el síntoma que empezó hace unos meses va in crescendo.
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Con esta sensación y con esa palabra en la cabeza, lo natural fue recordar a Antoine Roquentin, personaje de Jean-Paul Sartre en el libro que lleva el nombre de mi síntoma: La náusea.
La historia sucede en Bouville. Antoine Roquentin, un solitario hombre de treinta años, experimenta «la Náusea»: un asco y vértigo viscerales al tocar y ver objetos cotidianos: una piedra, una puerta, un trozo de papel. El mundo para él pierde su sentido habitual y se vuelve completamente ajeno. Todo esto mientras intenta escribir una biografía para el marqués de Rollebon.
Hay una escena en particular que me resulta sugestiva: la del museo de Bouville, cuando Roquentin visita el museo local y mira los retratos de los líderes burgueses del pasado. Contempla los rostros pintados y cae en la cuenta de que su expresión de dignidad y autoridad es totalmente artificial. Ve, además, que ese artificio, cubierto de dinero, trajes, leyes y aparentes buenas costumbres, no es nada más que un débil escudo.
Sí, un muy frágil resguardo de su propia vulnerabilidad, su falta de amor propio y su egoísmo violento sin sonrojo. Cosa que a Roquentin le resulta repulsiva.
¿Qué pensaría este personaje de 1932 si recorriera el museo actual, que, por supuesto, se le presentaría virtual? ¿Qué vería en los rostros pintados de líderes como Trump, Bukele, Bolsonaro, Milei y De la Espriella? ¿Observaría las mismas características en este variopinto grupo de pequeños burgueses? Muy seguramente sí. Ahora, lo de burgueses no lo digo desde una perspectiva sociológica, en una clasificación de sus posiciones económicas y la propiedad de los medios de producción, sino desde una retórica política.
Algo tengo claro, y es que Roquentin volvería a sentir la náusea. Y no tanto por las maneras vulgares de estos hombrecillos llenos de miedos y escudos, sino porque se enfrentaría de nuevo a una realidad que le resultaría aún más caprichosa, superflua y carente de toda justificación.
Ahora voy a la escena en la que Roquentin se sienta en un banco frente a la raíz negra y nudosa de un árbol de castaño. Fue ahí cuando experimentó el punto máximo de su mareo metafísico. Despojado de todo, contempló otra vez. Y lo hizo con tal rigor que la palabra «raíz» perdió su significado. El idioma ya no le sirvió para explicar lo que veía. Y se dio cuenta de que el universo es un gran vacío lleno de cosas que no tienen ningún propósito ni explicación.
Luego de esa revelación, hizo maletas, dejó su habitación alquilada y abandonó esa aburrida ciudad portuaria, que le resultó tan llena de nada. Se compró un billete de tren y se mudó a París.
Y bueno, no sé si mudarse sea lo más efectivo para el mareo. Aunque me encanta París y hoy mismo podría comprarme un tiquete sin retorno, creo que montarme en un avión ahora mismo sería contraproducente. No es el aire, es la tierra lo que busco.
Por eso sigo sentada, escribiendo. A través de las palabras, ese sin sentido, logro traer a esta página el árbol de castaño que despertó a Roquentin. Pero ahora es de origen tropical, algo así como un árbol del pan. Y me pongo al frente, sentada, me observo en tercera persona. De la base de mi columna salen unas ramas luminosas que se hunden profundamente en la tierra. Y de tanto imaginar que soy eso, el árbol que yo misma observo, empiezo a sentir arraigo. Un arraigo tan poderoso que no deja espacio para el vértigo del miedo. Esa náusea que podría convertirme en la misma violencia de la que quiero huir.
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