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13 Nov 2021 - 6:48 p. m.

Huracán en el paraíso

Durante la noche del 15, y la madrugada del 16 de noviembre de 2020, Providencia fue sacudida por el huracán Iota cuyo ojo pasó a menos de 20 kilómetros de la isla. Los afro-raizales cuentan que hacia las 3 de la mañana comenzó lo peor. Presentamos el primer capítulo del libro “Reforestar la imaginación”.

Miguel Rocha Vivas

Con vientos de 247kms/h y catalogado como de categoría cinco (la más peligrosa), el huracán Iota afecto el 98% de la infraestructura de Providencia.
Con vientos de 247kms/h y catalogado como de categoría cinco (la más peligrosa), el huracán Iota afecto el 98% de la infraestructura de Providencia.
Foto: Twitter

Vientos de más de 200 kilómetros por hora arrasaron con casi todo a su paso. Las personas tuvieron que refugiarse en baños con colchones sobre sus cabezas para protegerse bajo los escasos techos de concreto. Unos cuantos turistas lograron refugiarse en los bunkers de algunos hoteles. Con todo esta vez ni las casas, ni las iglesias en tanto refugios tradicionales, lograron resistir los embates. Los testigos cuentan sobre momentos de absoluta y desesperada vulnerabilidad; momentos inenarrables bajo el terrible ruido que sacudía tierra y cielo en una suerte de pequeño fin del mundo.

Las primeras imágenes aéreas de isla, tras las largas horas de incomunicación con el resto de Colombia y el Caribe, mostraron la destrucción del 98% de la infraestructura. Puentes caídos; carreteras destruidas e inundadas; postes de luz venidos abajo; casas, iglesias, colegios, centros médicos, hoteles y comercios… todo, todo en ruinas. En los días siguientes una de las sobrevivientes le contó a un corresponsal de la BBC de Londrés: “todo está café, no hay árboles, no hay animales, las iguanas están sin árboles donde montarse”.

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En 2020 la pandemia del covid 19 ya afectaba severamente la economía turística del archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina. Como si fuera poco, por primera vez un huracán de categoría 5, el Iota, impactó las islas, un hecho para nada casual asociado como está a las alteraciones globales conocidas como cambio climático. La onda tropical original se generó en África formándose en un temible huracán que azotó el Caribe tan solo dos semanas después del paso del huracán Eta. De hecho, el Iota dejó severas afectaciones en las costas de Honduras, Nicaragua, Panamá, Colombia y Venezuela. Al parecer Iota es el segundo huracán de categoría 5 que embate fuera de temporada en el Caribe, es decir en el mes de noviembre, tras un huracán que azotó Cuba en 1932. A esta anomalía se suma la preocupante temporada record de huracanes caribeños durante 2020, del cual Iota fue el más severo de todos.

Para los antiguos y actuales habitantes indígenas de las islas de Caribe, un huracán es una fuerza capaz de destruir y renovar todo a su paso. Para los taínos huracán es centro del viento mientras que para los mayas k´iche´ es corazón del cielo. En el Babigala de los gunadule se cuenta que la primera tierra, Gwalagunyala, finalizó con ciclones. Paradójicamente, en el cuento “Puertas circulares al viento”, la voz narrativa en primera persona anhela el huracán. Este relato forma parte de un libro precursor de la literatura moderna en la isla de Providencia, Sobre nupcias y ausencias, escrito en 1984 mientras Lenito Robinson-Bent vivía en París.

“Puertas circulares al viento” nos presenta las imágenes evocativas de un adulto que reflexiona sobre su infancia. Las puertas que conservan su circularidad son umbrales, puntos de acceso a la memoria, y como tal: expuestas al viento. Un viento que es tanto el huracán como el hálito de la niñez; un viento que es la materialidad inaprensible de la palabra evocada y recontada desde la distancia. Robinson relata una ausencia que mediante el recuerdo deviene en nupcia con la palabra. Sin embargo, las puertas circulares al viento del relato contrastan con las puertas destruidas y deformadas por el viento, tal y como se vieron tras el paso del huracán Iota. En realidad, lo que la voz narrativa de Robinson-Bent anhela en su relato, no es tanto el paso del huracán, como la mañana mítica y tranquila tras su partida:

“otro huracán que habría de traer tras de sí otra mañana nítida, un día que no habría de ser sino la hoja de pergamino virgen sobre cuya superficie de fondos primaverales yo habría de inscribir una carta de amor a una deidad mitológica del mar”.

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Aunque la voz adulta del relato considera tal deseo de retorno del huracán como “pueril”, reflexiona sobre la causa (huracán) y el efecto (mañana siguiente) en tanto dos partes indivorciables del mismo deseo. Las puertas circulares le dan acceso, a pesar del racionalismo adulto, a la conciencia mítica íntima y raizal. Esta se expresa en aquellos fondos primaverales multicolores que se pueden sentir y vislumbrar al trasluz del agua y el viento, y tras el invierno, es decir tras el huracán. Es sobre esa superficie translucida de fondos primaverales que se revela el anhelado día de pergamino virgen, cual imagen prístina del substrato mítico que anhela inscribir: amor, infancia, mar: paraíso perdido o simplemente distante. La voz adulta reflexiona a través de la escritura. El escribir implica asumir el lugar del adulto que rememora, pero este acto no basta, pues la escritura también es distancia. De allí que anhela inscribir, no escribir, es decir: expresarse desde adentro. El prefijo in manifiesta su deseo de comunicarse desde la conciencia mítica, despertada por la llegada y la partida del huracán, aunque para el racionalismo adulto sea un deseo pueril y hasta paradójico. Y ¿qué es lo que habría de inscribir? Una carta de amor a una deidad mitológica del mar.

Cuando tenía una edad semejante a la del niño que anhelaba el retorno del huracán, unos 9 años, también escribí una carta medio en prosa y medio en verso al Volcán Nevado del Ruiz. En un noviembre gris, 35 años antes del Iota, las erupciones del Ruiz generaron avalanchas de lodo que cubrieron de la noche a la mañana a miles de personas que vivían en los pueblos de Armero, Guayabal y sus alrededores. Con todo, a diferencia de “Puertas circulares al viento”, en la carta al Volcán Nevado, la cual leí en la radio cuando aún no se conocían las más de 20 mil víctimas mortales, no aparece la voz de un adulto evocando la experiencia infantil. Quien escribía con su propia voz, y en una letra apenas legible, era un niño. En la carta el niño se encuentra con el volcán tras escalar hasta su cima para conversar con él. El niño siente que por debajo de las imágenes de la avalancha, que también desbordaba a los medios de comunicación, hay una dimensión mucho más profunda que trasciende tanto al bien y al mal como a la vida y a la muerte. El niño de mi carta no inscribía en un pergamino virgen, como anhela Lenito Robinson-Bent. El niño, sin resolver el misterio, tuvo una certeza: el volcán respiró: son cosas de la naturaleza.

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Hace unos años, al reflexionar sobre la historia de la carta al Volcán Nevado con algunos estudiantes africanos y chinos en la nueva Universidad de Duke cerca a Shanghai, en Kunshan, les decía que cuando ocurrió la tragedia de Armero ni nuestros padres, ni mucho menos los niños, nos habíamos dado cuenta del desequilibrio global climático que hoy en día es cada vez más evidente con el deshielo de los nevados tropicales, desde el Kilimanjaro en Tanzania hasta el Ruiz y el Santa Isabel en Colombia. Los expertos dicen que quedan pocas décadas o incluso años, si la alteración global climática sigue su curso, para que veamos el deshielo casi total de muchos de estos nevados y glaciares.

La mirada del niño entiende desde su interioridad, e inscribe, puesto que es naturaleza aún no del todo domada; en el niño la naturaleza se manifiesta a través de sus propios ciclos y gestos: llora como cuando llueve, grita como cuando sopla el viento. La mirada del adulto se suele basar en la explicación racional, el auto-control, y a veces en la abstracción distante de la escritura fonética: una forma de aire domesticado.

Ni el niño de la carta al Volcán Nevado, ni el niño del inscribir sobre un pergamino virgen, buscan explicarse qué tanto estamos implicados como humanos en eso que llamamos desastres “naturales”. En verdad ambos se entienden como esas mismas fuerzas de la naturaleza que los habitan y atraen magnéticamente. La conciencia mítica se expresa como un no estar rotos ni fragmentados, y de allí que la conmoción de la naturaleza en nosotros, a través del mito y la literatura, sea necesaria en cualquier edad para revertir la hegemonía de una razón que raciona, de un pensamiento que se auto-limita… y que al llegar al límite se desconoce… quedándose maniatado o acudiendo a fórmulas prefabricadas.

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Es evidente que antes de la revolución industrial, y el advenimiento del antropoceno, ya sucedían los llamados desastres naturales. Sin embargo, cuando se nos muestran cifras record de huracanes así como de derretimiento masivo de polos y nevados, estamos ante realidades mucho más complejas. En tal sentido es que necesitamos visiones más amplias como las de los niños observando desde la profundidad del mar o desde la cima de la imaginación. Hoy en día estamos confrontados, y con frecuencia paralizados, ante el impacto de las industrias y tecnologías humanas sobre los ciclos creativos y destructivos de la tierra. Las deforestaciones a gran escala, el vertimiento de tóxicos y petro-químicos en ríos y mares, la emisión de gases causantes de efecto invernadero y disminución de la capa de ozono, son algunas de las causas directas e indirectas de esos fenómenos que ya no podemos llamar “naturales”. De hecho la palabra desastre explica desde su raíz etimológica una perdida de los astros, es decir, desorientación al no poder guiarse por los astros, como saben los navegantes de las islas de Saint Andrew & Old Providence. Desastre también se refiere tanto a la perdida de la luz como a la desconexión de las órbitas de otros astros que sutilmente se armonizan con las orbitas de este planeta.

El anhelo del niño en “Puertas circulares al viento” es también el de revivir un momento intenso en la memoria colectiva y personal; un momento mítico en el cual los habitantes de Providencia experimentaron el embate de la naturaleza huracanada. La voz testimonial de Robinson-Bent nos deja imaginar el impacto de un viento que no era para nada agradable, ni cercano a la música de las esferas: “a esa hora el viento tocaba notas desacompasadas en los extremos sueltos de las tejas de zinc del techo” (64). Estos sonidos metálicos se suman a la imagen de la casa acorazada como arca de Noé para resistir el huracán mientras los niños lloraban y “en el rincón más abrigado, las mujeres cabizbajas, mascullaban en coro rumores de salmos ancestrales” (ibid).

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Ante el descomunal embate del huracán Iota colapsó la infraestructura de Providencia. En el relato de Robinson-Bent, escrito décadas atrás, el niño narrado y narrador nos cuenta que la casa de los vecinos Britton fue arrasada, y que su casa “fue una de las pocas que no se doblegó ante el rigor del temporal”, aunque “al principio sólo éramos cuatro”. De hecho, el niño protagonista, como otros niños vecinos, lograron dormirse durante la noche: “todos sobre un colchón viejo de rayas rojas que mi abuelo me había bajado del segundo piso a la cocina desde temprano” . Ahora bien, si en el relato de Robinson-Bent las personas refugiadas pueden dormir o esperar sobre un colchón en la cocina, los testimonios de quienes padecieron el huracán Iota coinciden en que muchas personas se aglomeraron en los baños, mucho más estrechos, con colchones sobre sus cuerpos. En ambos casos las personas son trastornadas por la fuerza de un huracán al tiempo que los objetos resisten o se derrumban. En el relato de Robinson-Bent se refugian en la cocina, espacio amplio nutricio, acostados sobre colchones. En los testimonios del Iota están acurrucados y de pie con colchones sobre la cabeza en los baños, espacios estrechos asociados al desperdicio. Al comparar “Puertas circulares al viento” y los testimonios del Iota que abundan en archivos radiales y web, se perciben alteraciones en los ciclos destructivos naturales. En efecto, los llamados desastres, como los del Iota, en realidad indican un agravamiento acelerado en pocas décadas de la fuerzas destructivas naturales debido a las alteraciones globales del llamado cambio climático. Incluso la destrucción tiene un orden y un sentido en la naturaleza, como se evidencia en ciertos incendios cíclicos de los bosques (no causados por el hombre) con efectos ecosistémicos auto-renovadores. Así es como desde el punto de vista del análisis simbólico-literario más reciente, la imagen de los colchones sobre las cabezas manifiestan un mundo al revés; un mundo que ha alterado y multiplicado, con consecuencias aún insospechadas, las fuerzas de la atmósfera planetaria.

La mujer que contó a la BBC de Londres que las iguanas se quedaron sin árboles donde montarse, se sintió contrariada porque a la mañana siguiente del Iota vio gente tomando cerveza caliente, “como celebrando”, y a ella le parecía que el huracán eso había sido una señal de Dios “para que nos entreguemos a él, porque si ni fuera por él no estaríamos vivos”. Su reflexión, incluso para las mentalidades más incrédulas, traduce en lenguaje humano algo sobre una experiencia inefable que para quienes la vivieron sólo pudo ser resuelta gracias a una fuerza aún más poderosa de trascendencia divina. En tal sentido, al conectar desde otras perspectivas el relato de Robinson-Bent y algunos relatos de los sobrevivientes del Iota, sobresale con recurrencia el ciclo sagrado, es decir, fascinante y horrible, que les suele representar a los caribeños el paso de un huracán. A su vez el cambio climático no sólo trae consigo nuevas políticas e intervenciones gubernamentales, así como los retos de otras adaptaciones psico-sociales al medio, sino la necesidad de nuevos relatos o marcos narrativos y autorepresentativos para el entendimiento y el pensamiento intergeneracional, colectivo e individual.

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Hoy en día los marcos de acción e interpretación suelen ser provistos desde los paradigmas científicos vigentes así como desde los emblemas de los estados nacionales. En el caso de San Andrés, Providencia y Santa Catalina, los marcos y emblemas nacionales tienden a imponerse con mayor rapidez e intensidad debido a los conflictos vigentes por la delimitación marítima entre Colombia y Nicaragua a partir del meridiano 82. Las narrativas y símbolos raizales, o simplemente isleños dado que no todos los nativos de las islas se reconocen como tal, suelen ser vistos bajo el lento de lo étnico supuestamente desprovisto del poder decisorio nacional y supranacional. Así es como se suele considerar que las explicaciones y propuestas raizales son limitadas en tanto carecerían del poder de negociación y visión soberana y moderna. A tal modernidad son invitados e incluidos sólo si aceptan su “comunión” acrítica en el proyecto del estado nación así como al amparo de la “comunidad” científica.

Una mirada tentativa sobre los marcos narrativos propiamente isleños, específicamente de Providencia en el contexto del Iota, revela múltiples bases de auto-entendimiento, las cuales son tomadas desde afuera como supersticiosas en la medida en que con frecuencia se expresan a partir de dimensiones míticas o religiosas consideradas premodernas a partir de ópticas negadoras de las autoregulaciones y tensiones propias de la vida en comunidad. Primero, la dimensión mítica del niño del cuento en la voz del adulto migrante que añora un huracán la mañana siguiente de su paso. Segundo, la dimensión religiosa, tanto cristiana como católica, a partir de la cual muchos isleños interpretaron el paso del huracán Iota (la tradición de refugiarse en las iglesias es parte de ésta). Estas dos dimensiones coexisten con el primer plano conformado por la realidad de los destrozos materiales, los heridos y algunas víctimas mortales. Es ante esta realidad (no por negación de la misma), y sobre todo ante el hecho de haber sobrevivido, que algunos isleños a la mañana siguiente del Iota o se congregan entonando los salmos ancestrales o toman cerveza caliente (debido a la pérdida de la energía eléctrica).

Tras el paso del Iota muchos medios de comunicación transmitieron sobre todo el primer plano de los destrozos, como en el caso de la tragedia de Armero y Guayabal. Tras esto enfatizaron algunas imágenes, o relatos fuera de contexto, sobre lo que consideraron implícitamente supersticiones; cuando en realidad sólo trataban con la superficie de planos de dimensión religiosa o mítica que son parte del substrato raizal de la isla. De hecho, algunas redes sociales exaltaron la nacionalidad como el deber de ayudar a los “colombianos de color” en un paraíso turístico del país. Con todo, aquellos habitantes del “paraíso” periférico, para sorpresa del público general, no sólo no tienen el español sino el creole como primera lengua, y tampoco comparten gran parte de los fundamentos de la nacionalidad, como las bases católicas, expresadas tras el Iota en la imagen de una virgen que se sostuvo sobre un cerro, y cuyo relato comentó incluso el presidente de la república tras repasar desde una cuatrimoto los daños ataviado con unas gafas oscuras. A la situación de Providence se suma la de Saint Andrew, en donde los nativos ya son superados por los habitantes foráneos que curiosamente llaman continentales o colombianos.

Se cuenta que los primeros colonos ingleses puritanos, llegados hacia 1631 a bordo del Sea Flower, llamaron Providence a la isla para celebrar la gracia divina que los habría conducido hasta esas tierras del “nuevo” mundo para iniciar su propio mundo, aunque en realidad Providence era el nombre de la compañía naviera. Ahora bien, la actitud religiosa que aspira a un paraíso en donde refundar la vida y la moral, como lo muestran los relatos orales, se suele reactualizar tras los huracanes a los cuales se sobrevive gracias a la providencia divina. Así se entrevé en algunos relatos raizales que renovaron la experiencia de la providencia tras el paso del huracán. Esta actitud resiliente también emerge a partir de sus múltiples experiencias diaspóricas, como descendientes tanto de los esclavizados africanos como de los ingleses, españoles y otros tantos migrantes.

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Cuando el niño del relato de Robinson-Bent habla de inscribir sobre un pergamino virgen una carta amorosa para una deidad mitológica del mar, añorando “un nuevo amanecer” que dejan vislumbrar unos fondos primaverales, reactualiza y renueva una dimensión mítica más profunda que la específicamente religiosa que se resguarda en los salmos y templos en la isla. Sin embargo, el deseo amoroso del niño no lo remite ni a un tipo de deidad femenina como la virgen católica que se mantuvo incólume ante los vientos del Iota, ni al amparo o consejo de los pastores de las iglesia cristiana cuya llave se perdió la noche del huracán. El niño de “Puertas circulares al viento”, aunque contado a través del adulto, ama la mar desde lo más profundo de sus fuerzas anímicas. La mar en tanto es su propia ánima; el ánima de su gente. El niño ama la mar porque expresa una fe sin religión en la providencia que los cuidó y que los cuida. El niño ama la mar cíclica que renueva un huracán salido de control décadas después. El niño ama la mar porque sólo tras el huracán alcanzó a ver por vez primera, tras un domingo de infancia en época de navidad, “tanto mar junto, con siete colores repartidos en franjas geométricamente delineadas en un vidrio translúcido sobre un remanso de acuarela sin tiempo”.

Tras atravesar las puertas circulares al viento, el niño y el adulto recuerdan y celebran que se hace realidad el edén anhelado; el edén anhelado y evocado en las iglesias de Providencia. El edén de una mañana nítida cuando se revelan los pozos primaverales a través del pergamino virgen. Una mañana para inscribir una carta amorosa a una deidad mitológica, la mar misma y reiterada, la mar cíclica trascendente y antecedente a toda escritura bíblica: “Aquel día la isla amaneció con la faz paradisíaca que debió tener el Edén en la primera alborada de la creación”. La mañana tras el paso de un huracán en el paraíso.

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