El Magazín Cultural

Publicidad
28 Dec 2021 - 2:00 a. m.

Respirando en el patio de Héctor Rojas Herazo

Al cierre del año conmemorativo de Héctor Rojas Herazo, por los 100 años de su nacimiento, El Espectador rinde homenaje al escritor, periodista y pintor. Este martes, a las 3:00 p.m., se lanza el especial en video “Héctor Rojas Herazo, a la sombra del boom latinoamericano”.
María Paula  Lizarazo

María Paula Lizarazo

Periodista de Amazonia y Ambiente
Héctor Rojas Herazo tuvo más de sesenta exposiciones de sus pinturas. Sus colores reflejan la luz del trópico y una mirada del Caribe.
Héctor Rojas Herazo tuvo más de sesenta exposiciones de sus pinturas. Sus colores reflejan la luz del trópico y una mirada del Caribe.
Foto: El Espectador

El patio fue el origen de todo. Una mirada primigenia que se volvió el tronco de su escritura. Desde el patio de aquella casa en Tolú, Héctor Rojas Herazo veía pasar de niño a las vendedoras con frutas sobre la cabeza. Vislumbraba criaturas de las que luego escribiría. Se admiraría de la fuerza que tienen animales tan pequeños como los gallos. Y viviría recuerdos con su abuela que con los años se volverían materia literaria.

Para su hija, Patricia Rojas Barbosa, la abuela fue la persona que su padre más amó en la vida. Uno de los mayores dolores de Rojas Herazo fue aceptar la muerte de la abuela y todas las memorias y los significados que con ella morían.

Jorge García Usta, el mayor estudioso de la obra de Rojas Herazo, le preguntó en los años noventa que qué seguiría después de Celia se pudre, su última novela, a lo que él respondió que vendría lo que tuviera que venir. Pero ahí ya lo había dejado todo, cuenta su hija, en Respirando el verano, en En noviembre llega el arzobispo y en Celia. Ya había revelado todo lo que tenía por decir.

Le sugerimos leer: Héctor Rojas Herazo, el poeta, el periodista, el pintor

Las tres fueron novelas que empezó a escribir mucho antes de sentarse a escribirlas. Cuando trabajaba en El Universal de Cartagena, hacia finales de la década del cuarenta, escribió en su columna Telón de fondo algunos esbozos de las historias que tendrían lugar en Cedrón. Escribió también ensayos literarios y sobre pintura. Reflexionó sobre Tolú y Cartagena, y siempre miró desde el Caribe, o dicho sea, desde el patio: se definió como un patiero. Compartió algunos temas con García Márquez. De hecho, un día en El Universal hicieron una broma que ningún lector adivinó. García Márquez escribió la columna que firmaba Rojas Herazo y Rojas Herazo escribió la de García Márquez. Nadie se percató de que algo fallara ante la similitud de sus temas y sus prosas.

En esa época en Cartagena escribió un total de 550 columnas que García Usta compiló en los tomos Vigilia de las lámparas. Es el único trabajo que ha reunido su obra periodística.

Le sugerimos leer: La filosofía y los milagros

La primera parte de Respirando el verano se llama “Las cosas en el polvo”. El origen de las tres novelas es el polvo y la memoria, como menta la primera página: “Y el recuerdo del patio, de su patio -calcinado y brillante como todos los seres y objetos de aquel tenso verano- lo sentía en las ropas, en la palpitación de sus pies, en la cabeza de sienes hirvientes, en aquel sudor que le brotaba incontenible como si le estuvieran exprimiendo las vísceras”. El polvo también es el final de la historia: la muerte de Celia antecede a la destrucción absoluta de la casa.

Junto a las novelas escribió los poemarios Las úlceras de Adán, Agresión de las formas contra el ángel, Desde la luz preguntan por nosotros, Tránsito de Caín y Rostro en la soledad. Y pintó decenas de cuadros de los que ya no se tiene rastro.

A finales de los setenta se fue a Madrid con la Niña Rochi Barbosa, su esposa, para terminar Celia se pudre. Durante esos 10 años por fuera vivieron de sus pinturas. En total, a lo largo de su vida, realizó más de 60 exposiciones.

Pasó largas jornadas en el Museo del Prado. Se encontró a un Velázquez que, a pesar de ser pintor de corte, fue independiente. A un Goya que no solo pintó a los aristócratas, sino también al pueblo. Igualmente a El Bosco. Percibió cercanas la luz del Mediterráneo y la luz del trópico. Y cuando no estaba pintando hacía formas en cartulinas que cortaba con bisturí.

Patricia Rojas ve una simbiosis en todo lo que hizo su padre: diálogos entre la pintura y la poesía, entre su narrativa literaria y el periodismo. Expresiones que no eran ajenas para Rojas Herazo., pues creía que todas dan cuenta de la experiencia humana, por lo que poco o nada le importaba encasillarlas.

Podría interesarle leer: Historia de la literatura: “Eugenio Oneguin”

Pasados esos 10 años en Madrid, Rojas Herazo y la Niña Rochi volvieron a Bogotá. Cuenta Patricia Rojas que el regreso estuvo motivado por la posibilidad de estar más cerca de Cartagena y sus amigos. Aunque en esos años no dejó de escribirles a García Usta, Gustavo Tatis, Alberto Salcedo Ramos, Roberto Burgos Cantor, Alejandro Obregón, entre otros. Algunas de esas cartas y postales permanecen en el archivo personal de García Usta, que Rocío García, su viuda, custodia en Cartagena.

Gustavo Tatis, periodista amigo, le escuchó decir más de una vez que “pobrecito Dios, hay que ayudarlo a culminar la obra que empezó, porque el hombre es un barro inacabado, el hombre es una pobre criatura inacabada”. Y a su hija le repitió, cada vez con más frecuencia, que lo peor que podía pasarle al ser humano era envejecer. Él envejeció bajo una profecía propia.

Cuando su hija todavía era una niña, “se apoyaba en mí y se hacía como el viejito: ‘tú serás el apoyo de mi vejez’, me decía, fíjate en las palabras proféticas, yo fui el apoyo de su vejez”, cuenta Patricia Rojas. Falleció en abril de 2002 y su hija fue la última persona que lo acompañó. Ocurrió un año y medio después de la muerte de la Niña Rochi. Murió de pena moral, dicen sus amigos.

Le sugerimos leer: Anton Chéjov: Un hombre de cuento (III)

Nunca dejó de escribir, ni de pintar, ni de leer a Tolstói, Dostoievski, Faulkner, Whitman y Mann. Tampoco se interesó por entrar en las industrias culturales que se gestaron en América Latina a finales del siglo XX. Pensó hasta el final de sus días, como lo escribió García Usta en El Universal, que el trabajo artístico no podrá jamás venderse por una piscina.

Síguenos en Google Noticias