El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

“Retrotopía”, la epidemia de la nostalgia: Bauman y el auge de la ultraderecha en el mundo

En esta nueva entrega de Sobrepensadores, ahondamos en cómo los discursos políticos crecen con la exaltación de un pasado glorioso.

Roberto Palacio

07 de junio de 2026 - 05:39 p. m.
Zygmunt Bauman, sociólogo, filósofo y ensayista polaco-británico de origen judío (1925-2017).
Foto: Narodowy Instytut Audiowizualny
PUBLICIDAD

Milei, Bukele, Bolsonaro… para no mencionar al mismísimo Señor de las Moscas en EE. UU. Al parecer, la siguiente en el mapa azul es Colombia. ¿Por qué estamos inmersos en una suerte de retorno de las derechas extremistas en el mundo? En este ensayo no me interesa una explicación politológica, que eche mano de la manida noción del “resurgimiento de los populismos”. Hay un concepto entre filosófico y sociológico que explica a fondo la tendencia política, dado por Zygmunt Bauman en su libro del 2017, publicado apenas semanas después de su muerte: Retrotopía.

Toda esta idea de Retrotopía, al menos como yo la entiendo, se puede reconstruir desde lo que Foucault llamó el paso de la sociedad del Panóptico a la del Sinóptico. La sociedad del Panóptico era la de la vigilancia: debíamos ponchar la tarjeta a diario a la entrada y la salida. Como en las cárceles del siglo XIX, la torre de vigilancia estaba permanentemente enfocada sobre nuestras vidas. Era el Ojo de Sauron de El Señor de los Anillos de Tolkien. Los mecanismos de vigilancia y control iban en una escala de más explícitos a menos explícitos, dependiendo de qué lado del muro se estuviera, pero eran operantes y estaban inextricablemente ligados a los aparatos de la política y del Estado. Hace unas tres décadas —un poco más, dependiendo de dónde nos situáramos— todo ello cambió.

Pasamos a la sociedad que Byung-Chul Han describió en La sociedad del cansancio como la del rendimiento. Ya nadie nos controla la hora de entrada o salida, por la sencilla razón de que no hay una hora de entrada o salida: el trabajo en realidad nunca termina. Al llegar a casa seguimos en la misma labor del día, y en las horas libres se debe ir al gimnasio para tener mayores rendimientos al día siguiente. La exigencia se convirtió en autoexigencia, con todo lo que ello implica de cara al agotamiento: el digital burn-out, la ansiedad sin fin, el permanente sentimiento de no estar haciendo lo suficiente.

Lea también: Los usos de la falacia (Sobrepensadores)

Los sueños, las esperanzas de cambio se enfocaron en nosotros mismos. Ya no era concebible que viniesen de una instancia pública, mucho menos de las promesas políticas que, poco lo recordamos, ya habían dejado de ser un ámbito de redención colectiva desde la década de 1970, lo cual explica en parte el apogeo de la psicodelia y del New Age, formas puramente individuales de divisar una transformación de la realidad. Poco a poco, se hizo privado el concepto de utopía. El Estado renunciaba al control de la vida, pero ello implicaba que el ciudadano renunciaba a los servicios sociales y a la protección del Estado. Se trataba, en efecto, de una “liberación”, pero una que tendría un alto precio, porque tuvo al menos tres grandes consecuencias.

En primer lugar, el regreso a una concepción “tribal” de comunidad —defiendo a los de mi tribu; todos los demás son idiotas, malvados o incompetentes—; el regreso a un yo primordial, no manchado por los factores culturales e inmune, se cree, a la influencia cultural —lo cual explica no sólo la “Identity Politics”, sino la acusación entre individuos de estupidez… tú estás contaminado de influencias externas, yo, en cambio, soy un outsider—; y la idea de que un “orden civilizado”, de leyes y reglas, es condicional y podrá ser roto por el líder poderoso de mi grupo en aras de que actúa por “nuestro bien”. Todos hemos visto cómo Trump alardea de que puede tocar el trasero de la mujer que se le antoje y nada le pasará, una de las pocas verdades que suele proferir. Todos estos son elementos presentes en los extremismos no sólo de derecha, sino de izquierda. Decía el teórico alemán Hubert Schleichert que cuando dos grupos llevan mucho tiempo debatiendo, asumen literalmente las mismas posiciones, por no decir los mismos vicios.

“Retrotopía” hace referencia al deseo de regresar a un mundo capaz de generar al tiempo libertad y seguridad. No en vano son estas las dos grandes banderas de la ultraderecha en el mundo, a veces con mayor énfasis en un polo o en el otro. Si algo tenemos “claro” es que el futuro no ofrecerá ninguno de estos dos sueños utópicos. Dice Bauman:

“Con semejante giro de 180 grados, el futuro se transforma del hábitat natural de las esperanzas y las expectativas legítimas en un escenario de pesadillas: el horror de perder el trabajo, junto con el estatus social que conlleva; el de que te embarguen la casa y todos tus bienes; el de ver impotente cómo tus hijos se deslizan por la pendiente del bienestar y el prestigio, y cómo tus propias habilidades, aprendidas y memorizadas con tanto esfuerzo, pierden lo poco que les queda de valor. El camino hacia los giros del futuro se asemeja inquietantemente a un rastro de corrupción y degeneración. Quizás el camino de regreso al pasado no pierda la oportunidad de convertirse en un camino de purificación de los daños causados por los futuros, cada vez que se transformaron en presente”.

Le sugerimos: Nuestra señora de Unicentro (ficciones sobre Dios en la era digital) - Sobrepensadores

No ad for you

Es preciso sumergirse en el pasado. No se trata de una mera movida romántica o “retro”. El pasado al cual se regresa en la Retrotopía, como el recuerdo mismo, no es el pasado real, sino una reconstrucción del pasado. El estado pretérito al cual queremos migrar ofrecía seguridad y protección sólo de manera condicional, sin cubrimientos extensivos, pero en nuestros sueños es una época de oro. Ese pasado, sin embargo, es el nuevo futuro. El deseo de la Retrotopía es el de avanzar hacia el pasado, exactamente el sueño de una ultraderecha que ya no es conservadora. No hablamos acá, por lo tanto, del futuro paradisíaco de la utopía que conocemos desde Tomás Moro, sino de un futuro simplemente resguardado de lo que percibimos como amenazas y decadencias, en el cual el Estado se concibe como una suerte de refugio antinuclear para millonarios o, en el mejor de los casos, como una urbanización privada de lujo cuya principal función, más que incluir, es prevenir que los grupos que no se consideran en pie de igualdad entren a perturbar la “paz” y el bienestar de los privilegiados.

Hemos caído, dice Bauman, en una suerte de pandemia de la nostalgia, soñando con un pasado que en realidad nunca existió. No se manifiesta sólo en la derecha política radical, sino en los gustos musicales; la música country y la norteña se han vuelto una tendencia mundial de personas que añoran un pasado que ni siquiera vivieron. Si acaso uno cree que la Retrotopía, como tantas otras cosas, no ha llegado a Colombia, escúchese a cualquiera de los propios hablar de lo que era la Navidad en la finca de los abuelos pobres: ¡eso sí que eran fiestas!

No ad for you

Siga leyendo: Apocaliptimismo (Sobrepensadores)

Si le interesa seguir leyendo sobre El Magazín Cultural, puede ingresar aquí 🎭🎨🎻📚📖

Conoce más

Temas recomendados:

Ver todas las noticias
Read more!
Read more!
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.