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“Roda: de la A a la Z”: El abecedario y los poemas de amor (Meninas frente al espejo)

Hasta el próximo 21 de mayo se presentará en la Universidad de Los Andes “Roda: de la A a la Z”, una exposición que ahonda en la obra del artista Juan Antonio Roda y su amistad con el poeta Darío Jaramillo Agudelo.

María Elvira Ardila

06 de mayo de 2026 - 10:30 a. m.
Este grabado pertenece a la serie “Amarraperros”, una de las siete que se pueden encontrar en esta exposición.
Foto: Cortesía Marcos Roda
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Durante mucho tiempo, una de sus monjas muertas y delirantes habitó mi oficina, una de las más movidas de una institución de arte. En medio de ese ritmo vertiginoso, el grabado custodiaba un silencio de clausura que parecía blindado contra el ruido externo, ofreciendo un contraste radical y fascinante. Siempre me ha cautivado esa quietud; un gusto por el silencio que se rompe únicamente por esa fuerza erótica y barroca de sus monjas que, desde el hermetismo de su encierro, parecen transformar la agonía del aislamiento en una experiencia mística y placentera.

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En sus grabados, Roda logró una precisión cautivante. En sus “Tumbas” —pinturas gestuales, abstractas y de trazos expresionistas— se escondieron hipocampos sembrados de esqueletos. Es como si hubiese reafirmado que la vida estaba ligada a la muerte. Esta serie inauguró el Museo de Arte Moderno en 1963, pero Roda podía volver fácilmente a lo figurativo, como en “Los Acosta” (1964), un retrato que desató polémica por ser merecedor del primer premio del XVI Salón de Artistas Colombianos.

Roda hizo lo que quiso: lienzos surrealistas en los que se veían una mujer, unas tijeras y unos huevos, para desembocar finalmente en sus “Santuarios”. Fue un eterno retorno que buscaba respuestas que no sé si el artista halló, pero que dejó un legado fundamental en el imaginario del arte colombiano. Aunque ya había realizado varios grabados en Barcelona, su verdadera maestría nació de un aprendizaje compartido. Fue observando el quehacer de Umberto Giangrandi que Roda terminó de dominar el oficio, lo que lo llevó a comprar sus propias prensas para entregarse a esas planchas exquisitas donde el claroscuro y la precisión del dibujo fueron los protagonistas absolutos.

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Conocer su estudio en Suba fue entrar en el corazón de su proceso. Allí, el frío de la montaña se colaba por las grietas, mezclándose con el humo constante de su cigarrillo y el sonido de la música clásica. Era en ese espacio, rodeado por la mesa de noche de una de sus alumnas, Beatriz González, de libros y pinceles, donde también custodiaba las máquinas de grabados, los buriles, papeles, tintas y ácidos que le permitían trabajar en la soledad de la noche. El frío de la sabana parecía un material más del artista: una capa invisible que impregnaba el papel y el metal.

Roda y Darío Jaramillo Agudelo construyeron una complicidad desde la creación, entendiendo el arte como un territorio donde la realidad se transmutaba. Ambos compartieron libros y obsesiones, conversaciones que quedaron selladas en “Poemas de amor” y en “Deja a la lengua”, libro de grabados de Roda con textos de Jaramillo Agudelo.

En esta obra, Roda no se limitó a acompañar los versos; sus imágenes fueron incisiones emocionales que dialogaron con la palabra, demostrando que, para ambos, la amistad y el arte eran un mismo lenguaje de resistencia contra el olvido.

En el estudio de Roda, los personajes no solo fueron modelos, sino presencias constantes. La serie “Retrato de un desconocido” tuvo un origen casi espectral: nació de una fotografía de finales del siglo XIX que le llevó un amigo arquitecto. Al no saber quién era el hombre de la imagen, Roda comenzó a auscultar a ese personaje fantasmal que terminó viviendo con él a través del grabado. Era su forma de darle cuerpo y diálogo a la ausencia.

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Por otro lado, la vida se transformaba en arte de manera directa. Chutín, un personaje de un cuento escrito por su esposa, la escritora María Fornaguera, también dio nombre a su mascota y fue el modelo que inspiró la serie “Amarraperros”. En estos aguafuertes, la cabeza del animal se fundió con fragmentos de cuerpos humanos sujetos por nudos, manos y pies; una pulsión de sujeción que recordó a los mártires o a una estética del sometimiento.

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El éxtasis de las Clarisas

Este grabado de Juan Antonio Roda hace parte de su serie "Los castigos".
Foto: Cortesía Marcos Roda

Lo que más me atrajo de sus grabados de “Las Monjas muertas” fue esa capacidad de subvertir el orden desde lo más recóndito. Roda se adentró en el mundo de las religiosas para rescatar una sensualidad que la historia quiso enterrar. Quedó profundamente impactado por la iconografía de las “Monjas Coronadas”: esas pinturas coloniales que retrataron a las religiosas en su lecho de muerte o profesión, adornadas con suntuosas coronas de flores y palmas. Roda tomó esa rigidez del ritual y la transformó; esas coronas, que simbolizaban el desposorio místico, convirtieron su obra en estructuras orgánicas y nudos que latieron con vida propia.

El secreto de esta serie estuvo en la sublimación del erotismo místico; para Roda, una monja muerta parecía estar simplemente delirando, entregada a un éxtasis que trascendía el dogma. Sus grabados captaron ese momento epifánico donde la sexualidad y la muerte convergieron. Es una cartografía sensual donde Roda, como un “voyeur”, rescató a estas monjas de su silencio carcelario para devolverlas a la vida a través de una gramática erótica punzante.

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Marta Rodríguez, curadora de la exposición en la Universidad de los Andes, propuso un recorrido que auscultó la palabra y la imagen. El título, “De la A a la Z”, se originó con una doble acepción: el vínculo literario con el “Diccionadario” de Jaramillo Agudelo y el arco temporal de Roda, que reunió obras desde 1945 hasta su última serie, “Santuario”, de la que se exhibieron piezas inconclusas. Marta subrayó que esta selección de 75 grabados, un dibujo, nueve pinturas y las ilustraciones para Fortacha, fueron el testimonio de cómo para Roda cada serie se articuló desde un argumento narrativo.

Hay libros que nos enseñan a habitar al otro y a darle sentido a la ausencia. “Poemas de amor”, de Darío Jaramillo Agudelo, se convirtió en ese refugio donde la poesía se despojó de artificios para acompañarnos a recorrer la habitación, la cama, el corazón roto y la soledad. Fue esa rara belleza de lo cotidiano y eterno. Al final, Roda regresó a su origen. Entre el frío del campo y el silencio de su estudio, el artista logró que la muerte no fuera final, sino tránsito. Roda fue y será el hombre de las antípodas: el lector de Proust y el grabador nocturno cuya obra habló desde el claroscuro y los versos compartidos.

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Por María Elvira Ardila

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