Este portal es propiedad de Comunican S.A. y utiliza cookies. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso, de acuerdo con esta política.

Se encierran en las jaulas los humanos, por Albalucía Ángel

A los 80 años de edad, una de las escritoras más reconocidas de la historia colombiana, asume la voz de su generación para reflexionar sobre estos "tiempos de quiebra del Espíritu".

Albalucía Ángel / Especial para El Espectador

13 de abril de 2020 - 10:21 a. m.
Albalucía Ángel se ganó un lugar en la historia de la literatura colombiana con la novela “Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón”, reeditada recientemente. / Foto cortesía: Edgar Céspedes
PUBLICIDAD

Allí me tienen. Me cuento entre aquella especie humana nombrada ahora como “las abuelitas y abuelitos” por quienes nos consideran especie digna de extinción. No todos, por supuesto. Las criaturas pequeñas están muy apegadas a los seres mayores que deambulan por la casa, o por los parques de los pueblos. Los sitios de silencio y de recogimiento: en donde le regalan una mirada solitaria o una sonrisa acaso un poco distraída, al transeúnte.  Así parece. Pero no. En realidad, están buscando una salida a ese laberinto. Y buscan el final: como Teseo. La puerta luminosa, que al fin va a señalar aquel último tramo ansiado y bendecido: lo que llamamos muerte, en múltiples creencias. O el final del “Camino de la Vida…”, como decía el Dante.

Aunque final-final, no existe: digo yo.

Pertenezco también, debo explicarlo un poco, a aquella especie que llegó en medio a las dos guerras europeas: donde el horror no pudo ser medido por moros ni cristianos. Por patrones de frágiles culturas donde el espíritu vagaba por túneles de angustia jamás imaginados, hasta ese entonces de la historia. Guerras, hambrunas, pestes, quemas de brujas, invasiones de vándalos y ejércitos de grande poderío habían devastado varias veces a la tierra.  Lo hacían a troche y moche. No había resistencia que en apariencia pudiese contener esa embestida de la Parca, que arremetía sin descanso. Los pueblos fenecían en medio a peticiones sin respuesta, a gritos  de clemencia, en agonía lenta y silenciosa puesto que el invasor era el “guerrero” prepotente, que obedecía al rey, o al gran patriarca del momento. (Recomendamos "El coronavirus y las memorias de esta cuarentena").

La Historia, con mayúscula, nos ha mostrado en sus espejos donde el misterio abunda, el vasto territorio del universo conocido por sabios y científicos, cómo según las pruebas “casi fehacientes” de telescopios y cultivos de las células madre, el gran genoma, “el basurero” que encierra el ADN y otros imponderables que llegan a raudales, enjaezados y muy briosos: eso sí.

Read more!

Llego de lejos, señoras y señores. “Desvirolada” como siempre, a mucha honra. Vengo de tierras de aventura. Del Este y del Oeste. De Norte y Sur, he sido huésped. Los “cuatro Suyus” del planeta me han acogido siempre como una hermana más de la familia.

Fui presencia y testigo en mi vida de casi centenaria y “andariega -o más bien: “pate’perro” al decir de los chilenos- de todas esas cosas que nombra en su artículo “Metamorfosis” -en El Tiempo- Ricardo Silva Romero. Un ser de alta Conciencia en mi opinión. Lo leo desde que regresé, hace no mucho, a este país donde nací. Donde injusticia, corrupción, feminicidios, violencia en los caminos y en las calles, política amañada para gran beneficio de los que más amasan en sus arcas, amén de triquiñuelas y bandurrias al gran servicio del que tiene más labia o se vale de enredijos para ganar tronío: pues “el que tiene más saliva, traga más hojaldra…”, como le oía en mis tiempos, decir a los costeños. Miseria y “pan y circo”, me vuelven al AHORA, señoras y señores.

EL SIEMPRE, mejor dicho.

“Dolor de patria” es poco, mis queridos hermanos y mis amadas hijas del corazón de madre errante. Y es en tiempos de quiebra del Espíritu, donde el temple, el aguante, y sobre todo la Fe unida a la Esperanza, que mi generación ya casi descartada y en silencio profundo y solitario, se inclina ante los hechos.

Read more!

La Madre Tierra: Gaia, sacude su dolor y canta, sí. Cantan las aves, regresan los delfines, los cisnes hacen fiesta en lagos y en estanques. Los pumas nos visitan en las calles. Los ríos recobran su resonancia cantarina y su color de azul turquesa. Los cielos y los vientos no traen ya detritus que tiran los humanos en mares, en los campos, en las ciudades infestadas por la inconciencia de sus gentes. Los elefantes vagan en praderas, y el cazador desaparece. Se encierran en las jaulas los humanos.

Es hora de jugar, se dice el Panda. 

No ad for you

Es hora si, de repensar el trato a nuestra Madre: tan antigua y valiente como nadie.

“Primero estaba el mar…”, reza la Mitología Kogui. “Todo estaba oscuro. No había ni sol, ni luna, ni gente, ni animales ni plantas. El mar estaba en todas partes. El mar era la madre. La madre no era gente, ni nada, ni cosa alguna. Ella era espíritu de lo que iba a venir y ella era pensamiento y memoria.”

Me inclino ante la frecuencia que los Hermanos Mayores nos envían, en esos tiempos de duelo permanente.

* Estamos cubriendo de manera responsable esta pandemia, parte de eso es dejar sin restricción todos los contenidos sobre el tema que puedes consultar en el especial sobre Coronavirus

*Apóyanos con tu suscripción.

Por Albalucía Ángel / Especial para El Espectador

Conoce más

Temas recomendados:

Ver todas las noticias
Read more!
Read more!
Este portal es propiedad de Comunican S.A. y utiliza cookies. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso, de acuerdo con esta  política.