8 May 2021 - 7:57 p. m.

Sequía (Cuentos de sábado en la tarde)

Después de varios días de lluvia, el sol iluminó las colinas del pueblo, reverdecidas y extenuadas de una exuberante vegetación. Los palos de las guayabas perdían el equilibrio por el peso de las frutas. A primera hora de la mañana, Idalia y Leonor salieron al patio vestidas con pantalones anchos arremangados hasta las rodillas.

Verónica Bolaños

Descalzas sorteaban los grandes charcos. El aljibe estaba rebosante y la vegetación continuaba desbravando con fuerza. Se escuchaban las caídas de las guanábanas y guayabas. Los manojos de plátanos amarillos les encandecieron la visión. Sacaron del cuarto los grandes cestos de mimbre que se habían mojado y los colocaron en las carretillas. Empezaron recogiendo las frutas despedazadas en el suelo y se las dieron a los perros. Descolgaron muchas guayabas y, cuando tuvieron los canastos llenos, sacaron las carretillas al corredor. Encima de las frutas colocaron un letrero: “Una guayaba a un peso, cinco a tres pesos”.

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Ellas se sentaron en las mecedoras. Idalia apretaba su monedero de flores en las manos. La gente hacía fila para comprar guayabas, llevaban mochilas tejidas con los colores patrios, bolsas de plástico y ollas de peltre. Las palenqueras llegaban con las palanganas plateadas y salían con ellas atiborradas de guayabas para vender en los pueblos vecinos. En el monedero de Idalia ya no cabían más monedas. Ella entraba a la habitación y las echaba en una lata oxidada. Al anochecer entraron los canastos, donde solo quedaban algunas hojas. La mañana siguiente sacaron nuevamente las carretillas.

Tenían los rostros relajados y en sus labios se dibujaba una sonrisa. Cerca de la casa de las hermanas quedaba un colegio. A las diez de la mañana era la hora del recreo. Algunos niños se acercaban a las tiendas a comprar gaseosas, empanadas de carne, avenas, bolitas de tamarindo, cocadas, bolitas de ajonjolí, mientras otros aprovechaban el tiempo para estudiar o se divertían jugando a la pelota o a la peregrina.

Los hermanitos Torres eran unos niños huérfanos que se habían quedado sordos por los gritos de su abuela. Se acercaron al corredor atraídos por el olor de las guayabas. Se agarraron a la reja de metal contemplando las frutas. Llevaban pantalones de overol que les llegaban hasta las rodillas y camisa blanca de mangas cortas, con el escudo del colegio en el hombro izquierdo. Los zapatos los tenían remendados y les apretaban los pies. Eran morenos, de ojos grandes y largas pestañas.

Idalia se mecía plácidamente mientras movía las monedas del monedero. Miró a los niños, se levantó y les abrió la reja para que entrasen. Les hizo una señal con la mano para que cogieran las guayabas que quisieran. Los hermanitos avanzaron con vergüenza. Se agacharon y removieron las guayabas. Uno de ellos cogió una muy madura, abrió la boca y le dio un mordisco grande. El otro se sentó en el suelo al lado de Leonor con las piernas abrazadas, comiendo una guayaba y moviendo los pies. La gente entraba y salía con las bolsas llenas y les regalaban a los hermanos más guayabas para que se las llevaran a su casa. Se escuchó la campana del colegio. Los niños se levantaron deprisa y cogieron las bolsas. Idalia les acarició la cabeza, les dio la bendición y les dijo: “Con Dios”. Ellos sonrieron y le dieron las gracias. Caminaron muy rápido y entraron en el colegio.

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A las dos del mediodía salieron los niños de la escuela. Corrían por la calle, se empujaban, algunos se peleaban por la pelota y el trompo. Se acercaron al corredor y pidieron a Idalia que les regalara guayabas. Ella asintió con la cabeza. Un grupo de niños entraron y cogieron las que más les gustaron. Idalia los dejó pasar al patio para que las lavaran antes de comérselas y luego se fueron a sus casas. Idalia y Leonor seguían sentadas en las mecedoras. A cada momento entraban al cuarto a dejar las monedas en la lata.

A los cuarenta días dejó de llover y el negocio se acabó. El árbol se mantuvo rígido, pero las guayabas eran escasas. Con el dinero que habían obtenido pudieron sobrevivir durante varios meses. A la abuela no le faltaba su leche, los panes dulces ni el arroz. Por las mañanas daban vueltas por el patio y miraban al cielo suplicando para que lloviera. Los días eran calurosos y secos. Antes de entrar al colegio, los hermanitos Torres se acercaban a la casa a saludar. Iban al patio a mirar los árboles. Los rostros de Idalia y Leonor reflejaban preocupación y tristeza. El agua era escasa en el pueblo. En las latas quedaban los últimos pesos con los que compraban galones de agua para beber y bañarse. Las hermanas ya no salían al corredor. Miraban a los niños jugar desde las ventanas, recordando los días de abundancia. En la iglesia la pila estaba seca. Los domingos la gente del pueblo llevaba agua en una botella para que el cura la bendijera, y en los bautizos mojaban la cabeza de los niños con el agua de un coco.

Pasado un tiempo, los hermanos Torres despuntaban en la pubertad. Habían crecido tanto, que tenían que agachar la cabeza cuando entraban a la casa de Idalia. Habían desarrollado unos músculos muy marcados con el peso de la carretilla, ya que iban hasta el arroyo a buscar agua. Su piel parecía haber sido abrillantada con betún y trapo de algodón. Los cabellos los tenían más rizados y frondosos, y en sus sobacos colgaban unas pelusas de pelos finos. Sus cejas se encontraban convirtiéndose en una sola hilera de pelos gruesos y la voz no les había cambiado, porque no hablaban. Los domingos llevaban a la casa de Idalia varios galones con agua y los dejaban en el patio. El palo de guayaba cada día se veía más seco, estéril y triste. Cuando las hermanas estaban en la cocina o en la sala, los Torres aprovechaban para regar el palo con los orines que salían de su miembro con la fuerza de una manguera a presión.

A los niños del pueblo los enseñaron a llorar tragándose las lágrimas, para no desperdiciar el agua. Las cañas de azúcar, cuando las masticaban, se desintegraban en un polvo fino y dulce. No era raro ver a la gente con la ropa del revés, pues aprovechaban al máximo las partes limpias antes de llevarlas al arroyo para lavarlas. Los únicos que estaban alegres eran los muertos porque no les molestaban los gusanos, que yacían secos y tostados. Cuando las embarazadas rompían agua, la recogían en una vasija para dársela a los cerdos sedientos. Los animales vivían en constante armonía para no agitarse.

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Ante la desesperación, la gente se manifestó en la plaza del pueblo por la noche. Corría una brisa que reconfortaba a cualquier ser vivo. Se sentaron en el suelo con los tanques vacíos y pancartas que decían: “Más respeto al pueblo”. El alcalde gritó que la sequía era la culpable de la falta de agua potable. Todas las casas tenían albercas. Antes de eso, cuando llovía, recogían agua en recipientes hondos, lavaban la ropa y los corredores con cepillo y jabón, bañaban a los animales y las mujeres se lavaban el pelo largo y graso.

En casa de Idalia, como no tenían ánimos ni fuerzas para protestar, se acostaron a dormir desde las seis de la tarde. Apagaron las lámparas y se arroparon de pies a cabeza. Habían cenado un poco de arroz blanco con medio huevo frito. “Mañana será otro día”, dijo Leonor.

A las cinco de la mañana se desató un aguacero, pero las hermanas no se inmutaron porque creyeron que era una alucinación. Siguieron durmiendo. Más tarde sintieron golpes insistentes en la puerta. Idalia se levantó y vio a los hermanos Torres, empapados. Ellos la abrazaron y gritaron: “¡agua, agua, agua!”.

Idalia esbozó una sonrisa tanto por la lluvia como por los hermanos, que por fin habían empezado a hablar.

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