El Magazín Cultural

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20 Aug 2022 - 2:00 a. m.

Ser parte de algo, un anhelo y un dolor

Seis mujeres trans viajan para trabajar en su mayor propósito: pertenecer, ser parte de algo. Durante su viaje, encuentran refugio, pero también una realidad: compartir anhelos y dolores no es suficiente para convivir. El director del documental “Sedimentos” habló de esta experiencia para El Espectador.
Adrían Silvestre es un director de cine, guionista y montador, nacido en Valencia. Actualmente, reside en Barcelona.
Adrían Silvestre es un director de cine, guionista y montador, nacido en Valencia. Actualmente, reside en Barcelona.
Foto: Oscar Fernández Orengo

Entre las seis mujeres que viajaban hacia la casa de infancia de una de ellas estaba Cristina. En el bus, se quedó dormida. Las demás miraban por la ventana, pero ella movía los labios y se acomodaba en su silla mientras soñaba o tenía pesadillas: sus gestos cambiaban con los saltos y aceleraciones del carro.

Tenía una piel muy blanca, no media más de 1,50 metros y elegía ropa que no dejaba ver su cintura. Su cabello era negro, pero cambiaba con los días: pelirroja, rubia, castaña. Tenía pelucas con distintos cortes de cabello, que adornaba con alguna pinza y aretes largos que hacían juego con sus faldas. Siempre llevaba faldas.

Todo lo que hacía parecía un ritual: se sentaba en la mesa del comedor, elegía su comida, la miraba, la olía y luego comenzaba a elevar cucharadas con mucha suavidad. Su boca se convertía en un círculo grande y dispuesto que esperaba la comida. Después, cerraba los labios y comenzaba a masticar mientras sus ojos se cerraban y abrían, como una coreografía. Y así hasta terminar de comer. Y así para vestirse y desvestirse: cuando se aseguraba de estar sola, se iba quitando la peluca, luego el brasier, que desabrochaba un botón a la vez; después las medias, y así hasta ponerse su bata y un gorro que protegía su cabeza calva mientras dormía. Se acostaba, se envolvía en las cobijas y cerraba los ojos. Todo tan metódico, que su soledad se veía práctica.

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Cristina no estaba cómoda. Se vería más relajada si estuviese sola, pero sabía expresar el cansancio de su propio silencio. Estaba insatisfecha y por eso eligió incomodarse con compañía.

Ahora está con ellas, que antes fueron ellos, así como ella, que antes fue él. No se entiende. No entiende a nadie. Se eleva mucho, pero no por distraída: con cada comentario de las demás o con cada alerta de peligro, de posible exposición, se dispone a rumiar pensamientos que, poco a poco, va soltando en forma de ansiedades. A veces las dice con delicadeza, otras con una agresividad pasiva. Y entonces genera tensiones y conflictos con los que no sabe lidiar. Llora de verdad y, a veces, se ríe de mentiras. A veces, solo a veces, actúa, porque quiere ser capaz de ser aceptada. Quiere agradar, pero, sobre todo, quiere que los demás le agraden.

Cristina, que continúa transformándose, es uno de los personajes de Sedimentos, un documental en el que hay seis mujeres trans que se reúnen para ser parte de algo. Su propósito es el de la pertenencia, que intuyen puede darse con otras que padezcan las mismas dudas, miedos y angustias.

En medio de su viaje, comen, bailan, toman alcohol, pero, sobre todo, se cuentan historias. Se abren a las demás para ser conocidas, escuchadas y encontrar consuelo y compañía en las experiencias de las otras, que siguen siendo tan complejas, como para concluir que compartir anhelos y dolores no es suficiente para convivir.

Adrián Silvestre, director del documental, habló para El Espectador sobre estas mujeres y los detalles del rodaje. Esta película hace parte de la novena muestra del Ciclo de Cine Español, que culminará el próximo 27 de agosto y tiene programación en Bogotá (Cinemateca), Medellín (Museo de Arte Moderno), Cali (Cinemateca La Tertulia), Manizales (Teatro Los Fundadores) y Barranquilla (Cinemateca del Caribe).

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¿Cómo se encontró con estas mujeres? ¿Este grupo se formó para el rodaje del documental?

Las conocí a través de una asociación de mujeres trans de Barcelona en la que ya se reunían semanalmente. Les propuse crear un taller de cine dentro del grupo con la finalidad de hacer un proyecto cinematográfico participativo. Las seis protagonistas formaron parte de este taller.

Hablemos de la planeación de este rodaje y de la disposición de ellas para registrar situaciones tan íntimas como sus cambios de ropa, el llanto, sus conflictos, etc.

El rodaje estuvo relativamente planificado por secuencias, pero también dejamos un amplio margen para la improvisación. Creamos un clima de confianza donde podían expresarse libremente, con base en sus ideas y sentimientos.

A pesar de que eran varias y de que el tiempo del resultado es limitado, usted logró un retrato muy preciso de las particularidades de cada una, ¿cómo lo logró?

Pasando mucho tiempo con ellas y conociéndonos a fondo. A través de la escucha, el intercambio de experiencias y, sobre todo, forjando una amistad.

Sobresalen reflexiones con cada una de las individualidades, pero, además, con lo que ocurre cuando se juntan… A mí, por ejemplo, me pareció muy compleja e interesante la forma en la que Cristina enfrentó este encuentro: muchas veces proyectó una paranoia y necesidad de protección que pudo generar tensiones… No quiero ponerlo a escoger personajes, pero sí quisiera que me hablara del que, por ejemplo, fue más difícil de registrar, atrapar y proyectar, por la novedad de la cámara…

Tal y como lo recuerdo, no tuve ninguna dificultad con ninguna de las seis en ese sentido. Nunca se negaron a nada y es algo que les agradezco enormemente. El primer día sentí cierta timidez general, pero a partir del segundo, todo fluyó de manera bastante orgánica. Todas se enfrentaron a cada una de las escenas con una gran disposición y generosidad.

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¿Qué terminó por concluir sobre la pertenencia? Después de rodar este documental, ¿qué reflexiones haría sobre este aspecto?

Todos los seres humanos necesitamos sentirnos parte de algo para entender nuestro lugar en el mundo, pero, paradójicamente, también necesitamos resaltar nuestras diferencias, lo que nos hace únicos. Es una de las ideas fundamentales que quise transmitir con este grupo de mujeres que, si bien pertenecen al mismo colectivo, representan un abanico de personalidades rico y variado.

No es suficiente compartir género, raza o hasta sangre (familia) para entendernos. ¿Cómo le fue con esta convivencia, no solamente entre las protagonistas del documental, sino también con el equipo de rodaje?

Hicimos este viaje con un equipo reducido de jefas técnicas con las que formamos una relación especial durante esos días; como una extensión de esa familia que el espectador no ve en las escenas, pero que compartió con ellas cada experiencia.

¿Por qué su cercanía a comunidades vinculadas a temas de género, migración y colectivos LGBTI?

Me interesa todo lo que no es normativo, romper estereotipos, dar voces a realidades que habitualmente no son representadas en el cine y ofrecer referentes diversos a las nuevas generaciones.

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