Este portal es propiedad de Comunican S.A. y utiliza cookies. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso, de acuerdo con esta política.

Siguiendo los pasos de la guerra a través de la fotografía

A la par con el recrudecimiento del conflicto en el país, se han disparado las fotos de muerte en los medios masivos. Hay imágenes que atizan el fuego del odio y la sed de venganza.

Ramón Campos Iriarte

05 de enero de 2020 - 03:15 p. m.
Ramón Campos Iriarte
PUBLICIDAD

Desde que Daguerre culminó el proceso de invención de la fotografía, en 1839, esta se ha utilizado para documentar eventos sociales, entre los cuales, naturalmente, están la muerte, el sufrimiento y la guerra. La idea de fotografiar tragedias y, eventualmente, las consecuencias terribles de la confrontación bélica es producto natural de la curiosidad, proceso que está bien documentado en los anaqueles de la historia visual.

Gánale la carrera a la desinformación NO TE QUEDES CON LAS GANAS DE LEER ESTE ARTÍCULO

¿Ya tienes una cuenta? Inicia sesión para continuar

La imagen que genera una cámara, tal como la vemos en el papel o en la pantalla, constituye el trazo más análogo de aquello que realmente existió. De ahí surge la credibilidad superior de las fotos frente a la pintura y, en particular, a las palabras. Con el tiempo, la tecnología fotográfica permitió que la calidad de las imágenes aumentara en proporción inversa a la distancia entre el fotógrafo y la acción. (Podría interesarle: Jesús Abad Colorado: "No tengo que tomar fotografías espectaculares")

David Campbell, reconocido profesor de periodismo y director adjunto de la World Press Photo Foundation, considera que el conflicto y la guerra son eventos que no existen en el mundo globalizado sin la visualización, la cual se convierte, cada vez más, en parte integral de la atrocidad y la contienda.

Una fotografía puede ser construida de manera que transmita un sentimiento especifico dependiendo del ángulo, del contraste, de su composición, etcétera. La fotografía de una persona tomada desde abajo transmite, por ejemplo, grandeza, y una tomada desde arriba, inferioridad. “La fotografía no es mirar sino sentir”, dijo Don McCullin, el famoso “fotógrafo antiguerra” británico, que con sus imágenes de tragedia denunció la mayoría de conflictos bélicos de la segunda mitad del siglo XX.

En Colombia, con el proceso de escalamiento del conflicto armado de los últimos 25 años, las imágenes han tomado un lugar cada vez más crucial. A través de sus respectivos aparatos mediáticos, las imágenes son utilizadas como armas discursivas por todas las partes en confrontación. En el caso del aparato estatal, una red de diarios, canales de televisión y de radio aliados ha difundido unívocamente la visión hegemónica que hoy comparten millones de colombianos.

Read more!

Las fotos de muerte de Raúl Reyes, destrozado por las bombas mientras dormía, marcaron un punto de inflexión en el conflicto colombiano y, desde entonces, solo se han mostrado los muertos de un bando. De acuerdo con cualquier manual clásico de propaganda, esta estrategia refuerza la noción de que el Estado está ganando la guerra. Lo visual desempeña un rol central no solo en la construcción de la “verdad del vencedor”, sino también en la alineación de la opinión publica detrás de un líder indiscutible. El hecho de que unas vidas valgan más que otras es consecuencia inevitable de esta forma de construir “realidad”.

Con la permanente exhibición —en primera plana y sin censura— de trofeos de batalla sangrientos, reventados, hinchados, medio desnudos y desfigurados, desde Reyes, el Mono Jojoy y Alfonso Cano hasta Guacho, el establecimiento colombiano ha deshumanizado por completo al enemigo común y ha consolidado un discurso mainstream de “proyecto nacional”.

Read more!

La fase más intensa del reciente conflicto armado colombiano, la cual se desbordó en grados impensados de violencia y deshumanización, vino acompañada por la muestra, sin tapujos, de fotos de muerte en los medios masivos. En su momento, en la televisión nacional, Juan Manuel Santos comentó las imágenes de un cadáver irreconocible, envuelto en una tela ensangrentada: “El Mono Jojoy ha caído en su madriguera, bajo el fuego de las fuerzas del Estado”. “En su madriguera”, como un animal. En el país esas fotografías no generaron un rechazo a la barbarie ni un llamado a la paz, sino que, por el contrario, desensibilizaron y polarizaron la gran audiencia, atizando el fuego del odio y la sed de venganza.

Pero la peor consecuencia de ese discurso deshumanizador quizá sea que, por limitar la confrontación a imágenes de restos humanos, también se oculta drásticamente su contexto social y geográfico. El país urbano no conoce dónde “ocurre” el conflicto armado, ni se imagina los daños colaterales aterradores que tiene sobre esa “otra Colombia” de la que nunca se habla: la del desplazamiento, del dolor, del abandono, del confinamiento, del miedo. Esto facilita el absoluto cinismo del burócrata que se atreve a negar la existencia del conflicto desde su sillón en Bogotá. Desde hace décadas, el poder en Colombia ha reducido la guerra a una imagen, a la foto de un cadáver destrozado por una lluvia de bombas, solo, quieto, fuera de contexto. Esta es la desconexión entre la Colombia urbana y la otra Colombia, la cual no se resolverá fácilmente.

Sin embargo, varios fotoperiodistas en Colombia han dado la batalla. Aquellos ya reconocidos, como Aymer Álvarez y Jesús Abad, han tomado las imágenes de barbarie, la narración y los testimonios recogidos y los han utilizado como dardos para denunciar las situaciones absurdas de nuestra pelea fratricida. Las impresionantes fotos de Henry Agudelo y Harry Van der Aart, para dar otro ejemplo, ridiculizan el sospechoso anuncio reciente de un fiscal que, apoyándose en sofismas y tecnicismos legales, negó que existan desaparecidos producto de la retoma del Palacio de Justicia por parte del Ejército. Y aunque sea improbable que una sola imagen produzca cambios sustanciales en esta sociedad acostumbrada a la sangre derramada, cada fotografía y cada relato se van sumando a la bóveda de la memoria histórica de nuestro conflicto armado. Se reduce entonces, gradualmente, la posibilidad de argumentar ignorancia para seguir haciéndonos los de “la vista gorda” frente a la realidad que nos rodea, plagada de injusticias y violencias.

No ad for you

A eso va dirigido el trabajo del periodista de campo y “zona roja”. Su mínima aspiración es componer una invitación a poner atención, salir de la anestesia moral y dejar de consumir la violencia como espectáculo. En resumen, a evitar, como dice Susan Sontag, ser “espectadores del dolor de los demás”. Al informar sobre la guerra, los grandes medios colombianos se han limitado al ¿qué pasó?; pero ahora, debemos preguntar ¿por qué pasó?, ¿quién es el responsable?, ¿hubiera podido evitarse? y ¿cómo carajos es que esto sigue pasando?

Vista un poco más de cerca, la guerra en Colombia no es solo combates, bombardeos, mutilación, balaceras ni explosiones. El conflicto armado colombiano no permite ser narrado como en los relatos zafados de Michael Herr, sobrevolando campos de batalla vietnamitas, humeantes, a bordo de un Huey lleno de marines muertos; tampoco como en los recuentos bipolares de Alfonso Armada, escuchando los morteros reventar en la noche de un barrio asediado de Sarajevo.

No ad for you

La guerra en Colombia es un estado mental. Se vive a diario desde hace más de medio siglo, así no haya intercambio de disparos. La guerra es cuando se militariza el río por el que hay que traer el mercado en el Medio San Juan, Chocó; o cuando el sonido de los helicópteros trae el temor al pueblo emberá de Alto Guayabal; cuando se estudia en la escuela de Toribío, Cauca, y llegan noticias del rompimiento de alguna negociación entre guerrillas y gobiernos. La guerra es lo que nunca han vivido los que piden más guerra.

Pero pasar la página del conflicto, cambiar actitudes y “pensar en paz”, cuando eso no corresponde con la realidad en el terreno es, por lo menos, un ejercicio autoindulgente. Aquí la contienda no se interrumpe cuando para el tiroteo, así como no paró cuando el presidente Santos y Timochenko decretaron el final del conflicto de un plumazo en el Teatro Colón de Bogotá. En las regiones es innegable la expansión descontrolada del paramilitarismo y su proyecto terrateniente, la imparable acumulación de tierra en pocas manos, los asesinatos de líderes, el abandono estatal y la corrupción.

No ad for you

En Bogotá destruyeron 37 toneladas de armamento para construir Fragmentos, el contramonumento de Doris Salcedo a un conflicto que todos quisiéramos dar por terminado. Pero en una guerra, la pólvora y el acero se reponen fácilmente. Hoy, de nuevo, hay miles de fusiles disparando por toda Colombia, desde el Chocó hasta el Catatumbo y desde La Guajira hasta el Amazonas, en manos del Ejército, los paramilitares, las —¿nuevas?— Farc y otros grupos guerrilleros. La paz “fue” una buena idea.

Puede leer: Francisco Boix y las imágenes de un pasado imposible de olvidar (Puntos de fuga)

Y en la otra orilla, desde el Gobierno, el bando que se opone a las negociaciones, a la justicia transicional y a la verdad sobre la historia del conflicto armado aún se empeña en desconocerlo tal como es, poniendo de plano su participación activa en él durante todos estos años. Su miedo a perder la propia legitimidad de cara al contrincante se expresa en un negacionismo terco y marginal, prueba reina de que el conflicto sí existió y que además está vivo.

No ad for you

“Ese es el problema: que nunca la guerra se acaba, se van unos y entran otros”, me dijo un minero del sur del Chocó a principios de 2018. Efectivamente, de su tierra salieron las Farc pero llegaron los paramilitares, y en su vida no cambió ni siquiera el grado de incertidumbre. El conflicto sigue, como siguen muchos durmiendo con el colchón encima y los zapatos bien puestos por si hay que salir corriendo. Permanecen el miedo y la zozobra, y reclamar los propios derechos sigue costando la vida.

En este país imposible, unos se apuran a promulgar el fin de la historia, otros se empecinan en negar lo evidente y otros tantos seguimos narrando, retratando y cuestionando el devenir de la guerra en la otra Colombia.

Por Ramón Campos Iriarte

Conoce más

Temas recomendados:

Ver todas las noticias
Read more!
Read more!
Este portal es propiedad de Comunican S.A. y utiliza cookies. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso, de acuerdo con esta  política.