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A lo largo de trece historias, en las que dialogan la escritura y la imagen, el también cantante y bajista de la banda bogotana Morat traza un mapa personal hecho de recorridos, recuerdos y sensaciones. El libro se mueve en la dualidad de vivir entre la fascinación y el miedo, en un “alto contraste” donde conviven la sombra de los cerros y el caos cotidiano. Lejos de caer en lo que él mismo denomina “pornomiseria”, Vargas propone una mirada que busca belleza en lo que incomoda: la lluvia persistente, los cables enredados o el tráfico, y convierte esos elementos en parte esencial de su forma de narrar la ciudad.
¿Cómo ha sido su relación con Bogotá y de qué manera esos desplazamientos terminaron decantando en “A la orilla de la luz”?
Mi relación con Bogotá está atravesada por la figura de mi padre, artista y arquitecto, que me enseñó a leer la ciudad desde lugares poco evidentes. De niño pasé del norte “pequeño burgués” a Lisboa, en Suba, y ese tránsito me obligó a enfrentar otra Bogotá. También estaban sus caminatas nocturnas por el centro, a las dos de la mañana, como una forma de aprendizaje: la ciudad no podía tomarnos por sorpresa. De ahí nació un vínculo ambivalente, de fascinación y temor. Con el tiempo hice las paces con esa tensión y encontré una belleza en sus grietas, en sus contrastes. Ese pulso entre lo áspero y lo luminoso es el que intenté fijar en las imágenes del libro.
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En el libro aparece de forma insistente una tensión entre la luz y la oscuridad. ¿Cómo se habita esa dualidad en Bogotá?
Es un alto contraste permanente. “A la orilla de la luz” alude, por un lado, a una imagen concreta: la ciudad aún en sombra mientras el cielo ya clareó. Pero también a una sensación más profunda: la de estar siempre al borde. Bogotá vive con esa cercanía del peligro, incluso cuando parece resguardada en su propia burbuja. En ese límite, lo bello y lo inquietante se intensifican mutuamente. Uno aprende a moverse en ese umbral.
El acto de caminar atraviesa el libro tanto como la escritura y la fotografía. ¿Qué lugar ocupa el movimiento en su proceso creativo?
El libro se construye desde la idea de una ciudad fragmentada, casi como un archipiélago de barrios. Mi forma de fotografiar responde a eso: no es contemplativa ni estática, sino en movimiento. Disparo rápido, casi de forma intuitiva, buscando atrapar una sensación más que una composición perfecta. El recorrido —de Lisboa al centro, del río a la montaña— es también una forma de escritura. Ese tránsito, con todo lo que implica —tráfico, lluvia, tiempos muertos—, termina siendo el material mismo de la obra.
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En una ciudad marcada por el ruido, ¿qué papel juegan los silencios en su trabajo?
Son pausas necesarias, pero no silencios livianos. A veces son densos, casi físicos; otras veces aparecen por saturación, como cuando la lluvia es tan fuerte que anula todo lo demás. Funcionan como contrapunto al bullicio urbano. En el libro, las fotografías también operan así: obligan a detenerse, a mirar con otra cadencia, a dejar que la ciudad pase de un modo menos estridente.
El libro se acerca a una Bogotá que suele quedar por fuera del relato más visible. ¿Cómo dialogar con esa otra ciudad sin caer en lugares comunes?
Había un interés por desplazar la mirada, incluso frente a la expectativa que puede generar mi vínculo con proyectos más visibles como Morat. Busqué una estética en lo que suele considerarse negativo: el río contaminado, los cables, el tráfico, los huecos, pero evitando la “pornomiseria” o la explotación de la violencia. La apuesta fue llevar esos elementos hacia una zona de luz, reinterpretarlos —por ejemplo, a través del color en los cielos grises—. Es un libro que puede ser áspero, incluso incómodo por momentos, pero que intenta abrir una sensibilidad distinta frente a lo cotidiano, incluso frente a aquello que normalmente rechazamos.
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