Cuesta creer que haya habido genios que deliberadamente eligieron, aún por tiempos fugaces, la incógnita, la duda y la nada… Arthur C. Clarke eligió dos máscaras, cuando empezó a escribir publicó algunos de sus escritos bajo el nombre de Charles Willis y E.G.O’Brien. Cuesta creer que un genio de tal magnitud se haya escondido, quizá por las miradas acusatorias o por el miedo a la derrota, o por la posible crítica febril y desaforada.
Qué le espera entonces al resto de los mortales que salen despavoridos, suplicando que los vean. Apenas murió en 2007, era físico y matemático. Y fue nominado al premio Nobel en 1994, muriendo, sin haberlo recibido nunca. Hablamos de Clarke porque hoy nos corresponde dedicarle un tributo. No busque, no hay conexión alguna con el día o la hora; igual que con un ser querido, no deberíamos esperar una razón para dedicar un elogio, una palmada en la espalda o una mirada de consuelo.
Le sugerimos leer: El Louvre evalúa el ataque con tarta a la Gioconda de un hombre disfrazado
“Máxima tensión” es un cuento de ciencia ficción, claro. Uno de los que eligió para incluir en su obra maestra “Expedición a la tierra” y que narra con ávida proeza la historia que vamos a reseñar de forma corta a continuación.
La historia comienza presentándonos la Reina Estelar, una nave de transporte de carga que se encuentra en un viaje de la Tierra a Venus con una mercancía desconocida para la tripulación; que se compone de solo dos integrantes, Grant y McNeil. Lo que llevan es completamente irrelevante para ellos, y al parecer una constante macilenta y frugal en su día a día. Tanto Grant como McNeil afrontan todo el tiempo la idea de la muerte, y conciben la posibilidad de no sobrevivir a la catástrofe ocasionada por el impacto de un meteoro en la nave que ha ocasionado un fallo en los sistemas de oxigenación. El impacto, si bien es catastrófico en sí, no representa una muerte inmediata, que de ser posible todos elegiríamos. La posibilidad de morir es más loable si es rapaz y certera.
Entonces Clarke nos presenta la idea de salvación, juega con nuestro instinto de supervivencia, con nuestra idea banal de especie dominante del mundo y sus emociones, incluyendo las más primitivas. En este cuento Arthur se apoya en el defecto intrínseco de todo lector, de todo consumidor del arte, acude a nuestra perezosa idea de centralismo, de creer que el narrador de la historia es el protagonista y que por ende no debe sufrir, al menos, no más de lo humanamente perdonable. Juzga a través de los ojos de Grant lo que nosotros consideramos moralmente incorrecto, siempre y cuando no seamos nosotros quienes lo hagamos, y exhibe la frialdad con que afrontamos frecuentemente lo éticamente absurdo.
La historia continua con el debate interno que tiene Grant sobre qué hacer durante los días venideros. Tilda de frágil a su compañero fúnebre por perder los estribos al momento de presentarle los hechos, y en algo parece tener razón. Sientes como lector que su cobardía es una tara con la que carga de forma indiscriminada y te hace sentir que no es digno estar en el espacio; una fantasía que aún podríamos describir como futurista. Porque ¿qué hace que la literatura futurista pierda su característica fundamental? Que los hechos se vuelvan realidad, creo, sólo realza su bella imagen del futuro.
Podría interesarle leer: Sobre Ray Bradbury: la sirena llamó, el monstruo respondió
Admiro la simpleza con la que Clarke introduce los personajes y la fiereza con la que los describe; no sólo a través de adjetivos, sino de sus acciones, sus pensamientos y remordimientos. A lo largo de este cuento, físicamente corto, se nos presenta a la aritmética como una maligna consejera o incluso como a una indulgente pecadora. Juega con la sensación de control que tenemos del éxito, de perdurar en la historia y asume, como todos nosotros, que nuestra vida goza de un valor superior al todo. El cuento es egoísta, tanto que parece que alguna vez Sir Arthur se vio enfrentado a algo similar. Si no tuviera naves espaciales, pensaría que está basado en hechos reales.
Una fantasía en particular genera gran estupor. Grant vaciló varias veces queriendo hablar con su esposa. Me turbó lo personal que se tornó el dilema psicológico dentro del personaje, lo siniestramente descriptivo, como empatizó conmigo mismo, con el lector, porque Grant termina evadiendo la idea de hablar con su esposa gracias a la obsesión casi patológica que tenemos, universalmente, con el pudor asfixiante. Grant no evadió este hecho porque no tuviera palabras para decir, sino por no atravesar la fama fútil, alcanzada solamente cuando se muere en condiciones morbosas.
Les sugerimos leer: Estas son las tres exposiciones que inaugura hoy la Galería El Museo
Para mí, cuando anotas, aunque sea una frase, es porque lo leído ha tenido valor. Así que acabamos citando a McNeil en su desesperación, porque sé que todos alguna vez merecemos decirlo: “Un hombre civilizado siempre sabe cuando ha llegado la hora de emborracharse”.