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La noche: fronteras y oportunidades

La noche, sustantivo ineludible dentro de la concepción de un mundo dependiente de los contrastes y las ambivalencias necesarias, la noche como tiempo de oposición a todo lo que representa la luz y espacio fecundo que resguarda el misterio. Se puede afirmar que la noche es la base nutricia de la gran literatura, incluso por negación o antítesis, ha fungido como símbolo de ese escenario deseado o temido.

Gabriel Mendoza
24 de septiembre de 2023 - 07:21 p. m.
Imagen de referencia.
Imagen de referencia.
Foto: Pixabay

Mencionaba Bachelard: “El sueño de la noche no nos pertenece. No es nuestra propiedad. Para nosotros es un raptor, el más desconcertante de los raptores: nos arrebata nuestro ser”. Dicho de esta manera, la noche pasa a ser un ente poderoso, cuyos poderes bordean la divinidad, ya que se escapa de la dinámica de propiedad de objeto o recurso que se puede cuantificar, no es una parcela de tierra con escrituras.

Solo la pobreza y la limitación la hacen una medida vulgar de tiempo: “pagar por una noche”, cuando la noche de todas las noches es el tiempo mismo en tono oscuro y nosotros, los minúsculos, los efímeros e ilusos descriptores, narradores que con cada figura retórica creemos ampliar con palabras algo que en su brutal inmensidad nos roba lo que somos o lo que pretendemos ser.

Este ladrón, vestigio informe de un dios hostil o generoso de acuerdo al pulso de nuestra moralidad, urde la trampa mediante dos tretas clásicas: el sueño y su némesis, el insomnio.

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En el sueño hay un despojo de la voluntad, un abandono del cuerpo que redunda en entrega o capitulación ante un enemigo inusual: el durmiente se hunde en un dulce naufragio una vez su resistencia amaina. Poco a poco, descendiendo en esas regiones abisales se inicia el asedio real.

En su poema El sueño, Borges expresa en un verso un interrogante final:

¿Quién serás esta noche en el oscuro

sueño, del otro lado de su muro?

El destinatario de la pregunta es cualquier durmiente perdido, pues su cara es cualquier cara, su nombre es suspiro en la ventisca, el títere bufón de un oscuro sortilegio que, sin embargo, también puede hacer pactos con lo que sentimos. Somos esa ficha en las manos de un jugador engreído y caprichoso, pues si está de ganas puede ofrecer la placidez y el sensualismo acudiendo a esos secretos recovecos de nuestra salacidad porque nos sabe débiles en nuestro carácter vano, variable y ondeante, parafraseando al epígrafe de Montaigne que usara Barba Jacob en su Canción de la vida profunda.

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Cuántas veces no despertamos avergonzados u orgullosos por quienes fuimos y lo que hicimos en ese sueño. Gracias a esa ausencia de iniciativa por lo que soñamos, arribó el surrealismo como fuerza creadora a partir de lo irracional. Un monstruo generoso, se diría entonces. Dámaso Alonso tendría una posición equidistante frente a lo expuesto por Borges. La idea de un soñador lúcido:

El viento es un can sin dueño,

que lame la noche inmensa.

La noche no tiene sueño.

Y el hombre, entre sueños, piensa.

¿Sería posible resistirse y cobrar conciencia en ese espacio de imágenes profusas y serpenteantes o será otra treta, la ilusión perfecta del control?

En cualquier caso, ¿seríamos los mismos que orquestan las acciones o tan solo seríamos el sobrante incorpóreo de fantasías que nunca tuvimos el valor de llevar a cabo en el plano de la realidad? La noche juega con nosotros a través del sueño, somos sus sujetos de prueba para sus experimentos retorcidos. Pero no olvidemos el otro punto extremo de sus pilatunas perversas: el insomnio, esas otras aguas tenebrosas a las que Juan Manuel Arango se aproxima en su poema:

Insomnio

aguas sombrías donde un pez de plata

con su fosforescencia alumbra

–para nadie– los restos

de ignotos naufragios

toda la noche

el viento ha golpeado

en la ventana

toda la noche

pasada en vela

tratando de recordar un rostro

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No dormir es eternizar la noche con su respectiva madrugada, es vivir la agonía de un Sísifo que mientras más se acerca a la cima del sueño, nunca llega, y entre más desea dormir más se aleja de su final propósito. Resta entonces entregarse, como en el poema anterior, al desgastante ejercicio de la memoria que engendra rostros que nunca alcanzan su forma definitiva, una tarea reconstructiva que siempre terminará incompleta.

Hundirse en la noche es también la invocación a seres que se dibujan en la oscuridad de los rincones, quimeras que se esconden en las planicies del borde de la cama, rostros sin forma asomados a las ventanas. Cuando esto ocurre es la señal de que cruzar el umbral no se ha conseguido. Situados en la orilla, quedamos suspendidos en la azarosa vigilia, incapaces de advertir que esas figuras tenebrosas que la noche moldea son sombras proyectadas desde el centro de nuestros miedos. Entonces la gran máquina insomne que se activa en nuestro cerebro, comienza a producir pensamientos con una voz distinta.

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Estamos atrapados en la inmensa vigilia que amenaza con no disiparse. En ese otro orden, la dimensión del pensamiento se convierte en un escondrijo que poco a poco y según el peso del cansancio, se tornará en una cueva de suplicio, como lo expresa Cioran: “El insomnio es una lucidez vertiginosa que puede convertir el paraíso en un lugar de tortura.”

Sea la memoria o sea el uso del pensamiento, ya no será agradable en las horas en que estos consuman la carne desde adentro y ni aún así cesaría, porque nada puede existir, salvo el pensamiento que hace que ese todo exista. “La vida en si misma es tan solo una visión, un sueño. Nada existe a excepción del espacio vacío y tú...y tú, no eres más que un pensamiento”, manifiesta el Satán forastero de Twain y en esas horas ¿qué puede ser más real que la sensación de diluirse en un círculo que se repite con cada vuelta completa de las manecillas del reloj?

El insomne tiene dos caminos, ambos realmente tortuosos: el de seguir hundiéndose en las aguas lóbregas de ese océano desconocido, preso de culpas, ansioso de turbaciones, cual Hamlet sobrecogido en su miseria: “(...) cayó en la melancolía, luego en la inapetencia, de allí en el insomnio, de este en el abatimiento, más tarde en el delirio y, por esta fatal pendiente, en la locura, que ahora le hace desvariar y que todos lamentamos.” El otro, no más deseable, es intentar, con dolores intensos de parto, crear, hacer surgir de esa nada lacerante el fruto de su condena. Poe lo retrataba de la siguiente manera: “Una vez, al filo de una lúgubre media noche, mientras débil y cansado, en tristes reflexiones embebido”, ese narrador en Poe, comprende que la meditación y el ejercicio elevado del pensamiento es la única estrategia en la que al menos venderemos cara la derrota ante una noche que nunca pierde, que prevalece porque la llevamos dentro, incluso con el dominio del sol mientras dura su imperio diario.

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La noche habla desde la oscuridad que la nombra, con los sonidos que le son atribuidos desde antaño para recordarnos los ínfimos que somos y que seguimos llorando sin lágrimas a la espera del crepúsculo como criaturas nuevas mamando del primer rayo solar. No obstante, nos queda el producto de aquella lucha desigual, el testimonio que desde el sueño o el insomnio queda como los restos de un incendio en medio del naufragio. ¿Descansaremos alguna vez de la noche? ¿Tendrá la noche su propio sueño o insomnio?

Mariana Ossa lo expresa así:

La noche espera un sueño

que no la despierte

que la deje vivir

dentro de un cuerpo

y no sentirse más sola

Hay quienes quieren ser la noche

para no sentirse solos

dentro de un cuerpo.

Quizá la idea tenga cabida dentro de una reflexión menos agresiva, a lo mejor somos el médium que la noche invoca para sentirse menos sola, esa misma noche que nos preexiste y que solamente fue nombrada a partir del lenguaje de los primeros seres que supieron reconocerla porque hacía del fuego y los relámpagos una maravilla intimidante, hizo de las sombras algo más inmenso y dotó a la vida humana del misterio que requería para seguir esperando amaneceres.

Por Gabriel Mendoza

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