“La curiosidad siempre reside en el balón”. Jorge el Mágico González
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Los balones manifiestan alegría porque son estrujados, inflados, desinflados, maltratados, sojuzgados y chuzados. Balones con importancia suma porque sin su presencia no hay juego y sin juego no habrá felicidad ni risa pícara. Sus formas y colores son lo de menos, lo sustancial es que ruede y se deje manipular para el bienestar de las sonrisas infantiles.
Un balón es la manifestación silvestre de felicidad, un aleluya para el espíritu triste de una piñata, un espacio de solaz para el niño angustiado que ha perdido una pelota pero encuentra otra, aunque sea en forma de tapa de gaseosa o de cerveza. De caucho, sintética, de carey, de goma, de parches y cascos de algún material, las pelotas pueden ser de cualquier modo, lo relevante es su figura esbelta para su circulación y desparpajo.
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Ellos, los balones, gozan cuando hay gafiaditas o goles de chilena, disfrutan cuando ingresan al arco y se sonrojan cuando hay verdaderos descaches. Como con nuestros zapatos más viejos, esos que no queremos tirar a la basura, los balones más desgastados, raídos, sucios y desbaratados resultan los mejores y no necesariamente por su esperpéntica figura, sino porque guardan nuestras mejores historias y tienen secretos que nadie más conoce: les contamos historias de amores, desamores, de amistades y enemistades, de deseos que no se pueden expresar y de secretos que únicamente les confesamos a ellos. Les pintamos ojos, oídos, nariz, boca y se convierten en nuestros principales oidores. Los abrazamos, los ahogamos, los besamos (recuerden imágenes de jugadores que besan el balón antes de cobrar un tiro de esquina, un tiro libre o un penalti).
Maradona dijo que la pelota no se mancha, pero conozco muchos balones que se mancharon de sangre, de vino, de copa, de alegría, de rabia. Otros quedaron impregnados con la cal que marca la cancha de arena o la del césped. Los demás allá reposan en los museos de jugadores y equipos y, en otros casos, debajo de la cama de quien fue goleador y “se robó” el balón para contar historias.
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Los balones no tienen mucho que ver con el fútbol, porque su razón de ser está en la vida de quienes van por el mundo detrás de uno para hacer mejor al mundo, para que la dimensión ética y estética del fútbol sea el fin último de la condición humana. Corran, vuelen, circulen, déjense golpear, porque ustedes son los culpables de tanta alegría en los rostros de niños, jóvenes y adultos.
Gracias a todos los balones del mundo por su silencio, su secretismo, por ser tremendamente callados porque si dijeran todo lo que han escuchado ya hubieran dejado de rodar. Gracias a todos mis envejecidos balones porque me han regalado vida. Balones de todo el mundo, ¡uníos!