El Magazín Cultural

7 Jan 2019 - 1:10 a. m.

Svetlana Alexiévich: “Soy una retratista insistente"

Nacida en 1948, ella y su trabajo son el resultado de una generación en transición, de una época en la que parecía que se habían apaciguado las tempestades. Denunció los abusos de todo tipo del gobierno de la Unión Soviética.

Andrés Osorio Guillott

Svetlana Alexiévich es la primera mujer periodista en recibir un Premio Nobel de Literatura. / AP
Svetlana Alexiévich es la primera mujer periodista en recibir un Premio Nobel de Literatura. / AP
Foto: AP - Sergei Grits

La República Socialista Soviética de Bielorrusia había sido uno de los territorios más afectados por la Segunda Guerra Mundial. Por su ubicación geográfica, se convirtió en uno de los primeros territorios en ser invadidos por los nazis. Su recuperación fue paulatina. En total perdieron tres millones de habitantes.

Desde principios del siglo XIX Bielorrusia había sido un territorio en disputa. Su independencia, que se dio en los albores de la Revolución rusa, había causado un ápice de esperanza entre sus habitantes. Sin embargo, en 1919, tras la pérdida de Alemania y el fin de la Primera Guerra Mundial, los bielorrusos pasaron a ser parte de la Unión Soviética bajo las órdenes e influencias del Ejército Rojo.

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El tiempo en la llamada República Socialista Soviética de Bielorrusia parecía ser cíclico. La mayoría de las generaciones que convivieron hasta la segunda mitad del siglo XX en Bielorrusia no habían escuchado algo diferente a la guerra. Junto a las cartillas y los libros había manuales de evacuación en caso de presentarse enfrentamientos. Los adultos vivían en estado de alerta y de prevención; los niños, que jugaban a los soldados con inocencia pero también con la duda de saber lo que eso podía significar, empezaban a entender que habitaban un territorio en el que así como podía salir el sol podía surgir la guerra.

Minsk, capital de Bielorrusia, fue vista nuevamente entre los escombros. Durante la Segunda Guerra Mundial, el ejército nazi bombardeó el territorio más amplio de la República Socialista Soviética de Bielorrusia. El 80 % del territorio había quedado resquebrajado. En 1941, los alemanes se tomaron el lugar para convertirlo en el Reichskommissariat Ostland, una de las ciudades administrativas del nazismo por su valor geopolítico. Sin embargo, tres años después de la hegemonía alemana, los soviéticos empezaron a retomar su poderío armamentista y territorial, logrando así recuperar a Minsk como un lugar estratégico para las operaciones gubernamentales.

Para Stalin era fundamental que la cultura occidental no penetrara en la idiosincrasia bielorrusa, por ello ideó un plan para lograr que varios referentes de la Unión Soviética tomaran los cargos más relevantes del gobierno en dicho país. Esta decisión, que trajo consigo nuevos escenarios arbitrarios y autoritarios, reafirmaban la condición de vulnerabilidad y volatilidad a la que eran sometidos los ciudadanos bielorrusos.

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La Segunda Guerra Mundial había culminado y las condiciones parecían estabilizarse al ritmo de las primaveras. Bielorrusia había recuperado el índice poblacional, que resultó afectado por los enfrentamientos entre alemanes y soviéticos. Las nuevas generaciones aún escuchaban testimonios de guerra y temores frente a nuevos conflictos que desembocarán en calles vacías y edificios completamente pulverizados. Sin embargo, tras varios años de aparente calma, la lluvia nuclear proveniente del accidente en la central de Chérnobil provocó una serie de daños que afectaron a Bielorrusia en términos socioambientales.

Svetlana Alexiévich, nacida en 1948, es el resultado de una generación en transición, de una época en la que parecía que se habían apaciguado las tempestades. Sus parientes y coterráneos aún hablaban de un posible resurgimiento de las armas y las acciones beligerantes. Los tallos se debatían entre la nieve y la ceniza. El aire aún olía a pólvora y en las calles parecía que surgían crujidos o estallidos provenientes de los cañones de la guerra. La población bielorrusa no se preparaba para asumir las responsabilidades domésticas y laborales, la población bielorrusa, como bien lo dijo Alexiévich, siempre estaba preparándose para la guerra, pues esa era la herencia de más de cincuenta años y esa era la tradición.

Mientras Alexiévich crecía, escuchaba. Quizás a lo que más le dedicaba tiempo era a prestar atención a las historias que la rodeaban y que, por ende, la determinaban. Cada testimonio era visceral. Los relatos circulaban como la sangre que por años se regó y se quedó en los caminos que dividían el mundo occidental del mundo oriental. Y más que interesarse por las historias, Alexiévich empezó a interesarse por los sentimientos que yacían detrás de cada palabra, de cada frase que costaba ser expresada, porque cada narración era escarbar en los escombros de la memoria y en los aturdimientos del alma.

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Del ejercicio de escuchar subordinó su idea de estudiar periodismo. De la atención prestada a las voces que se levantaron de los estruendos y que gritaron paz y libertad también surgió el lado humano, que la remitió a los testimonios que no se guardan en las enciclopedias y que no son retransmitidas en las aulas ni en los archivos. La oralidad de sus textos, esos mismos que le otorgaron el Premio Nobel de Literatura en 2015, yace de los relegados, de los que han sido borrados de las crónicas sobre batallas y enfrentamientos armados. Escuchó a las mujeres y a los niños. Habló de las guerras que no tienen rostro de mujer y que muchas veces no tienen voces de niños inocentes. Y así lo hizo porque entre tertulias se dio cuenta de que las mujeres y los niños no contaban la versión triunfadora, aquella que exaltaba la pretenciosa actitud de parecer inmune a cualquier ataque. Escuchó a las mujeres y los niños porque ellos hablaban desde lo humano, hablaban de lo que no se contaba porque parecía irrelevante. Habló de la vanidad en la guerra, de las lágrimas y los secretos entre enfrentamientos, de los juguetes que fueron mutilados y de las toallas higiénicas que también cubrieron las heridas de los soldados.

Vio lo esencial del ser humano. No se remitió nunca a la grabación ni a los apuntes. Su memoria era el papel y su mirada fue su bolígrafo. Cada palabra intercambiada fue sentirse en la aldea en la que creció, fue evocar un ambiente de guerra, una época en la que no hubo primavera sino dos otoños y dos inviernos. Los libros hablaban de guerra, los adultos hablaban de guerra. Memorias de los enfrentamientos de un pasado y temores de una confrontación del futuro aturdían los oídos y los ojos inocentes de niños y niñas como Alexiévich, que crecieron viendo cómo de la tierra surgían las balas perdidas y no las semillas de orquídeas y girasoles.

La escritora bielorrusa fue víctima de la censura y del autoritarismo. Quitarle el velo y la venda a la mujer para hablar de la guerra y pronunciarse en contra del régimén de la Unión Soviética son los motivos por los cuales sus libros fueron retirados de los estantes de las librerías en Bielorrusia. Y en ese intento por silenciar su narrativa polifónica y por querer sepultar los relatos a los que les dio vida, Alexiévich entendió que los esfuerzos por proclamar una idea como la dueña de la verdad y la justicia terminan contagiando de ira a los seres humanos y de una ceguera que impide observar el valor de la pluralidad.

Alexiévich escribió en La guerra no tiene rostro de mujer: “Me interesa no solamente la realidad que nos rodea, sino también la que está en nuestro interior. Lo que más me interesa no es el suceso en sí, sino el suceso de los sentimientos. Digamos, el alma de los sucesos. Para mí, los sentimientos son la realidad”. Por esa razón sus libros apelan a las historias detrás de lo oficial, de lo noticioso. Su escucha trasciende las heridas de la guerra y trastoca los recuerdos de aquellos momentos en que las manías, los miedos y los impulsos dominaron a la ira y a la guerra y recuperaron algo de la humanidad que se iba derritiendo en el fuego de aquellos que fueron declarados enemigos por ser diferentes.

“La memoria retiene solo aquellos instantes supremos. Cuando el hombre es motivado por algo más grande que la historia. He de ampliar mi visión: escribir sobre la vida y la muerte en general, no limitarme a la verdad sobre la guerra. Partir de la pregunta de Dostoievski: ¿cuánto de humano hay en un ser humano y cómo proteger al ser humano que hay dentro de ti?”, escribe Alexiévich para demostrar el origen de todas sus angustias y de todos sus cuestionamientos sobre lo que hay detrás de los uniformes de soldados y enfermeras que también hacen parte de la guerra. Es esa pregunta, aunque parezca ilógica, la que lleva a descubrir y vislumbrar cómo se fue resquebrajando la condición humana, cómo la deshumanización se convirtió en el nuevo estado de una especie que aprendió a mirar su entorno y en la que proclamó sus ideas por encima de los sentimientos que alguna vez nos recordaron el valor de la vida como lo más sagrado y que terminaron por dilapidar los esfuerzos de aquellos que pensaron en modelos de organización y convivencia respetando siempre la divergencia y la diferencia como elementos inherentes de nuestra esencia como seres humanos.

Últimos testigos, La guerra no tiene rostro de mujer, Voces de Chernóbil y Los muchachos de zinc no son otros libros sobre la guerra. Sus solapas no guardan los discursos de los vencedores. Sus páginas contienen lo más puro y resistente de la humanidad: “No escribo sobre la guerra, sino sobre el ser humano en la guerra. No escribo la historia de la guerra, sino la historia de los sentimientos. Soy historiadora del alma. Por un lado, estudio a la persona concreta que ha vivido en una época concreta y ha participado en unos acontecimientos concretos; por otro lado, quiero discernir en esa persona al ser humano eterno. La vibración de la eternidad. Lo que en él hay de inmutable”, mencionó la autora bielorrusa en el prefacio de La guerra no tiene rostro de mujer.

 

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