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Tania Ganitsky: “Idealizamos demasiado la imaginación”

Tania Ganitsky, doctora en filosofía y literatura, recibió en 2014 la distinción a mejor obra inédita del Premio Nacional de Poesía. Con seis poemarios y dos ensayos publicados, hoy nos entrega un libro que reflexiona sobre la herencia compartida, física y espiritual, que se transforma y se fractura.

Juan Camilo Rincón

28 de abril de 2026 - 07:00 p. m.
“Los encantamientos”, una de las grandes apuestas de Himpar Editores, será presentado en la Filbo el viernes 1 de mayo a las 5 p. m. en el auditorio de la CCEI (pabellón 17 de Corferias).
Foto: Lina Botero
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En “Los encantamientos” (Himpar Editores) Tania Ganitsky vuelve a ver las imágenes de un filme familiar que se grabó cuando ella era una niña, su papá fungiendo como camarógrafo, sus tres hermanas y ella haciendo las veces de las Mujercitas de Louisa May Alcott. En la distancia que otorga el tiempo y con la lejanía de los años transcurridos, hoy la autora reaparece en otro registro para contarnos de ese hilo invisible, conjuro que la ata a sus hermanas.

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Ese hilo es un encantamiento que hace doler menos “la ausencia de las hermanas que se van de casa para crear una nueva familia y cambian una familia nuclear por otra”. Es la vida embrujada siempre por el recuerdo de ese núcleo.

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¿Dónde nació la idea de este libro?

El libro surgió cuando un editor me invitó a participar en una nueva colección de ensayo de su editorial. Me dijo que podría hacerlo sobre un viaje a Polonia y Ucrania que hice con mis hermanas hace varios años, del que le había hablado. Dejé de lado lo del viaje como idea central, pero la extrañeza del vínculo con mis hermanas en la adultez era algo que estaba pensando seriamente desde hace tiempo y no encontraba nada que me hablara sobre el cambio de una familia nuclear por otra. Sentí que era el momento de abordarlo por mi cuenta. Al final terminé publicando el ensayo con otra editorial, Himpar.

En “Emily Dickinson y lo incompleto” también narra y discurre sobre su familia y su infancia; ¿cómo fue el ejercicio de asomarse de nuevo a la intimidad familiar y de su yo desde la literatura?

Hace poco leí una frase muy extraña en “Cerca del corazón salvaje”, de Lispector: “Yo ahora tengo mejor mi infancia que cuando esta transcurría”. “Tener mejor la infancia” es una forma muy extraña de expresar o articular esta idea. Pensé que quizás era la traducción, pero cuando en clase una alumna dijo que en portugués estaba igual sentí lo exacta que es la expresión. Es como si en la adultez se acomodara mejor el niño o la niña que fuimos. Como si pudiéramos entender mejor sus problemas, asumir mejor sus rarezas, y apropiarnos y sentir orgullo en lugar de vergüenza por quienes fuimos. Tener mejor la infancia puede ser una cuestión de perspectiva, así como de sobrellevarla: ahora veo con más suavidad mi infancia, ahora la puedo sobrellevar, ahora la puedo incorporar mejor en mí. Escribir de nuevo sobre la infancia me ayuda a tenerla mejor en mí.

Uno de los aspectos más interesantes es su evocación de lo olfativo, los colores, la materialidad, como una manera de reconstruir la memoria. ¿Cómo fue el trabajo narrativo al respecto?

Hay una idea de Donna Haraway que me sirve para responderte: ella piensa en las materialidades como “actores semiótico materiales”, porque las cosas contienen múltiples campos de sentido. Es como si las cosas tuvieran unos hilos que las conectan, desde su misma materialidad, a distintas temporalidades, espacialidades, significados, emociones, etcétera, que están como fijadas o contenidas ontológica y materialmente en ellas. Hay un hilo que sin duda conecta la materialidad con la memoria. Algo que me da mucho placer en la vida es recordar algo por primera vez (como desbloquear un recuerdo); eso, mezclado con la atención compulsiva que le pongo a las cosas cuando escribo, hace que las materialidades que empiezo a recordar/observar/olfatear al escribir amplíen y profundicen su nivel de realidad. En el trabajo narrativo conjuré unos lugares a los que no había regresado a través de distintas materialidades, y no regresé, sino que los hice reaparecer para darles un lugar en el presente. Es algo que se hace más desde la intuición y la emoción que desde la razón.

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Usted habla de aparecer ahí (en la película) “alejada pero todavía parte de...”. ¿Tuvo que tomar distancia para escribir este libro?

Sí, creo que, aunque hable de mí misma, la escritura siempre demanda e invita a (“es un placer asistir a esto, pero igual no hay de otra”) una experiencia de alteridad, a salir de una misma. Algo tiene el lenguaje que hace de la escritura una experiencia exterior que nos constituye. Me gusta mucho una estrofa de un poema de Rilke en que el yo se enuncia constituido por lo exterior; la distancia o la exterioridad se encarnan en tí: ”A todo ser lo abarca un solo / espacio: el espacio / interior del mundo. Silenciosas, las aves vuelan / a través de nosotros. Oh, quiero crecer, / miro hacia fuera y está en mí / creciendo el árbol”.

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Por otro lado, escribir de una misma en otro tiempo es como entrar en un diálogo con la continuidad y la discontinuidad simultáneamente: eres tú y no eres tú y eres tú y no eres tú...

En el libro aparecen las “hermanas raras” de Macbeth, las hermanas de Mujercitas y las de Beckett; ¿qué hay de simbólico en el concepto o la idea de “hermana” en la literatura en general, en su literatura y en su vida?

No lo veo como algo simbólico. Es lo más literal que hay. Tal vez por eso identificaste la importancia de la materialidad en el libro. Cuando le quitamos el carácter simbólico a las cosas y las pensamos desde su materialidad, las conexiones y los sentidos se disparan. Por eso pude hilar mi experiencia como hermana con las hermanas de Shakespeare, Alcott y Beckett. En Rusia hubo un movimiento poético llamado el Acmeismo (al que pertenecieron poetas como Anna Ajmátova y Osip Mandelstam). Los acmeistas se distanciaron de los simbolistas porque les interesaba pensar en las correspondencias de la realidad material, de la existencia, y no en algo más espiritual o místico, como lo hicieron los simbolistas. Así me acerco a la idea de las hermanas de sangre. No creo que las hermanas, en mi ensayo, simbolicen nada más que su vínculo, aunque ese vínculo tenga un lado muy espiritual que a veces las lleva a tener experiencias paranormales.

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Nos comparte una reflexión sobre un cuento que escribió, y se pregunta si este era sobre la imaginación (el amigo imaginario) o sobre el imaginario social y familiar que recaía sobre usted y sus hermanas. ¿Son los imaginarios lo más opuesto a la imaginación?

Sí, estoy totalmente de acuerdo con tu afirmación. Pero añadiría que idealizamos demasiado la imaginación. Hay un poema de Claudia Rankine en que dice que “los hombres negros están muriendo porque los hombres blancos no vigilan su imaginación”. El verbo que usa para “vigilar” es, en inglés, “police”. La referencia es a asesinatos policiales de personas negras. La causa: su imaginación. La imaginación también está sistemáticamente cargada de imaginarios que limitan, encierran, inmovilizan y, en el caso al que alude Rankine, agreden.

¿Cómo “lee” el trabajo literario que se hace hoy alrededor de la familia?

Me costó encontrar literatura sobre hermanas y me hace falta leer más sobre hermanas. El libro comienza con un epígrafe de Margarita García Robayo sobre el parentesco y valoro mucho su trabajo alrededor de la familia. “Jardín en tierra fría” de Fátima Vélez también es una exploración de los vínculos entre unas hermanas. Me atrae mucho leer sobre la familia, aunque no sea de hermanas, sino de maternidades (desde la perspectiva de madres o de hijas) o de familias rotas, por ejemplo. “El corazón del daño” de Negroni me fascina, o “La luz difícil” de Tomás González. El trabajo de Piedad Bonett y Chantal Maillard frente a la pérdida de sus hijos, ambos llamados Daniel, es muy fuerte e invaluable.

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Por Juan Camilo Rincón

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