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El descubrimiento de las órbitas elípticas de los planetas

Segunda entrega de la serie sobre la Revolución Científica, que tuvo sus comienzos con los estudios y descubrimientos de Nicolás Copérnico, Tycho Brahe, Johaness Kepler y Galileo Galilei.

Fernando Araújo Vélez

25 de mayo de 2025 - 05:02 p. m.
En el siglo XIX, el pintor austriaco Eduard Ender hizo esta pintura en la que representó a Tycho Brahe trabajando para el emperador romano Rodolfo II.
Foto: Eduard Ender/Wikicommons
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Tycho Brahe era un hombre que iba por la vida con la cabeza muy en alto y las manos siempre dispuestas a cerrarse en puños. Había nacido en una familia acostumbrada a los lujos, a las coronas y a fiestas casi que día de por medio, en Knudstrup, Escania, una tierra de Dinamarca que luego pasaría a ser sueca. Su padre, Otte Brahe, era consejero privado del rey, y su madre, Beate Bille, provenía de una familia repleta de títulos y de influyentes personajes. Inmersos en sus distintas obligaciones, dejaron a su hijo mayor en manos de un tío, Joergen Brahe, quien se lo llevó a vivir con él a Tostrup y le enseñó a hablar y a escribir en latín, y a afinar su sentido de la observación. A los 13 años, lo envió a la Universidad de Copenhague.

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Allí, el 21 de agosto de 1560, Brahe quedó obnubilado por un eclipse de Sol. Averiguó, leyó, y supo que aquel eclipse había sido anunciado con antelación. Desde entonces, se dedicó a profundizar en las leyes de la astronomía, en lo que se había escrito al respecto, y copió palabra por palabra una edición de las obras de Ptolomeo. Dos años más tarde se fue a la Universidad de Leipzig con el pretexto de estudiar leyes. La realidad era que la mayor parte de su tiempo se dedicaba a hacer observaciones astronómicas. En 1563, se convenció de que muchas de las teorías de los astrónomos de su época eran erradas, pues habían previsto una conjunción entre Júpiter y Saturno con más de treinta días de retraso.

Entre idas y vueltas y reiterados llamados de su familia para que retornara a Dinamarca y se dedicara a asuntos “serios”, Tycho Brahe padeció la muerte de su tío y recibió una millonaria herencia. Se fue a estudiar a la Universidad de Rostock, a orillas del mar Báltico, y se graduó con estudios de astrología, medicina y alquimia. Corría el año de 1566. Brahe acababa de cumplir 20 años. A finales de diciembre, se lio en una acalorada discusión con uno de sus compañeros de estudios, un aristócrata danés que según la leyenda se burló de sus predicciones con respecto a la muerte de Solimán el Magnífico, pues el sultán del imperio otomano había fallecido tres meses antes, el 7 de septiembre de aquel mismo año.

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Se desafiaron a un duelo. Brahe perdió parte de su nariz. Entre los médicos y artesanos que conocía, logró conseguir que le implantaran una prótesis de oro y plata. Pasado el altercado y repuesto de las heridas, viajó a Basilea, Augsburg, y regresó a Dinamarca para dedicarse a la química, hasta que una noche de 1572 observó que una nueva estrella había aparecido en el firmamento, aunque solo fue visible durante 18 meses. El descubrimiento de la “Nova stella” fue un libro, y más que eso, el suceso que Brahe necesitaba para recluirse definitivamente y seguir observando y estudiando el firmamento. La Corona le ofreció un salario y una isla, Hven, para que se instalara allí y desarrollara sus trabajos.

Según Peter Watson, Brahe construyó en aquella isla de Oresund “la primera institución científica de los tiempos modernos, Uraniborg o ‘La puerta del cielo’”. El laboratorio de Brahe tenía un observatorio, que pasados unos años copió en otro observatorio al que llamó el “Castillo de las estrellas”. Tenía tres lugares para observar el firmamento, con los lentes más refinados de la época, biblioteca, salas de reuniones, y una prensa con los artefactos necesarios para hacer papel. Allí, en 1587, se imprimieron por vez primera los dos tomos de su obra “Introducción a la nueva astronomía”, en la que confirmaba algunas de las teorías más valiosas de Copérnico y retomaba varias tesis de Ptolomeo. Doce años después fue llamado por el sacro emperador romano, Rodolfo II.

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Brahe viajó hacia Praga, capital de la Bohemia y del imperio por aquellos años, y acordó con Rodolfo II trabajar con él y para él, a cambio de un castillo en Benatky, un elevado salario y carta blanca para adquirir los instrumentos que necesitara. Las peticiones del emperador eran más o menos sencillas: Brahe debía informarle sobre todos y cada uno de sus descubrimientos, y si eran como los de la “supernova” de 1572, o el paso del cometa que predijo ese mismo año, mucho mejor, y debía elaborarle una castra astral. Los dos, emperador y científico, eran adeptos a la astrología, e incluso a la alquimia, aunque al final de sus días Brahe afirmó que tanto la una como la otra carecían de todo tipo de comprobación. “Son charlatanerías”, dijo.

El 4 de febrero del año de 1600, Brahe se entrevistó en persona con Johannes Kepler, con quien había compartido por cartas algunos de sus descubrimientos, y más que eso, unas cuantas de sus dudas. Como escribió Peter Watson en “Ideas”, “Kepler era un investigador tenaz y diligente y un observador agudo. Al igual que Copérnico, su punto de partida era la creencia de que las estrellas estaban dispuestas, como se pensaba tradicionalmente, en una serie de esferas de cristal concéntricas. Sin embargo, poco a poco, se vio obligado a abandonar esa teoría, cuando descubrió que era imposible reconciliarla con las observaciones de Brahe”. El detonante de sus investigaciones ocurrió cuando comenzó a centrarse solo en Marte.

La principal particularidad de Marte para los astrónomos era que podía ser visible la mayor parte del tiempo. Kepler, de acuerdo con las anotaciones de Brahe y según sus largas conversaciones con él, observó que en sus desplazamientos alrededor del Sol, el planeta no describía un círculo, sino una elipse. Luego de su observación, comprobada una y otra vez, se dio cuenta de que todos los demás planetas giraban alrededor del Sol y lo hacían en órbitas elípticas, y que incluso la Luna se desplazaba de la misma manera. Según Watson, “el descubrimiento de las óptimas elípticas fomentó el estudio de la gravedad y la dinámica”, y a su vez, explicó las razones por las cuales las estaciones “no duraban lo mismo”.

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas.fernando.araujo.velez@gmail.com
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