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“Umbral”: el monumento que conmemora el sacrificio del personal de la salud en la pandemia

Esta semana se inauguró en Bogotá “Umbral”, la obra de Carlos Castro que rinde un homenaje al personal de salud durante la pandemia de COVID-19. Esta pieza hizo parte de la Bienal de Arte y Ciudad BOG25 y ahora hará parte del paisaje urbano de la capital de manera permanente.

Emilia Vanegas Escobar

14 de febrero de 2026 - 07:00 p. m.
La piedra de tres toneladas que reposa sobre las barras de acero de “Umbral” es un símbolo del peso que el personal de salud soportó durante la pandemia.
Foto: Secretaría de Cultura, Recreación y Deporte
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Desde lejos, la cruz roja se percibe clara y firme, como un símbolo universal de la salud. Pero al acercarse, el signo se fractura: la cruz se deconstruye y se vuelve una estructura de barrotes rojos que apuntan en distintas direcciones y los nombres de médicos, enfermeras y trabajadores sanitarios fallecidos, que yacen grabados en la base, conversan.

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En Colombia, más de 143.000 personas murieron por COVID-19. Y según cifras de la Academia Nacional de Medicina, más de 460 trabajadores de la salud fallecieron durante la pandemia, 130 de ellos en Bogotá, mientras cerca de 100.000 se contagiaron ejerciendo su labor en clínicas y hospitales del país.

“Umbral” fue presentada como el legado permanente de la Bienal Internacional de Arte y Ciudad BOG25. La escultura, una cruz roja de 11 metros de altura con una piedra de 3 toneladas encima, es ahora visible para todo quien transite cerca del parque de la Biblioteca Virgilio Barco. Realizada por el artista colombiano Carlos Castro Arias, la obra se concibió como un homenaje al personal de salud que sostuvo la emergencia sanitaria del COVID-19, y como una pieza de memoria urbana en una ciudad donde la pandemia dejó heridas que siguen abiertas.

La inauguración también sirvió para subrayar el proyecto cultural más amplio del que hace parte: la Bienal Internacional de Arte y Ciudad BOG25, realizada entre septiembre y noviembre del año pasado. Concebida como una apuesta por insertar a Bogotá en el circuito de grandes eventos internacionales de arte contemporáneo, la Bienal buscó llevar obras e intervenciones más allá de museos y galerías para ocupar bibliotecas, espacios públicos y puntos de tránsito cotidiano. Su programación reunió artistas nacionales e internacionales y buscó colocar a la ciudad como escenario artístico.

La inauguración, realizada este miércoles 12 de febrero, reunió a funcionarios de la Alcaldía Mayor, representantes de las secretarías de Cultura y Salud, miembros de la Academia Nacional de Medicina, periodistas y asistentes vinculados al sector sanitario.

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El homenaje asumió un tono institucional marcado por los discursos de funcionarios distritales. El secretario de Cultura, Recreación y Deporte, Santiago Trujillo, aseguró que la obra era un homenaje para “una ciudad resiliente”, mientras que el secretario de Salud, Gerson Bermont, destacó que el acto buscaba reconocer al “talento humano” que sostuvo la emergencia sanitaria en los momentos más críticos del COVID-19.

Sin embargo, la memoria emotiva se deslizó en el evento a través de un médico que se apartó del público, caminó hacia la escultura y la tocó. A su derecha, las cámaras de televisión enfocaban al alcalde, al artista, a los discursos y a los recuerdos, pero él, con su carné aún colgado del cuello y los ojos pequeñitos de cansancio, había ido a saludar a un conocido de años atrás. El hombre agarró con la mano uno de los barrotes de la escultura y le habló, por unos segundos, a uno de los nombres inscritos allí. Esperó un instante, y abriéndose paso entre la multitud reunida se fue del evento.

La pandemia no solo dejó una cifra de muertos y contagios: también reordenó la vida social y profundizó desigualdades que ya existían. Informes del Instituto Nacional de Salud han advertido que la emergencia amplificó brechas estructurales en Colombia, golpeando con mayor fuerza a poblaciones vulnerables y territorios con menor acceso a servicios médicos. A la par, el aislamiento, el miedo y la incertidumbre económica dejaron efectos duraderos en el bienestar colectivo: estudios del Banco de la República han señalado un aumento en síntomas asociados a la ansiedad y depresión, especialmente en mujeres, jóvenes y adultos mayores.

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Los nombres de 460 profesionales del sector de la salud que murieron en Colombia durante la pandemia de covid-19, 130 de ellos en Bogotá, quedaron inscritos en la escultura 'Umbral'.
Foto: EFE - Mauricio Dueñas Castañeda

“Umbral” fue seleccionada mediante la convocatoria El Arte de dar las Gracias, una iniciativa liderada por la Academia Nacional de Medicina, con el apoyo de la Secretaría de Cultura, y coordinada por la Fundación Arteria.

Sobre la estructura se sostiene una piedra de tres toneladas, apoyada como un peso literal y simbólico, recordatorio de la carga que significó la pandemia para el personal sanitario. Para Carlos Castro Arias, la obra funciona como un lugar de memoria más que como un monumento cerrado: “me parece interesante la idea de recordar”, dijo, al explicar que le gusta construir imágenes que permitan detenerse y reflexionar. “Umbral” no busca fijar una sola lectura, sino abrir un espacio de encuentro con una experiencia colectiva que todavía no termina de decir todo lo que dejó. “Yo no siento que la obra esté cerrada”, insistió el artista, “me interesa que las obras estén abiertas de sentido”.

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Castro es un artista colombiano de práctica interdisciplinar que ha trabajado en distintos momentos con la escultura y la instalación. Su obra suele apoyarse en símbolos reconocibles para interrogar el cuerpo social y las formas en que se construyen significados colectivos. En “Umbral” esa lógica se mantiene: la cruz roja es una imagen cercana para cualquiera, pero su fractura y su peso transforman el símbolo en una pregunta. “Busco tomar elementos cercanos al público para generar un sitio de encuentro en esta experiencia colectiva que fue la pandemia”, dijo, al explicar su interés por construir imágenes que dejen espacio para la reflexión.

El artista también habló del proceso material de la obra. “Empieza con dibujos a mano alzada, se vuelve un ‘render’, pero cuando te enfrentas a los materiales es otra experiencia”, explicó.

Parte del trabajo previo incluyó conversaciones con médicos y enfermeras que vivieron la pandemia desde adentro. De esos testimonios, Carlos Castro recordó especialmente el relato de un médico que no temía contagiarse por el riesgo para su propia vida, sino por la posibilidad de llevar el virus a su familia. La idea de sacrificio, para el artista, estaba en esas decisiones íntimas que se repetían cada día: volver al hospital, exponerse, resistir.

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Claudia, hermana de Carlos Castro, recordó que el proceso fue especialmente retador porque el artista no vive en Colombia sino en Estados Unidos, lo que obligó a coordinar gran parte del trabajo a distancia. Dijo que lo acompañó como aliada y consejera, y que Carlos fue particularmente riguroso con cada detalle para que la obra quedara exactamente como la había imaginado. Según contó con alegría y orgullo, la piedra que corona la escultura tuvo varias versiones, pues él insistía en que debía tener una rugosidad específica.

Al final “Umbral” no es solo el cierre simbólico de la Bienal, ni una escultura monumental instalada en un parque; es una marca en el paisaje urbano que obliga a mirar hacia atrás, incluso cuando Bogotá insiste en avanzar.

La necesidad de convertir el duelo del COVID-19 en una memoria visible no ha sido exclusiva de Bogotá. En Valencia, España, la artista Rosana Antolí instaló “El record de la terra”, un monumento que también busca materializar la ausencia y el impacto social de la pandemia. La obra, ubicada en el complejo de la Ciudad de las Artes y las Ciencias, incorpora tierra recogida de distintas comarcas valencianas como símbolo de una herida compartida: un gesto que, como en “Umbral”, transforma el espacio público en un lugar de duelo y reconocimiento. Ambas piezas parten de la misma urgencia contemporánea: que la pandemia no quede reducida a cifras o a discursos institucionales, sino que permanezca como una experiencia colectiva inscrita en la ciudad.

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Por Emilia Vanegas Escobar

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