Bernardo Cuero, Temístocles Machado, Bernardo Jaramillo, Álvaro Gómez Hurtado, Yamile Guerra, José Antequera, Rodrigo Lara Bonilla, Orlando Sierra, Jaime Garzón, María del Pilar Hurtado, Diego Felipe Becerra, Dylan Cruz, Manuel Cepeda, Luis Carlos Galán, Eduardo Umaña Mendoza, Diana Turbay, Cristina Bautista, Mario Calderón, Elsa Alvarado, Jaime Pardo Leal, Carlos Pizarro, Alfredo Correa, Silvia Duzán, los ocho niños bombardeados en el Caquetá, Nelly Bernal, Alexánder Parra, Dimar Torres, más de doscientos líderes que hicieron la paz, Gilberto Echeverri, Guillermo Gaviria, los once diputados, Alfonso Reyes Echandía, Cristina Guarín, los falsos positivos (que fueron más de diez mil), Mateo y Margarita, Natalia y Rodrigo, Guillermo Cano, Guadalupe Salcedo, Jorge Eliécer Gaitán, más de seis mil integrantes de la UP y los muchachos de la Escuela General Santander.
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¿Qué país tendríamos si estuvieran vivos? Fue la pregunta que se planteó César López cuando terminó de componer “Hasta que amemos la vida”: un canto que nombra algunos de los rostros y las identidades que los actores del conflicto y del narcotráfico en Colombia quisieron acallar y desaparecer.
La canción se iba a llamar “Hasta que esta mierda cambie”. Pero a medida que fue armando la historia y que iba cantándola, López se dio cuenta de que no podía invocar la violencia, pues eso significaba apelar a la misma lógica de los violentos. La única respuesta certera, acorde a la ternura del canto, era la vida.
“Volveré a callar, volveré a llorar, volverá a indignarme esta realidad, entonces volveré a pararme, volveré a salir a marchar y a exigir con el alma encendida, hasta que amemos la vida”, es el ritual que entona la canción.
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En 2006, en el marco de la campaña Generación de la No Violencia, López creó la escopetarra: una guitarra que antes era un fusil AK-47/AKM de un grupo armado desmovilizado. La escopetarra apela a ese ritual de exigir hasta que todas las armas dejen de serlo.
Cada mañana López se despierta a las 5:20 para ver el amanecer. Dice que si no lo alcanzara a ver desde su ventana, con sentirlo sería suficiente. Esa observación primera de cada día la ha hecho desde distintas ventanas del país. Ha caminado por Colombia en tenis, con una libreta, un lápiz en la mochila y una guitarra a la espalda.
Cuando tenía ocho años, su papá le enseñó los acordes re y la con un tiple que tenían colgado en la pared. Desde entonces, no pasa un solo día sin que haga música: “La pandemia a mí no me puso a reinventarme, me hizo reafirmar en lo que creo y por lo que lucho; yo me levanto con unas ganas infinitas de hacer música. Estoy aquí para hacer música y desde ahí luchar por ese mundo que ame la vida”. Hoy participa en iniciativas de la Comisión de la Verdad.
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“Nombrar y nunca olvidar, siempre abrazar y querer” es una de las premisas de este canto adolorido y esperanzado. La canción tiene un solo acorde que, dice López, “va matizando los sentimientos: es un pulso, un corazón”.
En 2015, López estuvo en Barcelona en la conmemoración de la masacre de Srebrenica en la guerra de Bosnia-Herzegovina. Fue una masacre en la que murieron ocho mil personas en once días. El homenaje proponía que se nombrara cada una de las víctimas de la masacre a lo largo del día, pero no se alcanzaron a leer todos los ocho mil nombres.
¿Es así, incluso antes de que se les piense por primera vez, como nacen las canciones? ¿Con la experiencia vital? ¿Con las historias y los nombres que se han guardado tras veinte años de recorridos por el país?
La idea en concreto de la canción surgió en octubre de 2019. Hacía tres años que el no había ganado y se celebraba la jornada 24-0 en algunas regiones del país, en las que se brindaban herramientas sobre cultura de paz, no violencia y reconciliación, esperando que fuera un día en el que no hubiera muertes por el conflicto. En medio de aquel día de octubre, a César López le pasaron una base de datos que tenía las cifras segmentadas de los líderes sociales que han sido asesinados desde la firma del Acuerdo de Paz, la mayoría en el tiempo de este gobierno.
Ver las cifras en ese momento, además de las que le salían en redes sociales y las que veía en los noticieros, le hizo pensar que “la gran victoria de los perpetradores de la violencia es que nunca se sepa ni qué pasó ni quién lo hizo”.
Algo que antecede la canción es la pregunta ética de cómo hablar del dolor de los demás y mencionar a los muertos de otros. En el poema Memorial de Tlatelolco, Rosario Castellanos escribe “Mas he aquí que toco una llaga: es mi memoria. / Duele, luego es verdad. Sangre con sangre / y si la llamo mía traiciono a todos”.
Componer un canto con los nombres de algunas víctimas de las violencias de Colombia es desmoronar esa bolsa de cifras del conflicto que hiere la memoria y desconoce la verdad; es sembrar nuevos caminos con las voces que cantan y que cantando, como rememorando, hacen que la vida vuelva a ser vida.