El Magazín Cultural

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22 Sep 2022 - 3:42 a. m.

Un viaje al taller de los dioses

Haciendo alusión al nombre que les dan en “El abrazo de la serpiente” a los cerros de Mavicure, hacemos un recorrido por algunas zonas de Guainía, la tierra de montículos, princesas, duendes y delfines.
Daniela Cristancho

Daniela Cristancho

Periodista de El Magazín Cultural
Vista de los cerros Mono y Pajarito desde la cima del cerro Mavicure, en Guainía. / Archivo particular
Vista de los cerros Mono y Pajarito desde la cima del cerro Mavicure, en Guainía. / Archivo particular
Foto: Archivo particular

“Si te vas a empeñar en algo, empéñate en irte. Cada vez que podás, y cada vez por más tiempo. Seguí los mismos sueños, hacé los mismos planes, emprendé los mismos proyectos y repetí los mismos errores si querés. Pero viajá más. En los próximos años te van a distraer ideas, sentimientos y personas. Aférrate al plan, que yo sé lo que te digo. Invertí en viajar, que es invertir en vivir. Usá lo que te ganés para alejarte de vez en cuando, que no puede haber perspectiva sin distancia”, se lee en Carta a mí mismo cuando tenía 20 años. Recordé aquellas palabras publicadas en el periódico argentino La Nación, mientras la lancha se deslizaba por el río Inírida, un fluvial de aguas oscuras que en invierno, el nombre que se le da a la temporada de lluvias, llega hasta las copas de los árboles que lo rodean. Habíamos salido de la capital del departamento de Guainía hacía un poco más de dos horas cuando vimos las tres siluetas gigantes con las que llevábamos soñando varios meses: Pajarito, Mono y Mavicure, los cerros que se levantan a cientos de metros de altura en medio de la selva. Los gigantes que en la película de Ciro Guerra El abrazo de la serpiente llaman “el taller de los dioses”.

Los titanes de piedra nos miran a lo lejos, del gris oscuro de sus cuerpos solo resalta el escaso color verde de la puzana, aquella planta que, se dice, utilizaban las comunidades indígenas como método de enamoramiento. Desde la cima del cerro Mavicure se ven sus hermanos, Mono y Pajarito, abrazados por el río que habíamos navegado la tarde anterior y unas horas antes, a las cinco de la mañana, cuando la lancha se aventuró por sus aguas cubiertas de niebla para llevarnos desde la comunidad de El Remanso hasta la base del montículo. Casi dos horas más tarde, el sol naciente nos pegaba en la cara y escuchábamos la historia de la princesa Inírida. Era la mujer más hermosa de la región y todos los hombres la deseaban como esposa. Ante sus negativas, uno de ellos hizo un brebaje con puzana, para que Inírida lo bebiera, pero quedó demasiado fuerte y la joven enloqueció. En lugar de enamorarse de su pretendiente, se enamoró de los cerros. Logró llegar hasta el cerro Pajarito, el que se erige a más de 700 metros de altura, e hizo de él su hogar y castillo. Allí gobierna la fauna y la flora y de vez en cuando se les aparece a los humanos en forma de flor, la flor de Inírida, que es casi eterna.

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Del ascenso a Mavicure quedan varias imágenes en la mente, como el sol rojo del amanecer sobre una cama de nubes, el encuentro petrificante con una serpiente de cuatro narices y el imaginario de la princesa cavando huecos en la roca para hacerse dentro del cerro. En el taller de los dioses, la tierra de las leyendas, algunas comunidades creen que los bebés, al apenas haber llegado al mundo terrenal, tienen una conexión más fuerte con otros seres. Es por eso que se les unta el cuerpo con hoja de pescado, una planta que huele similar al animal, para que los espíritus no los pellizquen y los hagan llorar. Cerro Diablo recibe su nombre por un duende, Jerú, que fue castigado por Dios y encerrado en el montículo, donde acechaba a las mujeres. Nuestro guía, el hombre que hace las veces de segundo al mando en la tribu de El Remanso, nos cuenta que en el cerro se hacen avistamientos de duendes, criaturas de un metro de altura que se asemejan tanto a los hombres como a los monos.

Pero los híbridos entre humanos y animales no se limitan a las alturas, también a las profundidades de los ríos. En la Estrella Fluvial del Oriente, como la bautizó en el siglo XIX Alexander von Humboldt, confluyen los ríos Atabapo, Guaviare y Orinoco. Nadamos en el primero de ellos, que marca el límite entre Colombia y Venezuela y cuyas aguas parecen teñidas de rojo, producto de las hojas en descomposición que el río ahoga con las lluvias. Allí nadan las toninas, una especie de pequeños delfines grises. Sus espinas dorsales salen del fluvial como si quisieran saludar. Se nos escapan risas de emoción y quizás de nervios por la proximidad de los animales. Dicen los habitantes de la comunidad de La Ceiba, donde también nadan los cetáceos, que estos pueden cambiar de forma, ya que en realidad son personas. “Utilizan las rayas como sombreros y los peces como zapatos”, dice entre risas uno de ellos.

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En El abrazo de la serpiente, el chamán Karamakate y el estadounidense Richard Evans se aventuran a los cerros de Mavicure en busca del último especimen de yakruna, una planta sagrada. Así se lee en el guion del filme: “Evan y Karamakate reman ahora, subiendo una quebrada. El explorador levanta la cabeza, deja de remar y observa con asombro frente a él. Al final del río se alzan una serie de imponentes rocas tan grandes como montañas con extrañas formas y figuras. Están hechas de arenisca gris, con pequeños parches de vegetación en su cima. Un gruñido de baja intensidad se escucha a kilómetros. Evan se voltea hacia su compañero, tan fascinado como él. ‘¿Es el Taller de los dioses?’, dice Evan. Karamakate asiente”.

Al ver los cerros me hice consciente de mi insignificancia. Entendí por qué se trata de un taller. Es el espacio donde los dioses jugaban a crear el mundo y sus reglas, donde moldeaban a su antojo criaturas entre delfines y humanos, entre monos y hombres. Mavicure, al igual que la película, es el encuentro de mundos que parecen excluyentes, pero que son complementarios: lo racional y lo mágico, la vida y la muerte, lo ancestral y lo terrenal, lo divino y lo humano.

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Daniela Cristancho

Por Daniela Cristancho

Periodista y politóloga de la Pontificia Universidad Javeriana, con énfasis en resolución de conflictos. Fue practicante en la Jurisdicción Especial para la Paz y en el diario The Miami Herald. Considera que la cultura es un camino de construcción de paz.@danielacsidcristancho@elespectador.com
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