12 Dec 2020 - 7:30 p. m.

Una novela que abre caminos para la narrativa colombiana

Con estas palabras, el sociólogo de la literatura Blas de Zubiría presentó la nueva novela de León Valencia.

Blas de Zubiría

Portada del libro "La sombra del Presidente", escrito por León Valencia.
Portada del libro "La sombra del Presidente", escrito por León Valencia.

Los que hemos seguido la trayectoria académica de León Valencia y nos hemos nutrido de ella para conocer más de cerca las lógicas políticas que ha vivido el país en las últimas décadas a través de sus excelentes trabajos académicos, tales como La Parapolítica: la ruta de la expansión paramilitar y los acuerdos políticos o Los clanes políticos que mandan en Colombia, sabemos que también ha tenido intereses literarios. Ya en 2005 había publicado Con el pucho de la vida, título de claras referencias al tango argentino de Francisco Gorrindo “Las Cuarenta”, popularizado en Colombia por la excelente versión del cubano Rolando Laserie. En dicha novela, el periodista Sergio Baldini habrá de escudriñar el pasado de la estudiante colombiana Martha Echavarría, quien se ha suicidado en París.

Hoy tenemos el honor de presentar su segunda novela, La sombra del Presidente, y gracias a su deferencia para con nosotros compartiremos con ustedes algunas ideas que aspiramos los motiven a leer una novela que sin lugar a dudas merece ser leída y que sin querer exagerar una tesis arriesgada, consideramos abre un camino no necesariamente explorado en la novelística colombiana.

Vale tratar de argumentar dicha tesis. De todos es reconocido que la novela es un género amplio que se multiplica en las posibilidades de comprensión de la realidad. Esta aseveración válida ha planteado, sin embargo, interesantes debates académicos. Uno de los más importantes lo planteó Erick Hobsbawm, el gran historiador marxista, cuando advirtió “sobre la actual tendencia de los novelistas a basar la trama de sus obras en hechos reales en vez de argumentos imaginarios, con lo cual se desdibuja la frontera que separa la realidad histórica de la ficción”.

Esta advertencia, a todas luces válida, ha encontrado una antítesis dialéctica en la orilla tanto de la literatura como de la sociología de la literatura. Grandes escritores como José Saramago han planteado que “la literatura no sólo es realidad, sino que hace lecturas de la realidad y se integra en la realidad”. También grandes críticos literarios como R. H. Moreno Durán señalaron que “la novela —acaso el género literario que más se aproxima a la función de captar y aprehender la realidad— es, antes que todo, un instrumento mediante el cual la palabra, tras superar el mero dato empírico de la evidencia exterior, basta para sugerir, suscitar y comprender toda una cosmovisión y todo un mundo que antes, y de otra forma, no nos era posible”.

Juan Villoro, ese gran novelista mexicano y estudioso de la literatura latinoamericana y mexicana, señaló en el análisis de las novelas mexicanas ocupándose de la realidad histórica de México que la novela se ocupa de tratar la historia, reflexionando sobre la posibilidad de contar la historia verdadera desde la ficción. Y aquí viene una tesis de Villoro que, si bien puede ser y de hecho ha sido discutida, me parece lo suficientemente válida como para asumirla. Para Villoro “la oposición entre ficción y testimonio no es la oposición entre mentira y verdad, no es que la ficción cuente cosas falsas; se distingue de la historia, porque no necesariamente cuenta cosas que son verificables, no pasa por el tribunal de los hechos de manera rigurosa, pero registra emocional, psicológicamente y simbólicamente la realidad y en ocasiones nos da a nosotros una idea mucho más clara de lo que fueron los sucesos que los testimonios crudos, que los datos”.

Esta relación entre historia y novela permanece vigente. Para el caso colombiano podemos señalar que un conjunto significativo de novelas que se han ocupado de la historia política de Colombia han privilegiado uno de nuestros fenómenos más recurrentes: la violencia, no sólo como dinámica social y política con una dolorosa permanencia en nuestra historia, sino también de la Violencia, con mayúscula, es decir, como período histórico del siglo XX, delimitado entre 1946 y 1964. Ejemplos como el de la narrativa colombiana lo podemos asimilar al de México, cuya novelística sobre la historia política es también extensa y rica, pero ha tenido un conjunto significativo y muy importante de novelas centradas obviamente en la Revolución Mexicana de 1910; a nivel latinoamericano pudiéramos señalar como ejemplo significativo la literatura sobre caudillos y dictadores.

Señalo el ejemplo de México porque cuando leí el título de la novela que hoy presentamos, de inmediato vino a mi memoria una de las novelas más representativas de la literatura mexicana que indaga sobre la realidad política de ese país y que, por la similitud de su título y de la trama histórica desarrollada en paralelo, es evidente: me refiero a La sombra del caudillo, de Martín Luis Guzmán. Como lo ha reconocido el propio León Valencia, La sombra del presidente es una novela en clave, donde los personajes centrales están construidos a partir no sólo de los hechos históricos sino de la imaginación del autor que, regido por las leyes internas de la novela, los recrea en función del efecto novelístico que quiere lograr en el lector. También la novela de Martín Luis Guzmán es una novela en clave donde el personaje central, Ignacio Aguirre, es mezcla de dos personajes históricos, Adolfo de la Huerta y Francisco Serrano, y el desenlace de la trama une en un solo momento dos momentos históricos, de 1923-24, con la candidatura de Adolfo de la Huerta, y 1927-28, con el asesinato de Francisco Serrano. El caudillo a que hace referencia el título es Álvaro Obregón, enfrentado a otro caudillo que es Plutarco Elías Calle y que en la novela se encarna en el otro personaje central, Hilario Jiménez.

La sociología de la literatura nos enseña, recogiendo de la tradición lukacsiana que en el análisis de la literatura podemos encontrar al personaje tipo como un articulador por excelencia entre la acción narrativa y el mundo social. El tipo literario es la figura mediadora que funciona en doble sentido como momento de síntesis entre lo individual y lo universal en el plano artístico y evita la doble abstracción de la representación individual fuera de las determinaciones fundamentales de una época histórica y la de esas determinaciones sin que estén encarnadas en un destino individual y concreto, es, en síntesis, una construcción significativa para entender la mediación entre la realidad histórica social y el universo de la novela. Es la compatibilidad del mundo literario como posible fuente de contraste del devenir histórico. En este sentido, Gregorio Echeverri, que obviamente se identifica con la figura del expresidente Álvaro Uribe Vélez, es un personaje tipo; como lo son Juan Pablo Monsalve y Carlo Ferraro o Carlos Rojano en la novela.

De igual manera, la sociología de la literatura nos enseña que la heteronomía y la autonomía es una característica esencial de la buena literatura, tal como lo defendió Teodoro Adorno a partir de su ley formal. Como hecho estético, la obra literaria es autónoma, lo que le permite distanciarse del mundo empírico y producirse según sus propias reglas, impuestas por el arte; como hecho social es heterónoma y responde por tanto a un contexto social e histórico concreto de donde se nutre y toma necesariamente parte de sus materiales y simbologías. En la novela de León Valencia encontramos este doble proceso. Hay una heteronomía de un momento de la historia política de Colombia dominada por la fuerte articulación de los políticos colombianos al narcotráfico.

Así como La Sombra del Caudillo, la novela del mexicano Martín Luis Guzmán, representa la criminalización del Estado y la política mexicana surgidos después de la Revolución Mexicana a partir del enfrentamiento entre Álvaro Obregón Y Plutarco Elías Calle, La Sombra del Presidente representa la cooptación del Estado colombiano a partir del fortalecimiento de una Corporación Criminal, es decir, de una estructura jerarquizada con lógicas de actuación racionales permanentes, no esporádicas, que consolidó un poder de facto y con ese poder se apropió del Estado. En la heteronomía de la novela, esto se evidencia en las múltiples anécdotas que recrea la vida de los personajes tipos: ahí están los fuertes lazos con el narcotráfico y con los clanes políticos que se articulan a él; ahí están las Autodefensas Campesinas y su rápida transformación en paramilitarismo también fuertemente articulado a las lógicas del cultivo y tráfico de drogas, ahí están los hechos conocidos por todos: la muerte del padre de Álvaro Uribe Vélez, el secuestro de la hija del Clan Ochoa, la desaparición física de Carlos Castaño a partir de la amenaza de negociar con los gringos y abandonar el acuerdo con Uribe, la desmovilización paramilitar y la posterior extradición de los jefes más representativos, el intento criminal de liberación del gobernador de Antioquia Guillermo Gaviria Correa, junto a su asesor de paz, Gilberto Echeverry, la liberación de secuestrados, el ataque al Club El Nogal, el rompimiento de los acuerdos de paz durante el gobierno de Andrés Pastrana que tanto benefició la campaña presidencial de Uribe, en fin, esos hechos históricos reales que la historia reciente de este país ha conocido.

Pero fiel a la ley formal planteada por Adorno, escritos desde la verosimilitud y no desde la veracidad, escritos desde la autonomía que todo gran novelista tiene para construir sus personajes novelados y su visión del mundo acorde con las leyes internas de la imaginación. Y es aquí donde León Valencia narra desde su condición de escritor esos hechos con una tesitura que está acorde con las exigencias que la novela le plantea. Les pongo un solo ejemplo, ya que ustedes como lectores desentrañarán las otras claves de la novela: al padre del protagonista no lo mata la guerrilla, aunque se popularice esa versión.

Los personajes centrales, como personajes tipos, concentran en sí mismos lo que de seguro fue vivido de manera real por varias personas, generando síntesis de hechos históricos y de formas de pensar y de actuar, de diálogos y situaciones que se desarrollan en la novela y que corresponden a un colectivo, pero que, para efectos literarios, deben ser concentrados en un personaje. Es lo que sucede con Carlo Ferraro —que por las claras referencias a su ascendencia italiana podemos identificar con Salvatore Mancuso―, pero no es solamente Mancuso; o con el asesor Juan Pablo Monsalve, quien por rasgos de personalidad y de historia puede ser José Obdulio Gaviria, pero de seguro no sólo es José Obdulio Gaviria.

En la novela se plantean elementos de la historia política de Colombia que vale la pena profundizar y que forman parte no sólo de debates históricos interesantes de dilucidar sino de lógicas políticas que han estado presentes en nuestro devenir. Por ejemplo, en su estructuración narrativa, el poder regional se enfrenta, en una lógica que solo se insinúa, pero con mucha fuerza, entre los poderes regionales antioqueños y costeños contra el poder de la elite bogotana. El poder regional de los antioqueños dominado por una mafia estructurada a partir del gran negocio del narcotráfico y el poder regional de los costeños articulado a las estructuras militares y políticas de la Auc, en un contubernio que se alimenta mutuamente. La figura de Gregorio Echeverría y Carlos Rojano o Carlo Ferraro son los dos representantes de estas lógicas regionales, que van a ser superados por el poder de las elites centralistas. Valencia pone a reflexionar a estos dos personajes sobre sus propias vicisitudes políticas, en un paralelo histórico con las figuras de Núñez y Caro y los desenlaces en el control del Estado colombiano por parte de la oligarquía del centro del país. No les adelanto más porque sería hacerles un spoil sobre la novela o estropearles la lectura, y ustedes como lectores tienen derecho a sacar sus propias conclusiones.

La novela inicia con una conversación entre los nietos de los personajes centrales y termina con una conversación entre los personajes; creo que en el trasfondo de estas dos escenas centrales en que empieza a construirse la trama familiar y se llega al desenlace podemos ver una luz de esperanza planteada por el autor; una luz de esperanza que propone que el diálogo es posible, incluso después de la traición, la violencia, el engaño, que es factible que los antagonismos se ventilen, que las traiciones de enfrenten, que las heridas se intenten sanar, escapando de la espiral creciente de la violencia o de esa locura incesante que tanto nos ha golpeado de violencia, venganza, violencia. Hay un mensaje positivo, de esperanza, en el desenlace de la novela que plantea una posibilidad a las generaciones futuras —encarnadas en Daniel Echeverri y Adriana Ferraro— de no ser perpetuadores de esa locura incesante que ha pesado tanto como una maldición.

La sombra del presidente es una novela que recoge la tradición de la gran novela decimonónica y le incluye en su desarrollo las estructuraciones de la novela moderna: la zaga familiar de varias generaciones, contadas, no de manera lineal, sino mediante saltos narrativos donde la pluralidad de voces se escucha a la par que la voz del narrador omnisciente permite que el lector construya una imagen propia de los personajes y de sus actos, articulando los destinos personales a la historia reciente y no reciente del país. Mostrando costumbres, valores, actitudes regionales tanto de Antioquia como de la Costa Caribe e imaginando destinos individuales con los componentes que la vida tiene —alegrías, sueños, duelos, esfuerzos—, La sombra del presidente va atrapando al lector, brindándole el placer de la lectura en el hecho estético de una novela escrita con buen ritmo y buena prosa, pero a la vez obligándolo a reflexionar en cada una de las claves que la soportan y que se articula a la dolorosa realidad política que hemos vivido.

Obligándolo a reflexionar alrededor de la sombra, en una doble connotación: como el ocultamiento, el engaño, lo poco transparente de la política colombiana dominada por las lógicas de articulación a las mafias; pero también la presencia de aquellos que rodean al poder y que con sus decisiones oscuras y aviesas lo pervierten, transgrediendo la institucionalidad y la mínima decencia. Pero esta reflexión tendrá que asumirla cada lector como ciudadano.

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