El Magazín Cultural

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20 Jun 2021 - 2:00 a. m.

Vanessa Rosales, escribir para incomodar

A propósito del libro “Mujer incómoda”, la escritora, columnista y crítica cultural habla sobre el recorrido de sus lecturas y la construcción de una voz propia.
María Paula  Lizarazo

María Paula Lizarazo

Periodista de Amazonia y Ambiente
Vanessa Rosales es profesora de teoría literaria, teoría feminista y estudios críticos de moda.
Vanessa Rosales es profesora de teoría literaria, teoría feminista y estudios críticos de moda.
Foto: Juan Moore

En la pared de su estudio la custodian retratos de Dolores del Río, Joan Crawford, Katharine Hepburn, Miles Davis, Billie Holiday y su padre, y en frente, una mesa con flores. Su escritorio de trabajo es también un lugar emocional. A veces, cuando escribe, escucha jazz. Es una mujer de ritos, de sus propios ritos, como leer bajo el sol. Siempre ha perseguido la libertad y ha defendido su soledad, y sigue a Picasso cuando dice que sin una gran soledad no hay ningún trabajo serio. La escritura, desde niña, ha sido su destino. De joven fue muy “roja”. Estudió Historia porque le interesaba el tiempo, mirar hacia atrás, comprender.

Una de sus resistencias, dice, es la hibridez. Se formó en ciencias sociales, pero de allí salió castrada y aunque le apasionan el pensamiento filosófico y teórico, intenta resistir contra lo hegemónico y la rigidez del mundo académico. Ha desarrollado su pensamiento en formatos como la escritura y el pódcast: la multiplicidad de formas no desdibuja sus fondos o sentidos.

Nació en Cartagena. Uno de sus primeros recuerdos es ver en imágenes a Carlos Gardel, por su abuelo argentino. Aprendió a mirar desde la bahía y viajó a Nueva York para estudiar la maestría en Estudios de Moda, en Parsons The New School for Design, de Nueva York. No quiere confort, le interesa ser una mujer incómoda, curiosa, insaciable.

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Su relación con los feminismos parte de ese apetito de libertad. Ha estudiado y comprende sus tensiones, contradicciones y pluralidades, incluso ha estudiado la estética desde teorías feministas. Tiene clara la especificidad de su lugar y las ventajas que ha tenido para ejercer su libertad.

¿Por qué le interesa el ensayo personal? ¿Cómo sus experiencias de vida la han llevado a un pensamiento crítico?

Es una forma de avanzar hacia esa revelación de quién soy como escritora en formación y utilizando este recurso donde la propia experiencia o la propia mirada sirve como un método literario para hilvanar toda esa constelación de referentes que me han forjado: visuales, cinematográficos, teóricos, intelectuales, fílmicos, musicales y también, por supuesto, lo que mencionas sobre el pensamiento crítico ha sido fundamental en mi vida. Lo entiendo mejor ahora; siempre he querido ser una pensadora crítica. Pero lo que también he descubierto es que el pensamiento crítico requiere o implica autocrítica y de alguna manera mirarse de frente, como dice Vivian Gornick.

En “Mujer incómoda” menciona que su casa de infancia era un espacio confortable correspondiente a una moral adecuada. ¿Cómo vincula los espacios físicos con los espacios morales, éticos o psíquicos que se corresponden o chocan el uno con el otro?

A mí me obsesiona cómo habitamos los espacios. No solamente la manera en que las personas habitan estéticamente sus sitios, sino justamente eso que mencionas sobre el vínculo psíquico. Y claro, en mi casa de crianza hubo ciertos indicios de cómo funcionaba ese andamiaje familiar. La figura patriarcal, la figura también de mi madre, pero además creo que figura un lugar importante y es mi propia habitación, que de cierta manera ya anunciaba como esa gran habitación propia. Yo creo que tuve desde muy pequeña esa experiencia de habitar un cuarto, que aunque lo compartía con mi amada hermana, que era más chiquita que yo, siempre me permitió también esas exploraciones que siguen siendo tan mías. Entonces sí hay algo de la geografía doméstica en la que me crié que también refleja mucho de mis propias formas de habitar y de la importancia de la soledad, sobre todo habiéndome criado en los 90, que es algo que también me da mucha nostalgia; haber tenido unos padres tan complacientes, que me permitieran a los diez u once años escuchar unas músicas que no eran tan comunes en mi entorno, pero poder encerrarme y habituarme a la experiencia de la individualidad desde chiquita y creo que eso está muy ligado a ese espacio. También hay algo fundamental en ese espacio doméstico que marca mucho quién soy y es la Bahía de Manga, la presencia de esa bahía, del mar, de lo que implica mirar ese infinito o esa imaginación de otros mundos.

Y desde una orilla…

Sí, yo aprendí a mirar ahí en esa Bahía de Manga, porque además había unas segmentaciones muy interesantes. Manga era percibida en términos de clase social de una manera muy curiosa, porque en otros momentos había sido el lugar más esplendoroso de la ciudad; El amor en los tiempos del cólera sucede en Manga. Yo me crié delante de la bahía. Pero también la misma geopolítica de Cartagena de Indias, esa casi isla desértica. Mirar hacia Castillo Grande... Y sobre todo el ver las transformaciones de la bahía, que es algo que me acompaña mucho todavía.

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¿Cómo ha edificado su concepto de lo estético?

Ahorita en algunos momentos de la pandemia he repetido películas que me hicieron tremendamente feliz siendo niña o que vi siendo niña y me han recordado y refrescado que desde muy pequeña me interesa la imagen, los comportamientos y las manifestaciones visuales del mundo y de la historia y cómo esas expresiones visuales están conectadas con momentos sociales o políticos o culturales determinados. La estética la empecé a vivir de una manera diferente, porque cuando era adolescente no cumplía con las convenciones de belleza; pero mi madre, sobre todo cuando ella era adolescente e iba a Nueva York, siempre me describía muy vívidamente cómo la gente se vestía en Nueva York, cómo se vestían las personas en las discotecas o si me hablaba de alguien siempre me narraba su estética, los detalles; así que desde muy pequeña me habitué a mirar, miraba sobre todo lo que yo concebía que podría ser lo cool y para mí eso estaba relacionado con el rock and roll. Los videos, las series, las películas que consumía, fueran viejas o contemporáneas al momento en que estaba creciendo, se volvieron importantes. Siempre me ha interesado la imagen como un gran índice o símbolo del espíritu de la época y eso da cuenta de la amplitud de mis constelaciones estéticas. Además se me volvió una fantasía ser una escritora estetizada, tener cierto look. La estética atraviesa mi propia experiencia, mis propias búsquedas.

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¿Cómo se ha transformado a lo largo de los años su relación o sus percepciones sobre el cuerpo?

Tiene que ver con la capacidad de mirar críticamente las cosas que nos generan placer pero también prisiones, y yo creo que el cuerpo y la delgadez y estos aprendizajes que necesariamente me socializaron en Cartagena y en los 90 y en determinado contextos son mi gran cárcel. Yo sufro el cuerpo, yo no me he logrado deshacer de esas prisiones de la belleza. He tratado de reflexionar por qué me ha obsesionado la belleza, cuáles son las carencias que me acompañan, a veces todavía me siento la adolescente de trece años que fui. Pero también hay algo y es cómo con los años he logrado parecerme a lo que soñaba de mí misma y el cuerpo para mí está atravesado por la vestimenta y el lenguaje que tengo con la vestimenta, y eso sí me genera complacencias: saber vestirme de manera que se materialice mi propio yo. No obstante, mis estudios, mis entendimientos, habiendo trabajado en la moda, no significa que esté libre de mis propias cárceles, pero habito esa contradicción con consciencia.

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