17 Apr 2020 - 5:42 p. m.

“Yo Confieso”: Que el señor lo tenga en su gloria-Capítulo Cuatro

Presentamos el capítulo cuatro de la audionovela “Yo Confieso”, creación de la sección de Cultura de El Espectador, que será emitida cada ocho días desde estas mismas páginas, y estará abierta a todo el público los domingos a las diez de la mañana.

* Redacción Cultura

Capítulos anteriores

1. Yo confieso: Hágase tu voluntad-Capítulo Uno

2. Yo confieso: Cada uno es tentado por sus propias concupiscencias-Capítulo Dos

3. "Yo Confieso": Los tiempos del demonio-Capítulo Tres

Créditos Capítulo Cuatro

Música

Ave María- Haëndel en interpretación del coro Melchor Robledo y el grupo Elegia

Personajes

Narrador-Padre Andrés (mayor): Fernando Araújo Vélez

Padre Andrés: Andrés Osorio

Padre Benito: Hugo García

Tartufo: Joseph Casañas

Lucrecia Sandoval: Manuela Cano

Señora de las esmeraldas: María Paula Lizarazo

Párroco iglesia de San Francisco: Luis Guillermo Ordóñez

Edición y creación sonora

David Alejandro Guarín

Capítulo Cuatro

Que el señor lo tenga en su gloria

La celebración de la Nueva Orden fue un almuerzo en el seminario con todos mis compañeros y los superiores y el obispo, una copa de vino, el rutinario brindis, un canto lacrimógeno de “Porque es un buen compañero, porque es un buen compañero”, y un desfile interminable de abrazos y palmadas en la espalda. El resto del día me lo dieron libre. Cuando salí, me sentí como un hombre nuevo, con el caminar seguro y rápido de un hombre nuevo, y la sonrisa idiota de tantas y tantas noches. Fui a la tienda a la que había ido con Tartufo y pedí una cerveza. La señora que nos había atendido no estaba, pero eso no importaba. Yo ya sabía dónde hallar a Vanessa. Me acabé la cerveza, le pedí al tendero de turno un cigarrillo, pagué y me fui, aún más hombre nuevo que antes. Andaba como si volara y silbaba el Ave María, indiferente a la gente que pasaba por mi lado, a los carros, a los buses y al humo de los buses, a los pitos de unos otros, y a uno que otro desafío a pelear de un conductor a otro porque se le había atravesado o porque no quería arrancar. Por fin, bajé por la 85 hacia la 15 y crucé a la derecha por la segunda carrera que había. Llegué al bar de Vanessa a las siete de la noche. La puerta estaba cerrada. O mejor dicho, clausurada. Toqué un timbre que había por ahí. Aguardé un rato. No apareció nadie. Le di un par de golpes a la puerta. Nada. Me retiré para ver si alguien se asomaba por alguna ventana. Nada. Fui hasta la 15, me tomé otra cerveza y me fumé otro cigarrillo para que pasara el tiempo, pero el tiempo parecía una inmensa y pesada roca que nadie podía mover.

Cuando creí que ya eran como las nueve, miré el reloj y apenas eran las siete y veinte. Fui otra vez al bar de Vanessa. Todo estaba como antes. Por una parte, me sentía frustrado. Por otra, aliviado. Estaba mano a mano conmigo, más o menos como decía un tango, “Mano a mano hemos quedao”. Había hecho lo posible por cumplir con mis juramentos, precisamente el día más importante de mi vida religiosa. Si embargo, el destino se había opuesto. ¿O Dios? Sin culpas, pero también sin las emociones que iba a coleccionar para el resto de mi vida, anduve hasta la Avenida 15 y por ella hacia el Sur, sin rumbo, sin sentido, dispuesto simplemente a mirar a la gente con sus cosas y a tratar de comprender esa vida que estaba por fuera del Seminario. La vida, en realidad. Por la ochenta y tantos, me senté en un banco destartalado a observar a la gente que subía por la calle 82, con sus ropas de fiesta y sus risas estentóreas, cuando sentí la mano de alguien en mi hombro y la voz suave de una mujer que me decía:

L.S. “Padre, ¿padre Andrés?”.

Di media vuelta, entre asustado e intrigado, y vi a la señora Sandoval. O vi la mirada profunda y medio ansiosa de una mujer que correspondía a la señora Sandoval. Me puse de pie de un brinco y le extendí la mano.

P.A. “Señora Sandoval, qué gusto”.

L.S. “Lo mismo digo yo, pensé que ustedes no salían del seminario, que eran como aquella congregación de… ¿Los cartujos, puede ser?, que sólo se hablaban para decirse ‘Hermano de morir tenemos, hermano, ya lo sabemos’. ¿Me puedo sentar a su lado?”

P.A. “Sí, claro, ni más faltaba, perdone mi falta de educación”.

Antes de que la señora Sandoval se sentara, saqué un pañuelo y limpié el banco. Tomé las bolsas que llevaba, y abrí mi mano como para decirle que siguiera, que todo estaba como ella se lo merecía.

L.S. “Hoy fue su ordenamiento, ¿no? Estuve averiguando para darle la sorpresa, pero me dijeron que en esas ceremonias no se permite gente como uno, laicos, digo, y menos, mujeres”.

Sonrió. Yo me helé, y después del helaje, temblé, y luego me sentí a cuarenta grados a la sombra. Sudé. Detestaba que la señora Sandoval me viera así, porque iba a creer que me gustaba o algo por el estilo, y aunque fuera cierto, me sentía vulnerable, pero ella debía saber de todos esas reacciones, pues pasó de su primera sonrisa, aquella agria de la prohibición a los laicos y las mujeres en las ceremonias de la iglesia, a una dulce, conciliadora, cálida y comprensiva. Me pidió que le contara cómo eran los ordenamientos y me dio una palmada en la pierna.

P.A. “Son, son… Son como cualquier ritual, solemnes, una misa, palabras del Obispo, o sea, el sermón sobre la importancia de ser un sacerdote y la responsabilidad con Dios y con los feligreses, con ustedes, sí, y música de cámara, usted sabe, o se lo debe imaginar. Bendiciones, cómo le digo, como cuando coronan un rey, un poco menos pomposo y sin gente, pero más o menos así”.

L.S. “Entonces ahora sí está en el estado de gracia ideal para terminar de oír mi confesión”.

Le dije que sí, aunque era mentira. No sentía nada especial luego del ordenamiento: ni santidad, ni gracia, ni divinidad, ni inteligencia, ni condescendencia. Era el mismo hombre de antes, con los mismos defectos, el mismo pasado, los mismos pecados de juventud y las mismas tentaciones por probar. Con las mismas ideas.

N.A. “Soy sólo oídos, señora Sandoval”.

L.S. “Gracias, padre”.

Era la primera vez en la vida que alguien me decía padre siendo ya padre, y ese instante no lo iba a olvidar jamás en la vida. Que fuera la señora Sandoval quien me lo hubiera dicho fue una bendición para mí, por lo menos en aquel momento. Ella estaría por siempre y para siempre como protagonista de uno de mis momentos más especiales.

L.S. “Aquella tarde en Pacho, le decía el otro día antes de que la enfermera llegara a revisarnos, ¿se acuerda?, le di a mi padre los medicamentos que no correspondían, simplemente por vengarme de sus regaños. En el instante en el que se tomó las pastillas me sentí plena. Por fin, después de tanto y tanto y tanto aguantar, cobraba venganza. Me senté a su lado, con mi madre, lo vi cerrar los ojos y caer en un rápido sueño, y aguardé. Conté los segundos para que empezara la gran película, porque en parte, padre Andrés, yo me sentía como en una película en la que mi padre era el victimario principal, y yo, la víctima que después de tanto sufrir, consigue vengarse. Mi padre, como es obvio, estaba ahí simplemente para esperar a que mi padre se mejorara, como todas las tardes después de las medicinas. Tejía con agujas un saco vinotinto que le había prometido unas semanas antes y de cuando en cuando le decía, muy quedo, Federico, tranquilo, duerme que pronto vas a estar bien. Yo la observaba de a ratos y me preguntaba cómo había soportado tantos años con aquel señor, y lo miraba a él, esperando alguna reacción. Empezó a llover. El cielo se fue yendo. Y la luz. Mi madre me pidió con un gesto que encendiera una lámpara, y entonces fue cuando mi padre comenzó a toser. Primero, levemente. Después, con fuerza y con los ojos abiertos y rojos. Mi madre gritó, me gritó que llamara a alguien, que no me quedara ahí como una estúpida. Yo corrí a la puerta de la calle y salí, y me quedé bajo el alerón un tiempo. La tos de mi padre traspasaba las paredes. Conté hasta cien, salí a la calle para mojarme, y después conté hasta doscientos, y volví, emparamada, gritando, gimiendo que no había nadie, que la droguería estaba cerrada, que nadie nos iba a ayudar. Me postré ante mi padre, y actué a sus pies, como si estuviera en un teatro. Él trataba de acariciarme el pelo y de decirme que todo iba a estar bien, que no me preocupara, entre toses y sacudidas cada vez más fuertes, mientras mi madre lloraba y traía agua y pañuelos, alcohol y paños tibios, e intentaba que el teléfono le diera tono”.

La señora Sandoval hizo una pausa, miró a lo lejos, al cielo gris, a las nubes cargadas de agua, a la nada y al más allá y se largó a llorar sin consuelo, como si llorara por primera vez en su vida, ahogándose por momentos, tragándose las lágrimas, balbuceando algo que yo no le podía entender y tratando de sonreír. Le presté mi pañuelo. Ella lo apartó y buscó uno suyo. Me dijo, o le entendí que no quería ensuciar el mío, y revolvió entre sus cosas. Sacó la pluma precolombina que le había visto en la clínica, la puso en su regazo, y tomó de un bolsillo un paquete de pañuelos de papel. Dio media vuelta, se agachó, resopló, y ya recompuesta, se volteó hacia mí y me dijo

L.S. “Perdón, perdóneme padre, no sé qué me ocurre, deben ser las medicinas”.

Apenas terminó de disculparse, miró detrás mío y cambió de gesto, y en el cambio de gesto se puso pálida, tiró las cosas que había sacado en su cartera y se arregló la falda. Se levantó a toda prisa. Yo miré hacia donde ella miraba y vi al padre Benito que se acercaba con cara de amenaza y pasos apresurados.

L.S. “Venerable padre superior, Dios me lo trae en este momento aciago”.

P.B. “Señora Sandoval, que el señor la tenga en su reino”.

Cual súbdita de un reino inmemorial, la señora Sandoval hizo una venia, puso una de sus rodillas en el piso y le dio un beso torpe en la mano al padre Benito, que luego recompuso poniendo sus labios, delicados, en el anillo que llevaba en el dedo anular el representante de Dios en la tierra. Esperó unos segundos a que le diera la orden de levantarse, y lo hizo con un movimiento grácil, entre sensual y ritual, y una sonrisa de muerte. Ninguno de los dos sabía qué decir, y los dos, de alguna forma, esperaban a que el otro tomara la iniciativa. Yo sobraba, por supuesto que sobraba, pero tampoco tenía una razón convincente para irme de ahí. Y de los tres, yo era el que menos autoridad tenía para comenzar una conversación, así que me quedé callado y conté los segundos para que alguno dijera algo.

P.B. “No la he vuelto a ver en la misa de los domingos del Seminario, señora Sandoval”.

L.S. “No, no, tiene usted razón, padre, estaba de viaje, pero no vaya a creer que desatendí mis obligaciones de buena cristiana”.

P.B. “Jamás lo pondría en duda, como tampoco pondría en duda que el padre Andrés, recientemente ordenado, será de gran consuelo para usted”.

L.S. “Como todo aquel que está bajo sus órdenes en el Seminario, padre Benito, que Dios los tenga a todos en su reino y los llene de bendiciones por el trabajo que llevan a cabo con nosotros, simples pecadores en este infinito valle de lágrimas”.

P.B. “Imagino que el padre Andrés ya le contó que fue ordenado esta misma mañana”.

P.A. “Sí, su excelencia, ya le conté, paso a paso, todo lo que aconteció hoy, y del compromiso que he adquirido con el señor, con la iglesia, y con las errantes almas del señor”.

P.N. “Bueno, fue todo un gusto encontrármelos, que Dios los bendiga”.

El padre Benito se despidió con una mezcla de amabilidad de cartón y de molestia controlada y siguió rumbo al norte sin mirar hacia atrás. La señora Sandoval tomó su cartera y me deseó una buena tarde, y así, sin más, le sacó la mano a un taxi y se subió. Yo me volví a sentar en el banco de sus confesiones, atragantado con mil preguntas, con la mirada clavada en el piso y las manos entrelazadas. Que el padre Benito y la señora Lucrecia Sandoval se conocían de tiempo atrás, eso ya no lo dudaba. Que había algo entre ellos, tampoco. Que los dos bolígrafos de dibujos precolombinos podían ser la clave de sus relaciones, eso era algo que tenía que descubrir, y que se negaran cada vez que se veían, y que actuaran como si apenas fueran conocidos de las misas de los domingos, esa era la principal razón de mis sospechas. A la mañana siguiente, luego de las oraciones de la madrugada, y entre el café, los panes y los huevos del desayuno, le pregunté a Tartufo si sabía algo raro sobre una edición de plumas estilográficas muy finas con dibujos precolombinos.

T. “No hermano, ni idea, ¿por qué?”

P.A. “Es que me encontré una y quería saber si a alguien le interesaba para vendérsela. Usted sabe”.

T. “¿Y la tiene ahí para verla?”

P.A. “Ah, no, no, la dejé anoche entre unas cosas personales sonde una tía”.

T. “Le tocará ir a una papelería, o adonde vendan cosas finas, no sé, de papeles y de pinturas, hermano”.

P.A. “Sí, sí, buena idea. Iré apenas pueda”.

T. “Busque en un directorio, el padre Benito tiene uno, el de acá del seminario, si quiere le digo”.

P.A. “No, tranquilo, hermano, no es urgente. Voy a esperar a ver si mi tía me da alguna razón. A ella también le pregunté”.

Debí hacer cara de mentira o de angustia, o de pánico, no sé, pero a las diez y pico, en nuestra hora de estudio, el padre Benito se me acercó en la biblioteca, se sentó a mi lado y me dijo por lo bajo que sabía lo de la pluma, que quería verla, que él me la compraba. Tosí, traté de aclararme la voz, cerré el libro que leía, o que intentaba comprender, El ser y la nada, de Sartre, y le contesté también por lo bajo,

P.A. “Es que no lo tengo acá, su excelencia, la dejé donde una tía. El fin de semana se la traigo para que la vea”.

P.B. “¿Y de dónde la sacó?”

P.A. “Es una larga historia. En resumen, me la vendió un tipo en la calle”.

P.B. “¿Y qué puede haber de larga historia ahí?”

P.A. “Ah, pues, sí, su excelencia, que no tenía casi plata y me tocó regatear”.

P.B. “¿Nada más?”

P.A. “Nada más, padre, me gustó mucho la estilográfica y pues bueno, logré sacarla barata”.

El padre Benito me dio permiso esa tarde para que la tomara libre y, más que nada, para que fuera a la casa de mi tía y le trajera la pluma. Se notaba urgido, y más que urgido, preocupado. Yo nunca lo había visto así. Entrelazaba los dedos de sus manos y los movía a toda prisa, y cuando hablaba, miraba hacia todos lados como si estuviera huyendo de alguien. Antes de que yo me levantara para ir por mis cosas, me tomó del hombro y me pidió que no le comentara nada de la pluma a nadie.

P.B. “Es un secreto entre usted y yo, padre Andrés, y en la medida en que mejor lo guarde, mejor le va a ir acá”.

P.A. “Sí, su excelencia, no se preocupe por mí, que yo sé cómo ser una tumba. De mí no saldrá una sola palabra”.

Salí brincando de la biblioteca. Tenía al padre Benito en la mano, y eso me emocionaba. Aún no sabía qué podía sacar de todo aquello, pero ya se me ocurriría algo, o se presentaría el momento, la situación. El gran problema, como era lógico, era que todo lo que él sabía de la pluma era mentira. No había ni pluma ni tía ni vendedor ni regateo. Creí que eso era lo de menos, que en algún lugar podría hallar una pluma con dibujos precolombinos. Igual, bajé por las escaleras principales del seminario a toda prisa, celebrando mi victoria, con la chaqueta al viento. Poco a poco, aquel desenfado, aquella ilusión, se fueron transformando en frustración, y luego, en temor. Entré en cuatro joyerías de la zona, desde la 85 hasta Unicentro, y en unas diez papelerías. Nadie sabía de plumas como la que yo buscaba. En un lugar me decían que tal vez en la Ritter, y de ahí me enviaban a la Liévano, y de la Liévano, a la Galofre. En la Platería, de Unicentro, me recomendaron que fuera al centro, o a la Jiménez con Séptima o por ahí, o por las calles de las esmeraldas y el oro, en la Candelaria. Me fui en taxi hasta la Jiménez y en el trayecto me gasté la mitad del dinero que tenía. Al llegar, me inmiscuí en un enjambre de hombres y mujeres que hablaban en voz baja y se mostraban distintas piedras preciosas, sobre todo esmeraldas. Se hacían en grupos de a cuatro o de a tres y de cuando en cuando se intercambiaban de grupos, como fichas de un rompecabezas. Tímido, expectante, elegí a una señora para comenzar con mis indagatorias.

P.A. “Sí, señora, buenas tardes, cómo está. Es que mire, ando en busca de una estilográfica con dibujos precolombinos, no sé si usted me pueda indicar a alguien o un sitio”.

S.E. “Acá solo tratamos con esmeraldas”.

P.A. “Sí, gracias, pero es que de pronto…”

S.E. “Por eso le dijo que acá solo tratamos con esmeraldas”.

La señora Esmeraldas me miraba de medio lado y hablaba de medio lado, y al parecer, vivía de medio lado. Tendría unos cuarenta y tantos años, era regordeta, iba vestida de sastre, y no le cabía en el rostro una línea más de maquillaje. Olía, incluso, más a maquillaje que su perfume de quién sabe dónde o qué. Yo no sabía tratar con personas así. Mejor dicho, no sabía tratar con nadie, pero menos todavía, con comerciantes de piedras y joyas. Sentía que en cualquier instante, alguno de aquellos personajes se me iba a acercar, y por debajo del saco iba a sacar un cuchillo para clavármelo en el bajo vientre. De puro miedo, decidí que lo mejor era ir a las calles de las joyerías de la Candelaria. Hice un repaso sin sostenerle la mirada a nadie, y me despedí de la señora.

P.A. “Mil y mil gracias, señora. Que tenga usted una muy buena tarde”.

Ya estaba por cruzar la Séptima para subir a la Candelaria por la Jiménez, cuando un niño me tocó la espalda. Me di vuelta, entre sorprendido y asustado. El muchachito, 13 ó 14 años, me dijo que la señora Rosa me necesitaba, que si iba y hablaba con ella, y de paso, que si le regalaba para una gasiosa y un roscón. Le di un billete de dos y me devolví. La señora Esmeraldas, que quizá se llamaba Rosa, uno nunca sabe con la gente como es, me llevó a un costado y sobre un muro me dijo

S.E. “Si quiere información, necesito combustible, usted sabe, mi señorito”.

P.A. “Está bien, está bien, ¿Y si no es la información que yo necesito?”

S.E. “Quédese tranquilo, mi don, que pa’ los señoritos como usté sólo hay cosas buenas y verdaderas, como Dios”.

P.A. “¿Como Dios?”

S.E. “Como lo oyó, como Dios que no hay dos, jajajaja, usted sabe de lo que le estoy hablando”.

P.A. “No, de verdad, no sé qué me está tratando de decir, señora”.

S.E. “Muy emperingotado y afeitadito el señorito, y la cree boba a una”.

P.A. “Para nada, mi señora, de verdad que no comprendo qué me quiere decir”.

S.E. “Primero el combustible, usté ya sabe cómo son las cosas”

Estaba seguro de que la señora Esmeraldas no me iba a decir nada importante, y sin embargo, ya estaba con ella, bien lejos del seminario, medio perdido y más que acorralado, porque también estaba seguro, o casi seguro, a fin de cuentas la esperanza es lo último que se pierde, de que no iba a hallar la pluma que necesitaba, y eso me traería consecuencias graves, muy graves. Saqué un billete de 20, parte de mis restos, y se lo pasé a doña Rosa o como se llamara, doblado en cuatro, de mano a mano para que nadie sospechara de nosotros, aunque todos los que estaban ahí sospechaban. Sospechaban de mí, de ella, y ella de ellos, y todos sospechaban de todos. Entre los esmeralderos dudar del otro era una religión, y el otro eran todos los otros, ellos y los que pasaban por ahí, y los curiosos, y los vendedores de empanadas, y los desempleados, y los jubilados y los abogados y los tinterillos y los políticos, más que nada los políticos, y el cura párroco de la iglesia de San Francisco y sus acólitos y los feligreses y las beatas. Todos, a menos de que fueran familia, y eso.

S.E. “Esto que me dio es, como dijéramos, una mínima cuota inicial, señorito”.

P.A. “Es todo lo que llevo encima, sólo me queda lo del bus para volver, si es que pasan buses”.

S.E. “¿Para dónde va?”

P.A. “Para el seminario de la 94”.

S.E. “Vaya con Dios”, me dijo, y ante mi indignación, señaló con la boca hacia la iglesia de San Francisco, dos, tres veces, y volvió a decir Vaya con Dios, como si fuera una especie de acertijo.

La miré con ganas de escupirla. Ella lo sabía. Sonrió a medias, pues también sabía que yo no iba a ser capaz de hacerle nada y volvió a hacerme la seña de antes.

S.E. “Que el señor lo tenga en su gloria, mi señorito”.

Yo la volví a mirar con ojos de estrangularla y salí de ahí al borde de la condena, tratando de abrirme camino entre toda aquella gente que esperaba no tener que volver a ver en mi vida. En mi prisa, con la frustración a cuestas, me lancé a la Jiménez y casi me atropella un bus, que chirrió las llantas y frenó de medio lado, como casi todos los buses amarillos y rojos de aquellos tiempos. Levanté el brazo para ofrecerle disculpas al conductor, que me puteó en colores, como era previsible, y sacó por la ventana la cara y una cruceta que bamboleaba por encima de su cabeza.

A salvo de los buses, de los taxis, de la Señora Esmeraldas y sus colegas, entré a la iglesia de San Francisco, cuyas puertas estaban abiertas de par en par y por donde salía la voz del párroco que hablaba sobre la importancia del perdón. Como pude, me ubiqué en una de las últimas bancas, al lado de dos señoras pasadas de edad que se santiguaban y decían Amén cada vez que el cura párroco hacía una pausa.

P.S.F. “Porque el perdón, amados hermanos, es la única opción de limpiarnos el alma y entrar a la casa del señor purificados”.

Señoras: “Ameeeeen”.

P.S.F. “Es el perdón el que nos salva de las miserias y del pecado, y es el perdón sincero, honesto, libre de recompensas terrenas y de tratos entre los humanos, el que nos redime de la culpa”.

Señoras. “Améeeeeeen”.

P.S.F. “Es el perdón el que desarma a nuestros enemigos, por más crueles que hayan sido y por mucho dolor que nos hayan infligido”.

Señoras: “Améeeeeeen”.

P.S.F. “Perdonáos pues, los unos a los otros, hoy, mañana y hasta la eternidad, en nombre de nuestro señor Jesucristo”.

Señoras: “Améeeeeeeen”.

P.S.F. “Amén”.

Libreto original

Fernando Araújo Vélez

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