10 May 2020 - 2:40 p. m.

“Yo Confieso”: Tráfico de pecados-Capítulo Siete

El padre Andrés Eugenio Santacruz se escapa del Seminario y comienza a ser perseguido por misteriosos grupos de búsqueda. Presentamos el séptimo capítulo de la audionovela “Yo Confieso”, creación de la sección de Cultura de El Espectador, que será emitida cada ocho días desde estas mismas páginas, y estará abierto a todo el público desde este domingo, 10 de mayo, a las diez de la mañana.

* Redacción Cultura

Capítulos anteriores

1. Yo confieso: Hágase tu voluntad-Capítulo Uno

2. Yo confieso: Cada uno es tentado por sus propias concupiscencias-Capítulo Dos

3. "Yo Confieso": Los tiempos del demonio-Capítulo Tres

4. "Yo Confieso": Que el señor lo tenga en su gloria-Capítulo Cuatro

5. "Yo Confieso": El que anda en chismes descubre el secreto: proverbios 11:13-Capítulo Cinco

6. "Yo Confieso": Enemigos somos todos-Capítulo Seis

Capítulo Siete

Créditos

Música Ave María- Haëndel

Montaña Personajes Narrador-Padre Andrés (mayor): Fernando Araújo Vélez Padre Andrés: Andrés Osorio Lucrecia Sandoval: Manuela Cano Don Roberto: Nelson Sierra Familiar Lucrecia Sandoval: María Paula Lizarazo Mesera: Isabel Ramírez

Tráfico de pecados

R. “Este es un adelanto de nuestro negocio, padre. Léalo a ver si le sirve y mañana finiquitamos el negocio”.

Leí los primeros renglones, también murmurando, como él, y supongo que fui abriendo los ojos, pues todo lo que iba leyendo me parecía inverosímil.

L.S. “Yo confieso ante Dios todo poderoso y ante usted, su santo representante en la tierra, que he pecado de palabra, obra y omisión, y que mi lista es infinita y grave, dolorosa. Confieso que asesiné a mi padre, muy a pesar de que no deseaba su muerte, y confieso que después me deshice de su cadáver con una frialdad digna de Jack El destripador. Confieso que…”

Iba a continuar, pero don Roberto me rapó la hoja. Me dijo de nuevo que al día siguiente cerrábamos el negocio, que esa carta era nada más una muestra de lo que él sabía y tenía en su poder.

R. “Tenga usted muy buenas noches, padre Andrés, y cuídese mucho, que ya va sabiendo cómo es la cosa acá, y cómo son los negocios conmigo”.

Ni siquiera alcancé a despedirme, porque apenas acabó su despedida, don Roberto cerró la puerta de su caseta, bajó una persiana y apagó la luz. Pensé que se había esfumado mágicamente. O tenebrosamente, no sé. Luego recordé que tiempo atrás, pocos días después de ingresar al Seminario, había oído a algunos seminaristas decir que la caseta de la entrada tenía una escalera que llevaba a a un sótano, donde había una especie de apartamento y donde, como era lógico, vivía don Roberto. Apenas me tiró la puerta en la cara, me palpé para constatar que aún tuviera mis documentos. Después me fui a dormir, aunque no pude dormir bien.

Entre sueños, oí la voz de la señora Sandoval y la vi en una larga conversación con don Roberto. Él le agitaba unos papeles casi en la cara. Ella Lo increpaba con las manos y con la boca y con todo lo que yo alcanzaba a ver. Por momentos, él le entregaba las hojas y ella las leía, como había ocurrido conmigo en la noche. Luego había un momento de tranquilidad que se acababa cuando don Roberto le quitaba los papeles. Cuando me desperté, o mejor, cuando salí del estado en el que estaba para ir a misa de seis, me asomé por la ventana y vi que la señora Sandoval caminaba a toda prisa por el patio interno que daba a mi habitación, y que después se perdía por entre unos matorrales. Angustiado, sin pensar, salí a toda prisa en pijama y con una franela y bajé hasta donde la había visto. No había nadie. Abrí la portezuela que daba hacia el monte. Todo eran árboles, pasto, tierra, piedras y el sonido del viento que mecía las hojas. Vencido, me senté con la espalda contra el tronco de un sauce a ver amanecer. Y amaneció y me levanté. En realidad, no me importó llegar a la misa de seis. Di una vuelta por entre los árboles y subí unos cuantos metros hacia la cima de la montaña, y en la subida empezó a lloviznar. Me sentí como en una película en la que el protagonista era yo y buscaba a una mujer, y la música de fondo era el viento. Para darle más fuerza a la escena, tarareé el Ave María de Haendel y me tiré boca arriba en un pedazo de tierra plano que encontré para ver cómo la lluvia se me venía encima, para imaginar figuras con las nubes e inventar personajes que se amaban y se odiaban y se gritaban.

Cerré los ojos y me dormí. No supe cuánto tiempo, pero cuando me desperté había dejado de llover y yo tiritaba. Pensé que me iba a dar una gripa de los mil demonios y volví a la realidad, a las pequeñas cosas de la realidad. Los relojes, las obligaciones, los cuidados, la ropa, las oraciones, las vírgenes y Dios, el estudio, los libros y la Biblia y el rosario. Los compromisos. Me devolví atiborrado de normas por cumplir, aunque al mismo tiempo, sentí que yo ya no era un sacerdote. No era nada. Ni sacerdote ni hombre ni civil. Nada. En adelante iba a hacer lo que se me antojara, y que el mundo cargara conmigo y me escupiera encima si quería. Cada paso que daba era una especie de paso hacia la libertad y una proclama de libertad. No tenía ni idea de qué había ocurrido con la señora Sandoval, ni quién era el padre Benito, ni qué negocios tenía don Roberto, y menos, qué hacían todos ellos y el párroco de la iglesia de San Francisco, y el tipejo del local de las joyas en La Candelaria, ni qué relación tenían y mucho menos, en qué estaban involucrados. Lo único cierto de todo aquello era que había por ahí un profuso tráfico de pecados, como había dicho don Roberto. Y yo, por el momento, era el idiota del clan. Recolectaba pistas que me dejaban por ahí, quizá con la intención de mantenerme ocupado, y con esas mismas pistas me confundía. Indeciso, extraviado, regresé al patio, subí a mi habitación, me afeité, me bañé, conté unos billetes que tenía de ahorro, guardé los documentos que me había robado de la Sacristía y recogí mis cosas para largarme de aquella vida.

Calculé que en diez minutos mis compañeros y los superiores estarían rumbo a la biblioteca y me fumé el último cigarrillo que me quedaba, aún, perseguido por la culpa de fumar, una culpa que, sin embargo, se fue diluyendo bocanada tras bocanada. Cuando no quedó más que el filtro, le eché un poco de agua y lo lancé al patio y ya no quise pensar más en los pasos que daría. Abrí la puerta, me asomé para asegurarme de que no había nadie, tomé mis cosas y salí. Si estaba de buenas, don Roberto podría andar en sus asuntos, quién sabe cuáles. Y si estaba más de buenas, la reja de la entrada estaría abierta. Con sigilo, pegado a las paredes, atravesé los pasillos que daban a la escalera, y luego bajé los peldaños de dos en dos y crucé la puerta principal. Sudaba, temblaba, sentí que la sangre se me iba salir por la boca en cualquier instante, pero continué. Como si nada fuera conmigo, recorrí el camino del jardín de la entrada y llegué hasta la reja. Abrí y salí. Apenas puse un pie en la Séptima, me largué a correr hacia el sur por la misma acera del Seminario. En el primer semáforo, tomé hacia el occidente, y ya en la carrera once, me senté en un murito a descansar y a pensar en lo que haría. No tenía nada claro. Quizá tampoco quería tener nada claro. Deseaba dejarme llevar por las circunstancias, y las circunstancias me depositaron en un hotelito por el barrio de Teusaquillo en el que me escondí y dormí y empecé a vivir aquello que llamaban libertad. Por la noche salí a caminar un rato y a comer algo.

Lo que creí que era la libertad, fue un sentirme perseguido por todos y cada uno de los transeúntes con los que me crucé, porque todos podían ser cómplices del padre Benito, o del párroco de San Francisco, o de la señora Sandoval o de don Roberto. Todos podían ser enemigos, más allá de que no tuviera muy en claro por qué podía yo tener enemigos. Poco a poco me fui acobardando. Caminaba por los lugares más oscuros, con la mirada enterrada en el piso y el cuello del saco subido. Apretaba dentro del bolsillo del pantalón el rosario de cuentas de madera que me había regalado mi madre diez o doce o quince años atrás, y lo apretaba pues sólo con aquel rosario me sentía algo seguro. El rosario era la virgen, y la virgen era Dios, y Dios era la salvación, sin duda. Dios, no los curas. Dios, no el Seminario. Dios, no don Roberto. Dios, no las oraciones ni las biblias. Ni siquiera los rosarios.

Con Dios todo lo puedo, dije para mis adentros y enseguida sonreí y levanté la cara, y luego pensé que seguro desde hacía varias horas me estarían buscando. No por mí, por supuesto, si no por lo poco que sabía, que para ellos debía ser mucho. Entré a un restaurante y pedí carne. Mientras esperaba, decidí que lo primero que debía hacer era buscar a la señora Sandoval. Don Roberto era el único que me podría ayudar. Todas las relaciones son de mutuos intereses, había dicho. Y era cierto. Yo te doy, tú me das. Hasta el amor era un negocio, aunque sonara sucio. Yo le iba a dar alguno de los documentos que tenía, y él me informaría dónde podía hallar a la señora Sandoval, así de simple. En la espera de la comida, organicé mi plan para el día siguiente en la noche, tipo ocho, que era más o menos la hora a la que había ido el tipo del Land Rover el día anterior, pero mientras aguardaba, comencé a sentir que el pulso se me aceleraba y que no iba a estar tranquilo hasta que tuviera la dirección de la señora Sandoval en mis manos. Pensé en llamar por teléfono. Sin embargo, de estúpido, no me sabía el número de la portería. Tanto tiempo metido allá, pasando por enfrente de don Roberto, saludándolo y hablando con él, y no me sabía su número. Le pedí al señor de la caja registradora un directorio y busqué. Sólo había un número. Decidí pedirle el favor a un mesero de que llamara. Me contestó que no tenía permitido hacer ese tipo de favores. Hablé con el de la caja. Respondió que no tenían línea desde hacía tres días. Desesperado, le dije que me guardara la comida, que tenía que salir a las carreras por una urgencia, y me fui sin oír lo que decía, que seguro debía ser que iban a cerrar y bla bla bla. Salí casi corriendo, fui a mi habitación por uno de mis papeles sin revisar mucho, que la suerte decidiera, y fui en busca de un teléfono público, aunque sabía que estaba matando el tiempo sin ningún sentido, y esperando un milagro. Por fin, vi que pasaba un taxi y lo detuve. Le pedí al chofer que me llevara al Seminario. Puso el taxímetro y arrancamos. Llegamos en diez minutos. Eran más o menos las ocho. Las luces internas del seminario se acababan de apagar. No había nadie por el jardín principal. El taxista me preguntó si me esperaba. Le contesté que no, o que si podía recogerme en quince minutos. Sonrió a través del espejo retrovisor y asintió con la cabeza.

Me bajé y me sentí como debía sentirse un ladrón antes de su primer golpe. Quería gritar, correr, botármele al primer carro que pasara, pero me contuve porque me metí en el papel de investigador que había diseñado, y actué. Medio escondido, medio agachado, busqué entre las matas que cubrían las columnas de la verja de la entrada el timbre que el señor del Land Rover había presionado la noche anterior. Recorrí con mis manos la superficie de piedra y bajé hasta la tierra y subí, pero no hallé nada. Bajé de nuevo y ascendí otra vez. Toqué los bordes, pasé al costado interno del muro, escarbé la tierra. Nada. Agarré un palito y lo deslicé por la verja para ver si don Roberto salía. Nada. Derrotado y angustiado, tiré una piedra contra la caseta de la portería y oí que la piedra daba contra un vidrio y lo quebraba. De inmediato salió don Roberto con una linterna y un palo. Yo me escondí entre las matas, si es que a aquello se le podía decir esconderse y lo vi abrir la verja y salir a la calle. Le silbé y lo llamé,

P.A. “Don Roberto, don Roberto”.

R. “¿Quién anda?”

P.A. “Yo, el padre Andrés, no haga ruido”.

Me alumbró con su interna y amagó con darme un palazo.

P.A. “Tengo un trato, don Roberto, le va a gustar, pero apague esa cosa”.

R. “¿Y por eso tenía que romperme los vidrios?”

P.A. “No, claro que no, es que no sabía cómo llamarlo”.

R. “Bueno, hable de una que si lo ven acá, a la guandoca”.

P.A. “Sí, yo lo sé, por favor no me delate”.

R. “Que hable, le digo”.

P.A. “Mire, le doy este documento y usted me informa dónde puedo encontrar a la señora Sandoval”.

R. “¿Y qué tiene ese documento?”

P.A. “Son tráfícos de pecados, como usted dice”.

R. “Sí, bien, muy bien, ¿pero de quién?”

P.A. “Mire usted mismo”.

Le entregué la carpeta de Julio Villamayor, el señor que se había batido a duelo con su mejor amigo y lo había matado por asuntos de mujeres. O de amores, mejor.

R. “La culpa lo persigue día tras día y noche tras noche. 100 mil x 30”, leyó don Roberto y se rió.

R. “Este señor, este señor, claro, ja, sí, este señor…”

P.A. ¿Quién es? ¿Lo conoce?

R. “Hombre, claro, si es el más estirado de todos los que vienen a misa. Ni saluda. Se cree que que es de una raza superior, y mire usted. Gracias, padre Andrés, no se imagina el tesoro que me ha puesto en mis manos”.

P.A. “¿Y el trato?”

R. Ah, sí, claro, el trato. Mire, espere un momentico y le doy lo que necesita”.

Don Roberto sacó de su bolsillo una libreta, arrancó una hoja y anotó un número de teléfono. Me lo pasó, se rió una vez más, y se despidió como si fuera un capitán de navío.

R. “Es un verdadero placer hacer tratos con usted, padre”.

En la medida en que don Roberto se retiraba, yo miraba el papelito que me había dado e intentaba aprenderme de memoria el número. Entonces llegó el taxi por mí y me llevó al hotel. En el camino pensé que llamaría a la señora Sandoval al día siguiente, pero cuando llegué a la habitación y vi el teléfono tan solo, tan ahí, tan a disposición, levanté el auricular y marqué: 2 1 3 3 3 6 9. Apenas el disco se devolvió del último número, colgué, y apenas colgué caí en cuenta de que don Roberto había anotado el teléfono de memoria, así como así, sin copiarlo de ninguna parte. Era obvio que había algún tipo de relación entre ellos, y una relación estrecha. Sorprendido, y más que sorprendido, algo molesto, me tiré en la cama boca arriba para leer los números que había escrito don Roberto a contraluz. Quería aprehenderlos, aunque no sabía ni por qué ni para qué. Los vi, imaginé que era una hormiga que caminaba por los contornos de cada número, cerré los ojos con fuerza para concentrarme, y cuando los abrí repasé el resto de la hoja y vislumbré huellas de letras y letras y letras que, supuse, eran de algo que había escrito alguien en la libreta. Lo más seguro es que fueran de mi reciente socio. No había sino letras muy pegadas, casi que apeñuscadas en un solo párrafo. Sobresaltado, dejé la hoja sobre la cama, como si fuera un cristal muy fino, y busqué un cuaderno para transcribir lo que lograra descifrar, pero no logré mayor cosa. Con cierto temor, le quité la caperuza a una lámpara que había sobre el escritorio de la habitación, deslicé el vidrio que tenía encima, puse la lámpara, pelada, debajo, y armé una especie de mesa de fotografía. Coloqué con mucho cuidado el papel, y con un lápiz empecé a reteñir lo que estaba en un bajo y demasiado sutil relieve. Por un momento, me sentí como el Andrés Santacruz de los últimos años de la escuela, que trafica con informaciones veladas. Las primeras líneas decían:

Marzo 25, 1987. El padre Andrés se ha escapado del seminario, al parecer, con muchos secretos en su equipaje, pero lo que no sabe el padre Andrés es que sus secretos son harto conocidos por varios de la comunidad, empezando por el padre Benito y siguiendo por mí, aunque suene pedante. Los dos sabemos que los xxxxxxx que guarda en su maleta tienen información sobre los feligreses de esta iglesia, información xxxxxxxxxx que fue descrita por su eminencia xxxxxxxxxx y que el reverendo padre Benito tiene algunas copias. Desde la salida del padre Andrés, a eso de las diez de la mañana, los tres padres superiores de la congregación han xxxxxxxxxxxx un equipo de búsqueda, compuesto por los seminaristas xxxxxxxxxx y Paéz, y por los padres Caputo y Xxxxxxxxxxxx, que están a órdenes del capitán Serrano, jefe de inteligencia de la Xxxxxxxxxxxx, y por la señora Sxxxxxxxxx, directora de los servicios secretos de la Xxxxxxxx xxxxxxxxxxx. Una vez sea detenido, el fugitivo será interrogado, pues se sospecha de su participación en algunos xxxxxxxxxxx sucedidos durante el último año. La información, hasta el momento, es que no ha salido de Bogotá, y que ya se han distribuido fotografías…

Por más esfuerzos que hice, no logré descubrir qué decían las palabras que puse con xxxxxxxxxx. Algunas eran de suma importancia, como los nombres del grupo que me estaba buscando. Otras se podían adivinar. La que más me preocupaba era la de la directora de los servicios secretos, cuyo nombre o apellido comenzaba con S. La primera persona en la que pensé fue la señora Sandoval, y de sólo pensarlo sentí que me clavaban un puñal en el estómago, un puñal que sabía a traición, aunque yo no tuviera nada que ver con ella. Había pensado tanto en que ella, precisamente ella podía ser mi salvación, que imaginar que me perseguía era una pesadilla. En todo aquel asunto, era la única persona que me interesaba, tal vez porque me creí del todo, y de principio a fin, lo que me había contado en la clínica y en el banco de la quince la tarde en la que me la encontré por casualidad, o más que eso, porque en su mirada había tristeza, y uno no puede dirigir un departamento de servicios secretos siendo triste, llevando en el alma una carga inmensa. No, eso es imposible. Lo pensé entonces y aún lo sigo pensando, con el resultado puesto. Además, tenía el documento en el que había confesado el asesinato de su padre. No obstante, según fueron pasando los minutos y las horas, porque estuve despierto casi hasta la madrugada del día siguiente, mi convicción se empezó a resquebrajar. El dichoso documento podía ser una absoluta mentira, una falsificación para fines que no conocía, pero más que eso y que nada, estaban sus saludos con el padre Benito, saludos muy cercanos y muy lejanos al tiempo, como actuados. Lo de la mirada triste fue culpa mía y de nadie más. Yo la vi así. Yo la quise ver así. La inventé triste, y por su tristeza le creí, y por su tristeza me aferré a ella y creí que era la única que podía salvarme.

Con Lucrecia Sandoval hecha humo, hecha fuego, y luego, leños de una chimenea, y por fin, extinguiéndose, me fui quedando dormido. Desperté ante del mediodía de un sobresalto cuando la señora del aseo tocó a mi puerta. Le pedí que me esperara diez minutos, nervioso y paranoico, y me bañé a toda prisa. Cuando me vestí, abrí la puerta, pero la señora no estaba. No había nadie. Metí los papeles en un maletín, arreglé la lámpara y el escritorio y salí para llamar a la señora Sandoval desde un teléfono público, pues supuse que los teléfonos del hotel estaban intervenidos. Fuera lo que fuera y pasara lo que pasara, ella seguía siendo esencial para mí. Tenía que enfrentarla. Caminé hasta la avenida 26 y tomé hacia las montañas, y ya sobre la Caracas, determiné que estaba fuera de peligro. Podía marcar desde el primer teléfono que hallara, y marqué con la parte de atrás de un lápiz desde un aparato grasoso y negro de tanto hollín y de tantas manos sucias, y de tantas monedas, y de tanto vaho, supuse. Marqué los siete números que me separaban de la señora Sandoval, e imaginé después mi voz llegando hasta ella por entre los cables del teléfono, mi voz que le decía,

P.A. “Señora Sandoval, le habla el padre Andrés Santacruz, no sé si me recuerde de las veces que nos encontramos en la clínica de San Ignacio y en la carrera Quince”.

Imaginé después que ella me respondía,

L.S. “Por supuesto, padre Andrés, claro que lo recuerdo, cómo poder olvidarlo a usted”.

Y me quedé imaginando, porque el teléfono de la señora Sandoval estaba ocupado. Por una parte, el tono de ocupado me tranquilizó. En el fondo, era lo que deseaba. Aplazar el enfrentamiento. Aplazar la verdad. Aplazar a la señora Sandoval. Por otra parte, me angustió. Apenas colgué el auricular, volví a mi condición de fugitivo, y más que eso, a mi condición de buscado. Vislumbré los muros de la ciudad y los postes de la luz repletos de afiches con un dibujo de esos de comisaría con mi rostro y abajo, como en las películas del Oeste, en letras grandes, negras y rojas, Se busca, Andrés Santacruz. Recompensa, un millón de pesos. Observé para un lado y para el otro y por detrás de la caperuza que encapsulaba el teléfono, o como se llamara aquello. Todo el mundo comenzaba a parecerme sospechoso. Los emboladores que se hacían afuera del hotel Tequendama, las señoras que vendían flores, los encorbatados que se lustraban los zapatos, los transeúntes que iban o volvían a sus oficinas. Para esconderme de nuevo, marqué otra vez los fatídicos siete números, contando los segundos que el disco se demoraba en ir llevado por mi lápiz y en regresar. Estaba tan absorto con mis tonterías, mis números y mi imaginación, que pasó un diminuto instante antes de que cayera en cuenta de la voz de mujer que me decía hola, a la orden, desde el otro lado de la línea.

P.A. “Sí, hola, perdón, ¿está la señora Sandoval, por favor?”

L.S. “De parte de quién?”

P.A. “Del padre Andrés Santacruz, un conocido”.

L.S. “Un momento, voy a ver si se encuentra disponible”.

P.A. “Sí, lo que pasa es que…”

La señora que me había respondido no alcanzó a oír nada de lo que le quería decir, y era que estaba en un teléfono público. Se fue y me dejó ahí, hasta que transcurrieron los tres minutos de la llamada y tuve que colgar. Inserté otra moneda, la última que tenía para llamadas, y volví a discar para que me respondiera la misma señora y me dijera, sí, sí, perdón, un minuto. Me volvió a dejar ahí, con la bocina en la oreja, con la grasosa bocina en la oreja, y pasaron de nuevo los segundos, un minuto, la gente que caminaba por la acera del Tequendama, los buses, los taxis, y transcurrieron otros sesenta segundos y siguió la cuenta regresiva, hasta que habló la señora Sandoval, o la misma mujer de antes con un tono y acento ligeramente distinto.

L.S. “Sí, padre, qué gusto saber de usted, cuénteme a qué debo este honroso milagro”.

Le iba a contar, pero apenas comencé se acabó la llamada y quedé en el aire, y desde el aire, desde la impotencia, desde la rabia, le di varios puños a la cabina caperuza paraguas que fungía como teléfono público y maldije la ciudad y el país y su gente, y grité,

P. A. “Maldita, maldita, maldita, lo sabía, sabía que estaba en un teléfono público y se hizo la decente, maldita, ojalá la atropelle un bus cuando salga a la calle y quede hecha pedacitos, bruja asquerosa, hija del demonio, y este teléfono de porquería, también hijo del demonio, y yo, malnacido…”

Mis maldiciones debieron haberse oído por encima de los pitos y del tránsito y de las charlas de la gente y de los gritos de los vendedores, porque todo el mundo volteó a mirarme, era lo lógico, y desde su lógica y la lógica de la situación, me callé, tomé mi maletín y salí a buscar un directorio, que fue lo primero que debí haber hecho. Esperanzado, subí a la Séptima y caminé hacia el sur. Me detuve en una tienda a dos cuadras de la 26 y le pedí a la mesera que me prestara un directorio. Increíblemente, me sonrió y me dijo que con mucho gusto, que a mis órdenes. Y busqué la Ese, y la Ese con la A, y la Ese con la a y la n, y seguí hacia abajo y cotejé los Sandoval que había con el número de teléfono que me había dado don Roberto. Y pasé una y dos y tres y cinco columnas de una página, y continué con otra página, y en la mitad, entreverado entre todos los Sandoval de la ciudad, estaba el nombre de Lucrecia Sandoval con el número de teléfono que yo ya me sabía de memoria. Celebré con la misma emoción, e incluso la misma rabia con las que había maldecido al mundo unos minutos antes. Llamé a la mesera y le pedí una cerveza.

P.A. “Tengo que celebrar”, le comenté.

M. “Está en su casa”, me dijo, dio media vuelta, se metió detrás de una barra y salió con una cerveza que chorreaba gotas de hielo.

De las diez cervezas u once que me habría tomado en la vida, aquella fue la que más recordé. Me la bebí casi de un solo trago, gnu, glu, glu, diseñando el camino que iba a tomar para llegar a la casa de la señora Sandoval, en la calle 32 con 16. Me sentía tan eufórico, que le dejé un billete largo a la mesera, le sonreí y le dije que se quedara con la vueltas.

M. “¿En serio?”

P.A. “Sí, en serio, usted me ha devuelto la vida”.

M. “Pero esto es mi sueldo de una semana”.

P.A. “Cuánto mejor”.

Me fui por la Séptima y bajé por la 34. Más que caminar, sentí que volaba. Ya abajo de la Caracas comencé a disminuir la velocidad, que es como decir, empecé a pensar en lo que iba a hacer, en lo que le iba a decir a la señora Sandoval. Construí decenas de discursos, hasta que concluí que lo mejor era no preparar nada, decir lo que se me ocurriera en ese instante, que de cualquier manera, iba a estar salpicado de todos los pensamientos que había ido acumulando durante los últimos días. Encontré la casa casi de sopetón. Me estrellé con ella. No quería que todo fuera tan rápido. Prefería degustar la situación. Ir paso a paso para que cada paso se me quedara grabado, así que eché un vistazo a la puerta de la entrada, al pequeño jardín que la antecedía, y di una vuelta larga. Cuando regresé, respiré profundo y toqué el timbre. Uno, dos, tres, cuatro, diez, veinte. Volví a timbrar. Uno, dos, cinco, viente, veintidós, y por fin vi que alguien abría la puerta, y después, que ese mismo alguien, una mujer, preguntaba,

S.C.L.S ¿A la orden?

La mujer que habló no se dejó ver. Aguardé unos segundos a que saliera, pero seguía detrás de la puerta, así que decidí hablar, o mejor, gritar.

P.A. “Sí, gracias, es que quisiera saber si se encuentra la señora Sandoval”.

S.C.L.S. “Acá somos varias Sandoval, cuatro, para mayor precisión”.

P.A. “Ah, bueno, sí, disculpe. Estoy buscando a la señora Lucrecia Sandoval, ¿se encuentra ella?

S.C.L.S. “Lucreciaaaaaaaaaaaa, que la necesitan en la puerta, un hombreeeeeee”.

Otra vez los segundos, los números, las cuentas, la espera, la impaciencia, el temor, la angustia. Otra vez el misterio, el creer que la vida toda cabía en unos instantes y en la posible y necesaria presencia de una sola persona, Lucrecia Sandoval.

S.C.L.S. “No señorito, lo lamento, parece que salió”.

No quise preguntar si regresaba más tarde o no, si se había ido de viaje o si se había muerto. Sólo agradecí y me largué, y camino hacia ninguna parte en especial, fui tratando de recordar quién me había dicho señorito últimamente, hasta que me acordé de la señora de las esmeraldas, la doña Esmeraldas misteriosa y confianzuda de la 13 con Jiménez que me envió al centro adonde el tal Tomás, y apenas se me vino a la cabeza el tal Tomás, caí en cuenta de que no había ido a verlo al día siguiente de nuestro encuentro, como había dicho que lo hiciera.

En aquel momento, la historia de Tomás y de doña Esmeraldas y de las plumas con motivos precolombinos parecía historia antigua. Sin embargo, era parte de toda la historia. No la podía ignorar. En realidad, no podía ignorar nada, por eso en vez de perder el tiempo dándole vueltas a la manzana de la casa de la señora Sandoval, decidí ir al puestico de Tomás, que me vio y me hizo cara de que conmigo no se podía, o algo por el estilo.

P.A. “Discúlpeme, Tomás, pero fue que me metí en un lío terrible y apenas si estoy saliendo de ahí”, le dije.

Libreto original

Fernando Araújo Vélez

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