Para Noam Chomsky, las palabras son “un espejo de la mente”, y para usted, ¿qué son?
La consecuencia natural de la manía de los humanos por darle un nombre a todo.
¿Cómo es eso de hacer un diccionario sobre “el español hablado en Bogotá”?
Es una terapia ocupacional para recordar, reírse, enojarse y aclarar u oscurecer conceptos.
¿Qué lo motivó a ir detrás de estos términos?
Dos de mis mayores pasiones: mi ciudad y las palabras... El Bogotálogo me permitió —literalmente— conjugarlas.
¿Cómo fue la cacería de términos?
En el caso de los antiguos, fue como el trabajo de un viejo guaquero. En el de los más recientes, como el de un chismoso... armado de libreta, grabadora y paciencia.
¿Qué es un cachaco?
Una especie amenazada de extinción, como los urapanes. Es un dandi sabanero de modales afectados, mentalidad provinciana y fino humor.
¿Un top de las palabras bogotanas más antiguas y divertidas?
Guaricha: princesa muisca. Guache: guerrero de la frontera. Chicha: lo contrario de ‘whiskacho’. Picho: putrefacto. Todas son de origen chibcha.
¿Y uno de las últimas que han entrado en la lista de bogotanismos?
Con el asunto de la igualdad de géneros hay unas muy curiosas (de manufactura femenina). Hembro, huevona, marica (dicho de una mujer a otra), y el face (afeminada y absurda abreviatura de Facebook).
¿Esta publicación tiene algo que ver con el ‘Diccionario del parlache’ en Medellín?
Lo conozco y me gusta. Son obras contemporáneas, y eso ya genera una cercanía.
¿Qué descubrió de los bogotanos con su publicación?
Somos tan buenos para crear palabras como para olvidarlas. Sufrimos de amnesia selectiva y no nos da vergüenza demoler nuestros monumentos para hacer parqueaderos.
¿Qué es lo más bogotano que tiene?
No sé nadar. Aunque soy bogotano de primera generación, cuando salgo de la ciudad me pican los zancudos y a los balnearios les digo ‘tierra caliente’.
¿A quién le regalaría un ‘Bogotálogo’?
Al alcalde Gustavo Petro. No he encontrado la forma de hacérselo llegar. Ni por Twitter me contesta.
¿Dos términos compilados que no había descubierto antes de la publicación?
¡Nos Belmont! ¡Ampárame Grisales!
¿Cuáles serían los más cachacos del diccionario?
Cachifo, frondio, ñuco, whiskacho, pisco.
¿Qué guardan los términos de la historia de la ciudad?
Pistas, que si se saben descifrar serían buen material para una tragicomedia aún no escrita.
¿Cuáles son sus preferidos?
Matiné, Chapinero, copetón, calambur, altozano.
¿El piropo más bogotano?
“Chinita querida, de la alborada lucero. Si tú me dejas por otro, del guayabo yo me muero”.
¿El saludo?
“Ala, cómo estás”, título, además, de una vieja canción de los años 40 del siglo XX.
¿Una frase de amigos?
Dos: “El último y nos vamos” y “Conmigo pa’ las que sean”.
¿A qué se dedica cuando no está rastreando palabras?
Estudié música y literatura. Escribo y hago radio (cuando hay cómo y en dónde).
¿Cómo saber que un bogotanismo nació en la capital y que no viene de otra región o es producto de otros híbridos?
Investigando, comparando, preguntando. En último caso... adivinando y especulando (como algunos adivinadores de la Caracas).
¿Cuántos términos reúne este diccionario?
Alrededor de 4.000. No está mal para 500 años de historia. No tenemos metro, pero sí palabras.
¿Cuánto tardó en reunir los términos?
Unos 35 años, contados desde que nací. Tres, contados desde que empecé a hacer el Bogotálogo.
Si revisa los términos con los que se conversa en Bogotá, ¿cómo define a esta ciudad?
Como un espacio no del todo consciente de sus encantos y de su ingenio.
Un lugar para declararse en Bogotá.
Cualquiera que no sea Monserrate. Dicen que cobija a las parejas de mala suerte.
¿Para terminar?
El Salto de Tequendama... Muchos terminaron ahí... ¡Y de qué manera!