30 Dec 2020 - 2:00 a. m.

“Hijas del agua”: la obra vuelve al origen

Esta obra de Ana González y Ruven Afanador, una poética de la realidad indígena y ancestral nacional, quedó recopilada en un libro que fue entregado a las comunidades junto a malokas, el lugar donde se perfecciona el saber y se transmite a nuevas generaciones.

Lilian Contreras Fajardo

Ana González y Ruven Afanador lanzaron a principios de diciembre Hijas del agua, un libro que recopila el proceso de concepción, creación y ejecución de una obra que en principio tuvo forma de exposición en el Museo Santa Clara de Bogotá, un formato al que volverá en febrero, seguramente, cuando pueda llegar al Museo Nacional de Colombia.

Mientras eso sucede, esta obra que se conforma principalmente de fotografías tomadas por Afanador e intervenidas por González, de mujeres, hombres y niños de 21 etnias indígenas que viven alejadas del centro urbano colombiano, regresó a su lugar de origen, pues los artistas llevaron el libro a aquellas comunidades con las que han trabajado durante tres o cuatro años.

Esta entrega refleja el agradecimiento de los artistas a los pueblos que los acogieron, al conocimiento que les compartieron, a la disposición por dejarse capturar en una foto y por enviar representantes a los conversatorios que se realizaron en 2018 en el Santa Clara, entre otras cosas.

También representa, según José Shibulata, mamo (autoridad) del pueblo kogui de la Sierra Nevada de Santa Marta, un informe de lo que hacen por la comunidad y por la naturaleza, pues con el libro se oficializó también la donación de una nujué o maloka para los hombres.

Gracias a este proyecto, las comunidades indígenas cuentan con un fondo en Davivienda (editor del libro) que sirve para la construcción de otras malokas en varios resguardos indígenas, algo muy importante, porque es el lugar donde se perfecciona el saber y se transmite a las nuevas generaciones.

Es así como Hijas del agua transita en la línea que los historiadores califican como arte político, pues se nutre de la realidad de una sociedad para producir una obra, pero también es arte social, colaborativo o relacional porque la comunidad participa en el proceso y se beneficia con el trabajo, generando así el intercambio de saberes.

La obra nació en 2016 cuando Ruven Afanador y Ana González se conocieron en Chiribiquete. En ese momento empezó la amistad y un trabajo que la artista cataloga como “ensayo y error”, pues él tomaba fotos, ella las intervenía y luego veían cómo seguir el proceso.

De hecho, comenta Afanador, la exposición que se presentó en el Santa Clara fue un “previo”, porque se conformaba de fotos tomadas a cuatro etnias, y luego continuaron el proyecto siempre con la meta de que fuera un libro.

“Históricamente era increíble poder tener a los indígenas fotografiados en este espacio donde no podían entrar en los tiempos de la Colonia (cuando era una iglesia católica). Esa exposición nos dio empuje para continuar”, recuerda el artista.

Afanador, reconocido fotógrafo de celebridades y moda internacional, siempre tuvo el objetivo de homenajear a su tierra natal con un libro y, ahora que ya está publicado, espera que tome vida propia para que pueda generar curiosidad e inspirar a otros artistas.

En sus fotografías, dice, se esmera por “honrar todo lo que está detrás del momento” para que la persona que posa se sienta feliz con el resultado.

Ana González agrega que con Hijas del agua no buscan entrar en la línea de tiempo de la historia del arte colombiano, porque lo que han hecho es ser fieles a sí mismos, que “es el arte en el sentido más puro”. Por eso, comenta, se esforzó por realzar la realidad diaria de los indígenas para volverla poética, luego de escucharlos y entenderlos.

“Nosotros queríamos mostrar la belleza, la elegancia, la dignidad, la sensualidad y casi que el erotismo de nuestra cultura ancestral que ha estado tan apagado porque se le quitó el reconocimiento”, indica la artista.

Afanador ratifica esa teoría y comparte una anécdota con Diane Keaton, actriz de Hollywood y gran amiga de él, con quien se sentó a ver la sección en inglés del libro, y a quien “le llamó la atención la sensualidad y el erotismo. Fue hermosísimo porque ella no conoce las etnias colombianas y ver qué perciben, es especial”.

Hijas del agua se presenta, coincidencialmente, en un momento en el que se ponen a prueba el colonialismo y la mirada occidental que rige al mundo, por lo que es una oportunidad para que los ciudadanos se acerquen al pasado ancestral y le den la posibilidad de reivindicarlo siglos después de la Conquista.

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