Magola Moreno: la aprendiz que ya sabía

La artista plástica de tiempo completo y otrora creativa en mercadeo y publicidad muestra una propuesta simple y delicada, y a la vez intensa y vital, con una estética singular en la que predominan las figuras de mujeres delgadas.

Magola Moreno se define de la siguiente manera: "Hoy soy una artista joven con una trayectoria corta en una carrera de largo impulso".Danilo Kusta

“La vida es una osada aventura o nada en absoluto”

Helen Keller

Pueblo Bello, Cesar, está ubicado en medio de las montañas que hacen parte de la Sierra Nevada de Santa Marta. Es, en general, un lugar tranquilo que mantiene un clima agradable, templado, y ríos con aguas muy frías. En sus calles y cercanías se pueden ver diariamente a los arhuacos, quienes, en su mayoría, viven en poblaciones aledañas, pequeñas, como Simonorua, Jimain y La Caja, entre otras. O en Nabusímake (‘La tierra donde nace el sol’, según la leyenda arhuaca), un pueblo indígena que es a la vez un epicentro cultural y espiritual, de casas hechas con paja, bahareque y piedra, y de paisaje asombroso. Queda a una hora en carro – campero - por un camino destapado, algo agreste, desde Pueblo Bello. A este último, fui a buscar para charlar acerca de su trabajo, y también un poco de su vida, a Magola Moreno: artista plástica, hija de una pintora barranquillera y un marino francés, talentosa, directa y aguda en sus apreciaciones, perspicaz, de buen humor, y mamá de Alexandra. (Le puede interesar: Marcela Sánchez o una mirada sensible en el taller)

Pero, ¿qué hace esta artista, además citadina, cinéfila, lectora, destacada publicista en otros tiempos en el competitivo y difícil mundo de las ideas y las ventas, en medio de las montañas de la Sierra Nevada? Buena pregunta. Buena en la medida en que no tiene respuesta clara o definitiva ni siquiera por parte de la protagonista: “No sé. La verdad es que no sé… Hace rato que me sentía expulsada de mi entorno natural, de Barranquilla. O de Puerto Colombia, que ha sido mi casa durante mucho tiempo. Y, a decir verdad, de todo ese ‘mundillo’ artístico… de ese panorama, a mi modo de ver, bastante desolado en términos de mercado (del arte) en el Caribe colombiano… Caribe que adoro y que he disfrutado gran parte de mi vida, pero con el que también ya nos estábamos mirando de reojo, pidiendo un cambio, un viraje: él se quedó, claro, y yo busqué otro rumbo. Y aquí me tienes, en este verde y con esta brisa fresca que era lo que mi alma y mi trabajo al parecer estaban pidiendo hace tiempo”. (Lea también: Leonardo Palencia: trazos de un autorretrato auténtico)

Magola Moreno es, como dicen, de verbo fácil. Habla rápido y es elocuente. Y usa lentes. Y después de unas primeras palabras que incluyeron un saludo convencional, y con una seriedad y un convencimiento que nunca le creí, intentó salirle al paso a cualquier tipo de formalismo que pudiera implicar esta conversación:

- Lo primero que te voy a aclarar es que yo no soy ninguna pintora.

- ¿Por qué dices eso?

- Porque todavía no sé pintar. Por lo tanto soy una aprendiz.

- Pero tus cuadros, tus dibujos, y todo lo que pintas dicen otra cosa...

- ¿Qué dicen?

- Que eres una pintora, y de las buenas.

- Muchas gracias. Te creo. – deja ver una sonrisa casi infantil y remata- Tal vez soy una aprendiz que ya sabía.

- Eso sonó muy extraño, pero muy bien. Y coincido.

En su más reciente exposición, en Cali, hace un poco más de tres de meses, Magola Moreno, artista plástica de tiempo completo y otrora creativa en mercadeo y publicidad, mostró una propuesta plástica con una finura y una agudeza intrínsecas que la hacen simple y delicada, y a la vez intensa y vital, con una estética singular donde predominan las figuras de mujeres delgadas, delgadísimas, y de miradas profundas. (Además: Walter Arland y su empecinada búsqueda de la perfección) 

Sobre ese particular, Magola Moreno apunta: “Mi pintura es automática: a veces creo que mi mano derecha tiene memoria y cuenta su propia historia. Mi pintura es acerca de la persona, me interesa en tanto su presencia, o su fantasma, o su recuerdo. Los personajes son conocidos y soy yo. Me interesa lo que me rodea aunque no lo retrate: del retrato lo interesante es el alma del retratado y en esto el entorno, el espacio en el que se insertan las personas cuenta su propia historia. Sin embargo a pintar solo se aprende pintando y a pintar nunca se termina de aprender”. (Le puede interesar: Celso Castro y un autorretrato con ballena)

A medida que la charla avanza, no hay necesidad de plantearle muchas preguntas, pues ella misma va entrelazando los hechos que han marcado su amor por la pintura y por el arte en general: “Soy hija de un marino mercante y una pintora. La casa de mi primera infancia en Puerto Colombia fue un sitio de encuentro de artistas intelectuales de los años sesenta en Barranquilla. Mi madre – Mayra Paba Núñez- fue una pintora de gran talento con una visión del mundo enmarcada en el trópico barranquillero, o sea Puerto Colombia. Los salones de baile, los atardeceres, el castillo de Salgar, los niños y mujeres sentados mirando al vacío fueron sus temas y mis primeros contactos directos con la pintura y sus procesos”.

Sobre su padre, quien también incidió en su temprano acercamiento al arte, comentó: “Mi papá –Ricardo Moreno Arjona- trabajó, entre otras cosas, piezas repujadas en bronce y cobre, hizo cosas bellísimas, en la sinagoga de la Caridad del Cobre, en Barranquilla, por ejemplo, hay piezas increíbles de esta etapa de su vida. Fue un coleccionista de arte y tuvo una galería llamada Atenea, donde pude estar a solas por horas con la obra de artistas como Edgar Negret, Freda Sargent, Enrique Grau, Cristo Hoyos, Rodolfo Abularach, Susana de Goenaga, Jaime Correa y Ramiro Gómez, entre otros… eso sumado a que la casa estaba llena de buen arte… Puedo decir que pase la adolescencia cogiéndole las nalgas a la Bachué, una serpiente-mujer de mármol negro, de Rómulo Rozo, que estaba entre una sala y el comedor”.

No es la primera vez, por supuesto, que un viaje juega un rol determinante en la vida de esta artista: “Con la separación de mis padres vino la etapa andina de mi niñez. Vivimos en Bogotá y Cota, en Cundinamarca. Ahí tuve la dicha de estudiar en el Liceo Juan Ramón Jiménez, que entonces como hoy tienen un enfoque abierto de la educación. Así, a los ocho años, yo ya había cultivado una huerta, armado en la imprenta un libro de cuentos con alguna ilustración mía, pintado mi primer mural y construido una casa en un árbol: cosas muy especiales que alimentaron lo que soy hoy 50 años después. El regreso a Barranquilla para hacer el bachillerato supuso un cambio total, un rompimiento con el mundo salvaje de la montaña para comenzar a asimilar códigos sociales a los que nunca me acostumbré del todo. Cuando tuve que decidir sobre mis estudios superiores no tuve el valor de oír mi corazón, y en vez de hacer bellas artes estudié diseño gráfico… Y bueno, fui publicista, fui exitosa y fue divertido y rentable… Y gracias a mi hija Alexandra Arciniegas todo tuvo y tiene sentido”.

Su hija, precisamente, fue el detonante para que Magola Moreno tomara la decisión de darle un importante punto de giro a su historia: “Mi hija, Alexandra, estudio arte y esa decisión suya me empujó a mí a intentarlo, pero sin academia, porque ya no hay tiempo y porque no hace falta, porque siempre he sido una artista: una dibujante, una ceramista, una talladora, pero sobre todo una pintora. Hoy soy una artista joven con una trayectoria corta en una carrera de largo impulso… Y, a pesar de todo esto, como ya te dije, no soy ni quiero ser otra cosa que una aprendiz, y es maravilloso: reconozco que hay un gran placer en serlo. ¿Para qué quiere uno en la vida ser una cosa distinta a eso?”.

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Giancarlo Calderón

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Magola Moreno: la aprendiz que ya sabía

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