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19 Jun 2020 - 2:00 a. m.

Pala: el ave que musicaliza sonetos

Juanes, Jorge Drexler y Santiago Cruz son algunas figuras de la música latina que acompañan a Carlos Palacio (Pala) en esta inédita iniciativa, en la que el cantautor paisa rinde homenaje a la poesía del Siglo del Oro español para hacer su propio arte.

Pablito Wilson

Carlos Palacio recibió el Premio de Poesía Miguel Hernández - Comunidad Valenciana 2020 por su poemario “Abajo había nubes”. / Juan Sebastián Pinilla
Carlos Palacio recibió el Premio de Poesía Miguel Hernández - Comunidad Valenciana 2020 por su poemario “Abajo había nubes”. / Juan Sebastián Pinilla

Pala, palabrero, paladín. Con dos décadas de vida artística, Carlos Palacio es uno de los secretos mejor guardados de la música contemporánea antioqueña. Grabó nueve álbumes y escribió dos libros. Produjo con grandes figuras de la música como Thom Russo (Michael Jackson, Maná), Walter Chacón (Los Fabulosos Cadillacs, Andrés Calamaro) y Eduardo Bergallo, quien trabajó con Soda Stereo y capturó el Waka waka de Shakira. Ahora, presenta la más completa de sus producciones discográficas, al menos en cuanto al concepto y a los invitados que ha elegido para desarrollarla. Un homenaje “musipalizado” a los sonetos del Siglo del Oro español.

“Se llama El siglo del loro, porque yo no soy capaz de situarme donde estaban Francisco de Quevedo, Luis de Góngora o sor Juana Inés de la Cruz (principales referentes), sino reconociéndome como un imitador limitado”, se sincera. Aclarando el nombre de este trabajo, un proyecto minimalista, enteramente grabado en la casa del productor-cantautor Alejo García (invitado en Te propongo). En el que fue él y no Pala quien tocó casi todos los instrumentos y en el que los bajos eléctricos se reemplazaron por las interpretaciones de una leona (cordófono característico del son jarocho). Es por eso que el álbum suena reducido, pero en el buen sentido.

Salvo que hablemos de las letras. La versión completa (de 27 tracks) —disponibles únicamente para la compra en físico o digital— comienza con dos sonetos no musicalizados que funcionan a modo de intro (Qué tontos, Llegará una mañana) y con una conmovedora colaboración de Santiago Cruz que no pasa desapercibida; más aún con líneas como esta: “¡Qué maravilla de universo roto! ¡Qué belleza de espinas en la cara! ¡Qué milagro la boca que dispara! ¡Qué bienaventurado maremoto!”. Líneas que gradualmente irán definiendo el tono del álbum. El siglo del loro es una historia contada a partir de poemas, y aunque con sus colaboraciones simplemente parezca otro disco de invitados sonoros, realmente es una obra literaria. (Lea: La poesía cantada de Carlos Pala)

Porque no solo se trata de musicalizar poesías, sino de musicalizar poesías con estilo propio; la marca en el orillo de las creaciones del artista. Rindiendo homenaje a un género literario particular y recordando a sus principales referentes, creando una historia que avanza a través de sonetos, pero respetando su estructura —sin alargar la duración de las composiciones repitiendo estribillos, por ejemplo. “Además, el soneto tiene una cosa muy interesante y es que funciona como si fuera un latigazo, vos leés los catorce versos y al final el último te deja como loco”, sintetiza. Fue grabado en un formato muy íntimo, que hace que estas piezas parezcan más declamaciones que canciones.

Declamaciones de cantina como Algún viernes, en la que participa Juanes y definida por el autor como “una ranchera mexicanosa, que evoca mucho la naturaleza de los pueblos antioqueños como Yarumal o Carolina del Príncipe”. Es decir, el terruño natal de Pala y el pueblo que visitó Juanes durante su infancia. Un cantinazo no bailable que nos regala frases que resultan poco probables en este tipo de espacios: “Justo al instante que armo el tiro […] aparece tu olor y en un suspiro se me arrepiente el verso entre los dedos”. Frases de profunda simpleza en las que puede entenderse el don palabrístico de Carlos Palacio. Ese mismo que hace pocas semanas le otorgó el Premio Internacional de Poesía Miguel Hernández-Comunidad Valenciana 2020 por su poemario inédito Abajo había nubes.

Cuenta la leyenda que en algún momento estuvo en conversaciones con Fernán Martínez para que él fuera su mánager, pero que ambos entendieron que no buscaban lo mismo. Porque, aunque al igual que Juanes, ha sido un defensor de causas nobles, Pala además se ha propuesto ser un provocador codificado.

Carlos es médico de profesión y cantante de vocación. Al igual que Jorge Drexler, otro de los invitados de El siglo del loro, quien ya había colaborado con él en el pasado (La deuda, 2014). Ahora interpretan Ponme, una tenue balada con sonoridades andinas. “Está escrita sobre un tema de amor también, pero tiene un guiño a un tópico muy antiguo. Y es que sonetos parecidos, que decían cosas como ‘ponme en tal parte, que yo te voy a querer’, se escribieron hace mucho, incluso Petrarca hizo unos así”. Es una canción que piensa la relación como una rendición, lo que aunque en tiempos modernos podría justificar los noviazgos o los matrimonios tóxicos, en la garganta de un cantautor tan coherente resulta ser simplemente un ingrediente para decodificar su magia.

En Colgar los hábitos y acompañado por El Kanka, de España, dispara: “Tiene su lágrima todo varón, todo romántico su gen machista, todo homofóbico su maricón”. Pero no sin antes cantar que “existe una mujer, no una costilla” (Existe una mujer con Rozalén) o recitar que “todo dicta su boca, menos ruido” (Yo daría). En un disco en el que, según el autor, la mayoría de los artistas invitados tienen alguna relación con el soneto, la musicalización de la poesía o el texto cuidado: “Todos recibieron muy bien la invitación, porque tenían conocimiento de mi trabajo o su propia relación con esta musicalización desde hace tiempo”.

El siglo del loro no es más que una de las tantas cuentas pendientes de Carlos Palacio con el arte y con su música. De la misma forma que, según revela, su anterior disco, Alamar, era una deuda con Cuba (donde estudió música), Maleviaje era una deuda con las sonoridades del tango argentino (tan comprensibles entre los antioqueños) o El origen de las especias era una colección de deudas con Colombia. En este último, a la ciudad que lo ha acogido en distintos momentos de su vida le escribía: “Esa cosa extraña de cargar a las montañas en el maletín, este amor sencillo que me cabe en el bolsillo de cualquier bluyín […] Es esta amalgama que se llama Medellín”.

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