Titanes Caracol: una esperanza en el barrio más peligroso de Medellín

María Lyriam Rivera inauguró hace 11 años la Fundación Caespro con la ilusión de darle una nueva orientación a las familias de Niquitao, un sector antioqueño donde hay un fuerte consumo y expendio de droga.

María Lyriam Rivera inauguró hace 11 años la Fundación Caespro. Cromos

Desde hace 22 años María Lyriam Rivera entregó su vida a Dios. Se unió a una iglesia en Medellín, en la que hacían grupos de oración y labores sociales con las personas más necesitadas en la capital antioqueña. Ella sentía que su propósito en la vida era servir y ayudar al prójimo.(Puede leer: "Titanes Caracol" ya abrió sus inscripciones

En 2003 María, en uno de los trabajos de la iglesia, llegó al barrio Niquitao, un sector conocido por el fuerte consumo y venta de droga. Allí inició trabajando con las madres de los inquilinatos del lugar y comenzó a conocer sus problemáticas. Según ella, entró a un mundo que desconocía.

“Pude ver casos de violencia intrafamiliar, el estado tan caótico en el que vivían los niños, el abandono de muchos de ellos porque sus padres consumen droga. Y lo más grave de todo, es que las historias se repetían. Los niños estaban aprendiendo todo eso”, explicó María a El Espectador.

En ese momento, sintió la necesidad de empezar un proyecto con el fin de ayudar a esas familias. Inició con un programa de oración y consejería. Con las personas que asistían, además de contar sus vivencias, compartía un refrigerio. Sin embargo, sentía que esa ayuda no era suficiente y, a finales de 2005, llevó su propuesta a la iglesia, esa a la que era tan devota. (Puede leer: Titanes Caracol: un barco hospital en medio del Pacífico)

Pero, la respuesta no fue positiva. Apenas contó la idea de crear una fundación en esa localidad, las puertas se le cerraron. Comenzó a vivir un fuerte rechazo por parte de personas con las que había convivido por muchos años. “Esa experiencia fue muy dolorosa. Me tocó escoger entre la fundación y la iglesia. Pero, eso me sirvió para entender que no quería esto por capricho, sino que era un llamado de Dios”, contó María, quien con su iniciativa participó en la edición de 2014 de Titanes Caracol.

A trochas y mochas, como se dice coloquialmente, a comienzos de 2006 arrendó una casa en el sector La Corraleja, la primera sede de la Fundación Caespro. En compañía de una voluntaria, su primera ayudante, realizaron actividades que siempre iban fundamentadas en la oración. Además, crearon un programa de salud y planificación familiar, para generar consciencia sobre el embarazo en adolescentes. (Le puede interesar: Titanes Caracol: una oportunidad después de la guerra)

Aunque los resultados fueron favorables, el dinero empezó a escasear. “En ese entonces el alquiler era de $300 mil. Cometí el error de comenzar la fundación con el deseo de solo servir y al año no teníamos cómo pagar y nos quedamos en la calle”, afirmó María.

La crisis sólo duro cuatro meses, tiempo en el que las actividades se realizaron en las calles y, algunas veces, en las terrazas de las casas de los vecinos. Claro, cuando las prestaban. Desde 2008 sumaron un nuevo proyecto: el de la alfabetización y acompañamiento académico de los niños. Gracias al amor y empeño que le puso María la fundación creció, tanto así que, finalmente, en 2011 se pudieron trasladar a una sede más grande en la que, actualmente, ofrecen seis programas.

Sin embargo, el fantasma de la crisis económica sigue ahí. Para combatirlo un poco decidieron implementar el Ropero. Una iniciativa en la que gente y empresas de textiles donan ropa para que ellas puedan vender y financiar la fundación. Gracias a esto, en 2014 fueron nominados para participar en Titanes Caracol, un suceso que ella califica como lo mejor que le ha pasado.

“Fue muy especial. Primero me sentí agradecida con Dios porque era una recompensa por todo eso que nos había tocado vivir. Desde ese entonces he crecido mucho como persona, no porque se haya visibilizado más el proyecto, sino porque pude conocer otras historias y a otras personas”, aseguró emocionada María.

Desde ese momento no ha dejado de trabajar por sus niños. Ya suman 60 que van desde los 6 años hasta los 16, cuando ya empiezan a estudiar una carrera, ya sea técnica o profesional. Consiguió el apoyo del colegio Vermont que manda todos los sábados un grupo de jóvenes para que les enseñen inglés a los niños. Y el de la Universidad de Antioquia, que los ayuda todos los jueves con pasantes de enfermería.

“Tenemos nueve personas trabajando con nosotros, desde voluntarios hasta miembros vinculados. Estamos creando nuevos proyectos de emprendimiento en belleza y modistería, para que los jóvenes cuando salgan de la fundación no queden estancados”, concluyó emocionada María.

Hace 11 años María inició este proyecto para contribuir con el bienestar de los niños y adolescentes en situación de vulnerabilidad. Hoy siente que ha ido cumpliendo con su objetivo, ese que le ha costado lágrimas y sacrifico sacar adelante, pero del que está convencida al ver cómo ha sido la evolución de los niños. Le da las gracias a Titanes Caracol por visibilizar su caso y les aconseja a los colombianos que sigan luchando por sus ideales a pesar de las piedras que se encuentren en el camino.