Titanes Caracol: una oportunidad después de la guerra

Sandra Gutiérrez por medio de su empresa, Jegar Construcciones, le da empleo desde hace cuatro años a los desmovilizados de grupos al margen de la ley. Entre ellos está el exintegrante de las autodefensas que la mantuvo en cautiverio en 2002.

Sandra Gutiérrez lleva cuatro años ayudando a las personas desmovilizadas de grupos al margen de la ley. Cortesía

La vida de Sandra Gutiérrez cambió en un abrir y cerrar de ojos. Hace cuatro años, cuando fue presidenta de la junta de acción comunal del barrio Mesetas (Villavicencio), necesitaba la ayuda para comenzar una obra en el lugar. Por tal razón, le pidió al subintendente de la Policía Leyton, quien era el encargado de ubicar a los jóvenes que prestaban su servicio militar, que le enviara a un grupo de bachilleres. (Puede leer: "Titanes Caracol" ya abrió sus inscripciones)

“Él me contactó y me dijo que tenía la mano de obra y que contaba con más o menos 50 personas para ese domingo. Planeamos el trabajo y organizamos toda la estrategia de cómo recibir a la gente y darles un almuerzo en agradecimiento”, contó Sandra a El Espectador.

Sin embargo, al subintendente se le olvidó comentarle a Sandra algo muy importante antes de retirarse. Las personas que iban a ir a ayudarla no eran bachilleres que prestaban en Villavicencio su servicio militar, sino desmovilizados. Ella, al enterarse, le dijo que no había ningún inconveniente.

Ese día llegó toda la gente a trabajar. Había jóvenes, mujeres, personas adultas e, incluso, algunos llevaron a sus hijos. Pero, el ambiente se tornó bastante denso cuando entró un hombre con cachucha y se hizo en uno de los extremos del lugar. Comenzó a evitar todo contacto con Sandra. (Le puede interesar: Titanes Caracol: una esperanza en el barrio más peligroso de Medellín)

“Noté que evadía el trabajo y no quería hacer nada. Me acerqué y le pregunté que qué le pasaba. Levantó la cabeza y me miró. Inmediatamente lo reconocí, era uno de mis secuestradores. Me respondió que prefería pedir sus horas sociales en otro lado. Le dije que dejáramos la bobada porque sabía quién era él y él sabía quién era yo”, comentó efusiva Sandra.

En medio de ese momento incómodo, Sandra se acercó y le aseguró que ella había dejado atrás ese 28 de abril de 2002, cuando un grupo paramilitar, que en aquel entonces se llama Grupo Centauros, que operaba en San Martin (Meta) la mató en vida. Debido a unos chismes, según ella, comenzó a correr el rumor de que ella era una colaboradora de guerrilla. Alguien, sin su autorización, había firmado su carta de muerte. (Puede leer: Titanes Caracol: un barco hospital en medio del Pacífico)

“Iba pasando por mi carro, me detuvieron y me llevaron secuestrada. Ellos contactan a mi esposo Jorge Garzón, y luego me informan porqué estoy en su poder. La única sensación que tenía era la de miedo. Sólo pensaba quién me podía odiar tanto para quererme muerta”, aseguró, con la voz entrecortada, Sandra.

Encubierta llevaron a Sandra a un sitio veredal, del cual ella jamás pudo saber dónde quedó ubicada. Tratando de entender las causas de su secuestro transcurrió un mes. Un día, sin razón alguna, uno de ellos se le acercó y le ordenó que se bañara porque iba a almorzar con “el patrón”, quien era Jorge Pirata jefe durante muchos años de las autodefensas en la zona del Ariari (Meta).

“Esa tarde él se sentó conmigo en una mesa de madera improvisada que estaba en el lugar y sacó una agenda. Empezó a hacerme un interrogatorio. Después de que le respondí las preguntas, me tomó del brazo, caminamos un poco y me hizo una última pregunta. Me dijo sale mañana libre. Pero, por petición mía me dejó libre ese mismo día”, afirmó Sandra.

No obstante, la Sandra que todos conocían duró en cautiverio mucho más tiempo. Debido al dolor y al encierro se convirtió en una mujer irascible, se cerró a las emociones y entró es una soledad extrema. Con su actitud hizo que nadie se pudiera acercar a ella.

Tres años después de su cautiverio accedió a ir a su primera reunión familiar. Se trataba del cumpleaños de su madre, Anatilde. Y para darle una sorpresa, Sandra decidió llegar antes al almuerzo y sin avisar. Sin embargo, la que se llevó la sorpresa fue ella.

Entró por uno de los cuartos de la casa y los escuchó hablando de ella. Decían cosas que tomó como críticas, pero hoy, acepta, eran la realidad. Aseguraron que se había vuelto muy dura y brusca. 

Nostálgica, Sandra recuerda el doloroso momento: “Mi mamá se volteó, con lágrimas y la voz entrecortada y les dijo: hijos, ya no más, cállense. Dejen a esa muchacha en paz. Ni ustedes ni yo hemos sabido qué le hicieron a ella, lo único que sé es que esa mujer no es mi hija, a mi hija me la mataron en ese secuestro”. 

Regresó a su casa devastada y las palabras de su madre le retumbaban en la cabeza una y otra vez. Se botó al piso y comenzó a alegar con Dios. Le reclamó por todo el dolor que había sentido. Le reprochó por la persona en la que ella misma se había convertido después de su tragedia y hasta le aseguró entre gritos que ya no quería ser más esa persona.

Un poco más calmada, le dijo a Dios: “vamos a hacer las cosas a tu modo. Voy a perdonar con la cabeza, porque con el corazón no puedo. Y si no lo logro no me des más esta vida. Ese día por fin después de tantos años pude dormir una noche entera. Al día siguiente pude despertarme y sentir las ganas de hacerle un desayuno a mi familia y de sentarme con ellos, algo que no pasaba hacía mucho tiempo”.

Luego de esa difícil crisis su hijo menor, Juan David, se le acercó y entre abrazos le pidió que le prometiera que jamás se iba a ir. Por esa promesa que le hizo en medio de su desespero a Dios decidió, por medio de la empresa privada familiar, ayudar a las personas que tanto daño le hicieron. Sentía que se había convertido en un ser peor a los que la secuestraron.

“Mi hijo mayor, Iván Mauricio Vaquero, es el socio mayor y representante legal, y mi hija Claudia Vaquero, es socia de la empresa. Nos dedicamos a hacer prefabricados en concreto y a darle trabajo en cada obra a una persona desmovilizada. Con esto, siento que les estoy dando una nueva oportunidad de vida a cada uno de ellos. Ya no tienen las manos untadas de sangre sino de sueños y esperanzas”, dijo Sandra, quien por su labor fue premiada en 2014 por Titanes Caracol.

Para Sandra, la noche en la que recibió dicho reconocimiento fue maravillosa y es un tesoro que guarda en el corazón. Conoció a otras personas que también hacían labores importantes y ese premio, según ella, era la muestra del trabajo que hacen silenciosamente unas personas por otras.

 “Estoy agradecida por mí y por todas las personas que han sido reconocidas. Este país lo salvamos entre todos.  Colombia nos necesita a todos desde lo que somos, seres humanos”, concluyó Sandra, quien reveló que la difícil situación económica que atraviesa el país les ha tocado el bolsillo y debieron bajar la nómina en la empresa.