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2.645 metros más cerca de las estrellas

A pesar de que las ascensoristas aún son comunes en algunos edificios de la ciudad, no todas son tan indispensables como Margarita Ortiz. Si ella no estuviera para subir la palanca, el ascensor que transporta a los visitantes del edificio AKL, no funcionaría.

Laura Dulce Romero
05 de agosto de 2014 - 04:07 p. m.
2.645 metros más cerca de las estrellas

 Margarita Ortiz no se cansa de estar suspendida en el aire. Ya no le produce adrenalina, ni mareo su trabajo, porque después de 18 años se acostumbró a subir y bajar sin parar, en una jornada de nueve horas diarias. No es consciente que se ha perdido de más de 4.698 atardeceres, ni que cada vez que llega al último piso está a 2.645 metros más cerca de las estrellas. En su vida nunca se imaginó que se iba a ganar la vida operando una cabina que no mide más de 10 metros cuadrados.

Fue el 6 de febrero en 1996, cuando tenía 32 años, que llegó a pedir empleo al edificio AKL, ubicado en la carrera 7 #17-64. El lugar no es fácil ubicar, ya que su entrada de vidrio está metida a dos metros de la acera y su anuncio son unas pequeñas letras doradas, que ya no brillan por el pasar del tiempo. Llegó hasta allí por recomendación de una amiga de su hermana. Lo tuvo que hacer, porque acababa de perder su trabajo en un almacén de ropa femenina, en donde empezó como vendedora, pasó a ser administradora y luego desempleada.

Aunque sabía, por advertencia de su hermana, que los primeros meses de trabajo en el ascensor iban a ser duros, no creyó que fuera peor que un embarazo. “Al principio fue difícil, porque me daba mucho mareo, dolor de cabeza, náuseas, de todo. Pero ya con el tiempo uno se va acostumbrando”, narra muy tranquila y orgullosa de su logro. Si no hubiera tenido familia, probablemente no hubiera durado mucho. Ser ascensoristas era una buena opción, pues no terminó ningún estudio y estaba recién casada con Pedro, a quien conoció desde pequeño en Cerrito (Santander), de donde es oriunda. Hoy llevan 21 años de casados, tienen un hijo de 20 y una pequeña nieta de 3.

La rutina del encierro

Es viernes en la tarde y la entrada del edificio AKL está vacía. Más adelante están dos hombres, que esperan el ascensor. Apenas se abren las puertas de metal, está Margarita en una esquina, sentada sobre una silla alta de color marrón. Salen y entran algunos pasajeros. No todos la saludan. Escasamente dos personas lo hacen con su nombre, mientras los demás murmullan entre dientes un “buenas tardes”.

El ascensor está cubierto por acrílicos removibles, que simulan ser de madera. En el costado derecho están todos los botones: el de la luz, el que lo detiene, el que hace que no pare en ningún lugar y los que corresponden a cada piso. Más abajo está la palanca, pieza fundamental para que el aparato funcione. Pero quien explica a grandes rasgos su funcionamiento es Luis Ortiz, hermano de Margarita, quien trabaja en el lugar hace 10 años y es el encargado no sólo de la celaduría, sino también del cuarto de máquinas.

“Es eléctrico y funciona con un motor gigante que impulsa dos guayas y una cinta. Por el contrapeso, no se necesita tanta energía como ocurre con los ascensores hidráulicos. Usualmente, estos sistemas tienen elementos de seguridad como el foso, es decir, el hueco debajo del ascensor y un limitador eléctrico de velocidad, que lo detiene en caso de que se descuelgue. Cuando se traba el ascensor es porque el motor se recalienta por el exceso de uso y por los años que tiene”, explica Luis.

Margarita no tiene la menor idea de las cuestiones técnicas. Ella se encarga únicamente de que el ascensor suba y baje, y en este aspecto ya es una experta. Ni siquiera pregunta pisos, ya sabe quién va a qué lugar. Cierra la puerta con la palanca para empezar el ascenso. El elevador del edificio AKL arranca bruscamente y cuando sube, se siente un vacío. Allí suena hasta la última tuerca, lo que hace pensar que las probabilidades de quedarse encerrado son muy altas. De hecho, la anécdota que más recuerda Margarita fue hace tres años, cuando se fue la luz en el edificio y el ascensor se quedó inmóvil en el mezzanine, un piso intermedio entre el primero y segundo, que no tiene salida.

Era necesario llamar a los bomberos por dos razones. La primera, no había luz y era muy riesgoso que Margarita se encaramara en la silla para intentar salir por el piso de arriba. La segunda, que hoy resulta increíble y paradójica, es que Margarita le tiene pánico a la altura y a los abismos. El martirio duró dos horas. Después llegó la luz y salieron sin problemas y sin la ayuda de los socorristas, que nada pudieron hacer para sacarlas.

Para ella, esta historia es memorable, porque casi nada ocurre en el ascensor, fuera de los cuentos de los visitantes. Ella lee los periódicos, escucha radio, se toma un café, ve los chismes de las revistas. Ya está acostumbrada a los silencios incómodos. En este espacio nadie sabe qué hacer, porque todo se agudiza: un estornudo, una pasada de saliva, un sonido de las tripas, una carraspera e incluso el volumen de una conversación. Pero ella siempre está tranquila, ya aprovecha la paz de los silencios.

En el tercer piso, Margarita cuenta que siempre pensó que, al igual que en el otro trabajo, ella podría ir ascendiendo. Y por supuesto lo hizo… hasta el décimo segundo piso, como ella misma lo asegura en tono de broma. Es un trabajo limitante, que no requiere mayor esfuerzo, aunque sí mucho agotamiento

Pero ya es tarde para eso. Este viejo roble de acero y su fiel acompañante ya llevan 18 años juntos. Ella sigue desahogándose por un buen rato, como si hablar fuera su terapia para superar las más de 900 subidas que realiza al día, de acuerdo con sus cálculos. Ya sabe que el ascensor sube y baja los doce pisos en 1 minuto y 30 segundos.

En el undécimo piso se queja de muchos malestares que tiene: la espalda, sobretodo, por estar sentada desde las 9:30 a.m. hasta las 8:00 p.m. Hace dos años el doctor le diagnosticó una desviación de la columna, que le produce mucho dolor. Cuando inicia el descenso, agrega que está cansada de la gente. Incluso, esta mujer de baja estatura, pelo corto y nariz respingada, dice que en 18 años ha cambiado sus costumbres y la educación. Las personas escasamente la saludan y a veces siente que la tratan como un accesorio del ascensor.

Al llegar al primer piso, recuerda de nuevo a las ventajas, como la quietud de su oficio. Es consciente de que su trabajo es indispensable y habla con orgullo de eso. Es sencillo, pero fundamental: si no se mueve la palanca, el ascensor no sube. Pero su trabajo no se reduce a subir y a bajar. Margarita también debe estar alerta con la seguridad de sus pasajeros, cuando entran o salen con afán. “Un machucón de esas puertas, por lo pesadas que son, podrían hacer doler hasta el alma”, señala.

Para los visitantes, más que una operaria es una compañía. Las personas que padecen de claustrofobia son los que más sufren con la extinción de este oficio. La ascensorista dan seguridad y, en caso de que la máquina se detenga, por lo menos hay quien lo acompañe en la oscuridad. Berta Tolosa, secretaria de una oficina de abogados del edificio AKL y quien conoce a Margarita hace 10 años, reconoce su labor y asegura que su presencia es fundamental. “Es un apoyo. Personalmente, para mí es una guía”, asegura.

Pero para Margarita lo más especial de ser ascensorista es que es una las pocas que quedan en Bogotá e incluso en el mundo. Entre risas, relató que hace poco llegaron al edificio unas extranjeras. Cuando la vieron sentada en su silla, se sorprendieron tanto que de inmediato le dijeron “¡woow! un ascensor que tiene quien lo maneje”. Lo que ellas creen que era una novedad, hace parte de un pasado casi extinto.

“Todo se va acabando. Ya todo es automático, todo es máquina. Uno va por ejemplo a pedir una cita al médico, le ponen es una máquina y uno ya no tiene ni con quién hablar. Tiene que aceptar lo que le digan”, asegura Margarita con nostalgia. Sus días son rutina: se abren las puertas del ascensor, espera en el primer piso a que entren más pasajeros, oprime los botones, mueve la palanca, se cierra el ascensor y empieza a subir. Para en cada piso cuando llaman con el timbre. 1, 3, 4, 5, 8, 9, 10, 11 y 12. Está a 2.645 metros más cerca de las estrellas. Luego vuelve a bajar. 12, 11, 10, 9, 8, 5, 4, 3, 1.

Para muchos parece fácil hacer, pero el encierro es insoportable. Luis, su hermano, asegura que no aguantaría más de una hora encerrado. Para él, el ascensor es “como una cárcel pequeña, con libertad por la noche”. Margarita paga una condena voluntaria en la que además le toca lidiar con la indiferencia de los demás y las secuelas de estar sentada y encerrada entre cuatro paredes. Le faltan cinco años para pensionarse, pero a este paso y con tantas reparaciones de su viejo “amigo”, teme que se pensione él primero. La única certeza que tiene, y lo dice con nostalgia, es que cuando ella se pensione seguramente ese viejo ascensor va a desaparecer y con él, su oficio también.

Ya están buscando la manera de encontrarle un reemplazo por uno moderno, que no necesite de alguien que lo opere. Por costos, no han podido reemplazarlo, pero a este viejo roble ya no le queda mucho tiempo. Se abren las puertas del ascensor, Margarita se despide de todos. Los pasajeros caminan tres pasos y de fondo se escucha cómo las mismas puertas de acero chocan para emprender un nuevo viaje. Ella, una vez más, se aleja de todos para volver a estar a 2.645 metros más cerca de las estrellas.

Por Laura Dulce Romero

 

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