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Caballos... y toreros

Los rejoneadores españoles Álvaro Montes y Sergio Domínguez, así como el colombiano Jorge Enrique Piraquive, serán los protagonistas.

Rodrigo Urrego B. / Especial para El Espectador
30 de enero de 2010 - 09:00 p. m.

Este domingo se reunirán la mayor cantidad de toreros en el patio de cuadrillas de la plaza de toros de Santamaría. Y aunque el cartel sólo anuncia a Álvaro Montes, Sergio Domínguez y Jorge Enrique Piraquive, con ellos también se presentarán Chambao, Junquillo, Poema, Jamo, Súbito, Té, Maestro, Diamante, Cairel...

Son los caballos toreros, esas especies que sobresalen del universo equino no sólo por su belleza, sino por el valor que los impulsa a burlar las embestidas de un toro bravo. Ellos, probablemente, nacieron con el toreo en sus genes, pero sólo la ardua doma de criadores y rejoneadores pudo descubrirlo.

En su mayoría, de pura raza española, lusitanos o hispanoárabes, los caballos toreros tienen varias cualidades que los hacen particulares y apetecibles. Y aunque por sus características físicas muchos podrían ser utilizados para el rejoneo, pocos son los elegidos.

Para el rejoneador bogotano Jorge Enrique Piraquive la primera característica de un caballo torero es que su alzada a la cruz —lugar donde se le pone la silla— no sea inferior a un metro con 50 centímetros, altura ideal para que el rejoneador pueda interpretar las suertes. Ese es el primer parámetro de selección de estos equinos.

“El caballo torero debe tener valor y mucho corazón. Debe ser ágil, fuerte y rápido, cualidades que pueden ser innatas, pero que se pulen o se subrayan a partir del adiestramiento y la doma”, dice Piraquive, quien en su escuela La Andaluza prepara a diario una de las más completas cuadras de caballos toreros de Suramérica.

Así como muchos jóvenes que quieren ser toreros, los caballos también tienen que pasar por una especie de “escuela taurina”. Y aunque cada caballo tenga su virtud, o grandes cualidades innatas para torear, el promedio de entrenamiento antes que debuten en una plaza de toros no es inferior a tres años.

Álvaro Montes, rejoneador español que volverá a la Santamaría tras salir a hombros hace un año, dice que en su finca de Jaén, en la prestigiosa yeguada Montes Herrero, cogen los potros de tres años y los doman. “Luego, a los seis o siete años, cuando el caballo se pueda dominar, se le empieza a poner ante el carretón, luego ante un manso, un toro adiestrado para que no embista y que el caballo se vaya acostumbrando a verle. Después se le echan vacas pequeñas, luego una vaca vieja y después torear un novillo antes de presentarlo en la plaza. Pero eso, el caballo lo irá pidiendo”.

El proceso de adiestramiento se divide en tres fases: baja escuela, alta escuela y toreo. Según el criador Juan Carlos Páez, propietario de la Yeguada ‘Alcazaba del Viento’, la más galardonada en Colombia en los certámenes de Pura Raza Española, en la ‘baja escuela’ se desarrolla el fortalecimiento muscular, elástico y gimnástico del caballo. Esta primera etapa de adiestramiento transcurre entre los ocho meses y el primer año de vida del equino.

En la segunda etapa, la ‘alta escuela’, el caballo aprende movimientos que no son naturales y que sirven para preparar y ejecutar con elegancia y estética las suertes del rejoneo. En esta etapa los caballos aprenden movimientos denominados piaffé, volantes, passage, corbetas elevadas, piruetas y medias piruetas.

Dice Juan Carlos Páez que en la ‘baja escuela’ es como en un ser humano el proceso de aprender a caminar, mientras que la ‘alta escuela’ es como quien aprende a bailar.

La tercera fase de la preparación de los caballos toreros es el contacto con el carretón y el toro manso, tal como lo explicaba Álvaro Montes. El propósito es acostumbrar al caballo a la presencia del toro y allí el rejoneador empieza a familiarizarlo con terrenos muy comprometidos, casi que se deje acariciar por los pitones del bovino. Esta etapa puede durar un año antes de que ponga a prueba sus conocimientos en una plaza de toros.

Las jornadas de preparación son diarias y extenuantes, incluso superan las diez horas. “Para dominar un toro, primero hay que dominar al caballo” —dice Álvaro Montes—. “Ponerte de acuerdo con él es más complicado que el toreo a pie, sin quitarle ningún mérito porque hay que tener mucho valor para ello. Pero tienes que jugar con dos animales, y el secreto es tener dominio de quien está a tu favor, que es el caballo. Después tendrás más ventajas de dominar al toro. Por eso la preparación es distinta. Mucho trabajo en el campo, me gusta perderme con el caballo y me sustento en la confianza. Cuando un caballo confía en ti, se siente uno más seguro”.

Por Rodrigo Urrego B. / Especial para El Espectador

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