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Conchita, siempre la Diosa rubia

Los toreros suelen llevar en sus venas sangre torera. Ahí no más está el caso de Cayetano Rivera Ordóñez, como para no dudar que lo que se hereda no se hurta.

Víctor Diusabá Rojas
21 de febrero de 2009 - 10:00 p. m.

Pero en el caso de Conchita Cintrón, quien esta semana decidió irse a vivir al cielo de los toreros, todo estaba dado para que ni siquiera conociera la fiesta brava.

He ahí el primero de sus méritos. Francisco, su padre, había nacido en Puerto Rico, aunque tenía raíces españolas. Su sueño era hacer la carrera militar y comenzó a forjarlo en la academia de West Point de EE.UU. Luego de pasar por Panamá y casarse con Loyola Verril, el señor Cintrón colgó el uniforme y eligió los negocios; así, terminó acreditado en Suramérica como representante de una compañía de su país.

Conchita, de quien siempre se ha dicho que es peruana, nació en realidad en Antofagasta, Chile, el 9 de agosto de 1922, pero pronto la llevaron a vivir a Lima. Sus juegos infantiles estaban en otros frentes diferentes a los de esos niños que corrían a ver a los mejores toreros en la plaza de Acho. De hecho, la pareja de Francisco y Loyola mantenía estrechas relaciones con la colonia estadounidense, y era en ese entorno en que se desarrollaba la vida familiar y los paseos de fin de semana.

Pero la pasión por los caballos, siempre viva tras el paso de don Francisco por West Point, debió  detenerse frente a Conchita para que, desde niña, se trepara en esa silla de la que nunca volvió a bajarse. En la escuela de equitación siempre fue la mejor y entonces, como en los cuentos de hadas, apareció, no un príncipe pero sí el genio que la transformó en la Diosa rubia del toreo, como se le llamó y como se le llamará.

Se llamaba Ruy da Cámara, un noble portugués que se declaraba monárquico, incluso a sangre y fuego si fuese necesario. Decepcionado por el mal final de su causa política, terminó en Perú, en donde fundó la academia con la que una tarde encontró a una niña dispuesta a pagar por aprender algo más sobre la doma.

Un día, en una finca cercana a Lima, Da Cámara le pidió a Conchita que hiciese ante un toro lo que entrenaban con un carretón. El resto de la historia son muchos años de tardes gloriosas en Perú, México y Portugal, más que en España. Y claro, corridas en Colombia, a donde llegó en 1944, “a las nueve y cincuenta de la mañana del viernes 17 de marzo”, como rezan las memorias de entonces, con más de mil personas apretadas en el aeródromo de Techo que la esperaban y no menos de 160 carros listos a cargar con la comitiva de recibimiento.

“De piel blanquísima, primorosos ojos azules, blonda cabellera, que recogía atrás con una cinta negra, y una sonrisa que cautiva”, así la pintaban los cronistas de la época, tan enamorados de ella como  Hernando Santos Castillo y Guillermo Cano Isaza, los dos jóvenes que encabezaron la legendaria “cofradía de los conchitos”.

Fueron seis tardes de llenos en La Santamaría. Una de ellas, según el inolvidable K-milo, tuvo ribetes de grandeza, cuando Conchita, tanto con el capote y la muleta como sobre su caballo Inca, expuso toda su bella sabiduría. El toro número 4 de Mondoñedo, lidiado en quinto lugar, le dejó las dos orejas y el rabo antes del arrastre, mientras la plaza confirmaba un amor eterno.

El martes, a los 86 años, Conchita se fue de este mundo más como torera de a pie que como rejoneadora, porque así quiso siempre que la recordaran. Como emocionada memoria de ella hará esta tarde La Santamaría a la virreina del redondel, a la amazona de los incas, a la Diosa rubia del toreo.

Por Víctor Diusabá Rojas

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