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De la música colombiana y otras modas

Colombian Loops es el primer banco de sonidos típicos del país, asegura su dueña, Johana Pinzón. Una herramienta para músicos, solicitada desde los centros de la industria sonora.

Óscar Guesgüán
29 de marzo de 2015 - 09:34 p. m.

No hay sonido que no conozca. Sentarse con Johana Pinzón es pasar horas y horas en las que va tomando temas de aquí y de allá para relacionarlos con alguna canción, con algún artista, con algo que tenga que ver con música, con arte.

De hecho, la mayoría de su vida la ha dedicado a eso, a escuchar sonidos. Así ha hecho plata y ha estado en los festivales de música más importantes del mundo, donde ha indagado, ha aprendido del arte y del negocio. En esos mismos espacios entendió que Colombia está de moda.

Juanes y Shakira, y hoy Chocquibtown y Bomba Estéreo, dice, posicionaron la música de un país que antes sólo era conocido por la calidad de su coca y por ser hogar de una de las guerrillas más antiguas del continente.

Estos artistas funcionaron mejor que cualquier canciller, mejor que las relaciones diplomáticas. Fueron entrando poco a poco, llevando el sonido de canciones que hablaban de mundos alejados en los que las frutas, el mar, los tonos de piel, el pescado y la melancolía lo eran casi todo, o por lo menos dejaban con esa sensación a quienes las escuchaban.

“La riqueza cultural de Colombia está en auge, no es algo de nicho sino algo masivo. Hay grandes artistas anglo utilizando los sonidos colombianos y ya no somos algo raro sino que estamos de moda”, asegura Pinzón, quien hoy es la cabeza de Poliedro, una agencia de innovación que lleva tres años trabajando en todo lo que huela a música.

En septiembre de 2012, luego de ser directora de Festivales al Parque en Bogotá, consideró necesario un proyecto personal y rentable, que rompiera los esquemas, que promoviera la música colombiana, pero que fuera financieramente sostenible a largo plazo. Esa idea está consolidada hoy en una organización que emplea más de 70 personas de manera permanente y crece a un 300% anual.

La curiosidad la llevó a Nueva York, Los Ángeles, Shanghái, Barcelona y París, mecas de la industria musical en el mundo. Por eso sabe, y lo dice con una suerte de impaciencia, qué es lo que se les viene “pierna arriba” a los músicos locales. Allá entendió el valor cultural de un vallenato, de un porro y de una cumbia, que —como alguna vez dijera en uno de sus conciertos un músico argentino conocido como El Hijo de la Cumbia— “está uniendo al mundo”.

Ahora es normal ver en una tarima en Asia o en Oriente Medio a un cantante colombiano. La gente los demanda. Pinzón vio en esa situación una oportunidad de negocio. “Encontrar sonidos de acordeón o de gaita en Colombia es fácil. Vaya a la Caracas y ahí están. Pero no pasa lo mismo con una persona que viva en Londres. Ellos tienen que conformarse con tener un CD o ver videos”.

Así nació Colombian Loops, el primer banco de sonidos nacionales que a largo plazo incluirá ritmos típicos de todas las regiones del país. Es una herramienta diseñada para ponerse al servicio de agencias de publicidad, productores y DJ, quienes ahora tendrán la música colombiana a “un clic”.

El procedimiento será muy sencillo. Dependiendo de la necesidad, el usuario ingresa a la página de internet y busca el paquete de sonidos. El primer volumen fue llamado Caribbean 1. Si la persona lo descarga recibirá un archivo comprimido con los clips de audio. Posteriormente podrá incorporarlos a su producción a través de más de veinte softwares especializados en producción sonora. Todo el material está en internet, por eso cualquier persona en cualquier parte del mundo podrá acceder a él.

Este proceso, además de un medio para acceder a los sonidos, con o sin intención obedece también a una concepción que tiene Pinzón del funcionamiento del mundo, o por lo menos de su mundo. “Ya no tenemos nacionalidad, nuestra nacionalidad es internet. Los territorios están vencidos”, afirma.

Durante su trabajo investigativo de producto encontró que en la web había miles de bancos de sonidos de todos los géneros. Rock, electrónica y efectos para cine, pero no uno en el que se escucharan la gaita o una chirimía. Personas cercanas, la mayoría músicos, habían pretendido algo similar, pero sin resultados alentadores.

La calidad es fundamental para el éxito de este proyecto. Por esta razón se encerró en un estudio durante más de 140 horas de grabación y con más de 15 artistas a cumplir con un sueño pensado tiempo atrás, pero que no había sido materializado hasta ahora.

A cargo de la música original estuvieron, entre otros, Iván Benavides, Ernesto Santos, Mayté Moreno, El Papa Pastor (músicos de Carlos Vives) y Jimmy Zambrano (acordeonero de Jorge Celedón).

Los costosos y dispendiosos recorridos de músicos de otros países para incluir en sus producciones sonidos latinos con esta herramienta ya no serán necesarios: Colombian Loops lo hará por sus clientes. Si usted está fuera del país y oye un ritmo familiar, seguramente fue descargado de esta web.

Sin embargo, los registros de los instrumentos no quedaron solamente grabados en el banco de sonidos, también en una aplicación, esta sí gratuita, para smartphones, en la que los usuarios podrán aprender más de música colombiana. Es una especie de teclado en el que se obtiene un sonido diferente, de acuerdo a la zona de la pantalla que se toque.

Colombian Loops nace en una coyuntura única, pues desde que entraron en funcionamiento servicios como iTunes, Spotify y Deezer, la industria de la música se ha revolucionado a niveles en los que invierte cerca de US$4.500 millones anuales en el descubrimiento de artistas. El público quiere mejores sonidos, novedosos y de calidad, pero no sólo eso. Según la Federación Internacional de la Industria Fonográfica (IFPI por sus siglas en inglés), también usa cerca del 67% de su tiempo hablando de estos temas.

Seguramente Johana Pinzón hace parte de este grupo de melómanos que no pueden parar de hablar de la música porque viven de ella. Y esa es una ventaja en medio de un proyecto tecnológico prometedor, porque ella es clienta y dueña. 

Por Óscar Guesgüán

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