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De la tierra al cielo de tela azul

Con la facilidad de compra que ofrecen los centros comerciales y las tallas estándar, el oficio de la sastrería cada día se extingue. Ellos no son diseñadores ni costureros. Su confección es de calidad, así su conocimiento sea empírico.

Laura Dulce Romero
05 de agosto de 2014 - 04:05 p. m.
De la tierra al cielo de tela azul

 Antonio Bolaños creció en el seno de una familia campesina de Topaipí (Cundinamarca). Describe a su padre Ricardo como un hombre visionario, que desde joven se dedicó a comprar lotes llenos maleza para convertirlos en tierras productivas, donde le enseñó a él y a sus 10 hermanos a criar ganado y a cultivar de todo. Y aunque por herencia parecía destinado a las labores del campo, fue justo en medio de este arduo trabajo donde descubrió que eso no era lo de él.

Este hombre, de 50 años, contextura delgada y pelo negro abundante, recuerda que una tarde, después de un largo recorrido de tres horas en el que tuvo que llevar mercancía desde su vereda Papatas hasta Topaipí, se sentó con sus hermanos a descansar y comenzaron a fantasear sobre el futuro. Como era de esperarse, casi todos aseguraron que la agricultura sería lo de ellos. Pero hubo una oveja descarriada: “Ese día les dije que quería ser sastre”, cuenta Antonio.

Todos quedaron mudos, ante la respuesta inconcebible de un joven campesino, que apenas empezaba su vida laboral. Él les explicó que había descubierto que quienes más status tenían en el pueblo eran los sastres, porque siempre estaban rodeados de personas influyentes y de las mujeres más hermosas; que su vestimenta era impecable, y que con sus creaciones se ganaban el respeto de los habitantes. Todos iban donde el sastre, sabían quién era y reconocían lo necesario de su trabajo.

Desde sus 20 años tenía claro que no quería trapos sucios de tierra, ni cargar una carreta más. Y encontró apoyo de su padre, quien decidió llevarlo a Topaipí donde su amigo Humberto González, el sastre del pueblo, para que le enseñara todo lo que sabía, porque su hijo sería el futuro sastre del pueblo. Duró un buen tiempo aprendiendo los secretos del oficio hasta que el propio González le propuso montar un negocio.

Y así fue como Antonio y su maestro se instalaron en un local. Como ya tenían clientela, por la fama del señor González, empezaron con pie derecho y su vida le empezó a cambiar: ya tenía más ropa, alguna que otra novia y, lo más importante, tenía el respeto de los demás por lo que más le gustaba hacer: confeccionar.

Trazar el boceto de su vida fue más complicado de lo que parece. Después de un tiempo, su maestro y socio montó otra sastrería y se llevó a todos los clientes. La competencia fue dura, ya que hasta sus hermanos le pedían a su ex socio que les cosiera. Entonces, decidió reformar su vida: se vestía más elegante, traía nuevas telas de Bogotá y comía en el restaurante donde iban los profesores del colegio, con los que tenía buena relación. “Gracias a los contratos de los uniformes me empezó a ir bien”, agrega Antonio.

Gracias a su buen corte y a la puntualidad, ganó en Topaipí el reconocimiento que siempre lo sedujo de su oficio. Sin embargo, a pesar de su fama, un día lo dejó todo. Se fue para Muzo (Boyacá), detrás de la ilusión de sacar esmeraldas. Las cosas no salieron bien y al poco tiempo no tenía sastrería ni esmeraldas.

Un hombre a la medida de su oficio

Con 30 años decidió dar el salto a Bogotá, para retomar su oficio, donde ya lleva 20 años. Su casa, donde también tiene su negocio, queda en la calle 66A #72b-28, en el barrio Boyacá Real. En la fachada hay un ventanal, que encima tiene un letrero vertical que dice “Sastrería”. Al tocar el timbre, sale Antonio, saluda e invita a sus clientes a pasar al tercer piso donde tiene su taller.

Antes de conseguir lo que hoy tiene, tuvo que luchar bastante. Sin dinero, llegó a Bogotá a buscar trabajo para responder por su esposa y por Heydi, su hija mayor. Aprovechando su conocimiento, pidió empleo en la sastrería de un señor de Pasto, quien como prueba le entregó un pantalón y le pidió que intentara hacer uno parecido. “En esa época vivía en una habitación. Salí de la sastrería rumbo a mi casa. Cosí un pantalón a mano. Volví al día siguiente y cuando el sastre lo vio, se dio cuenta que era igualito y me contrató”.

Allí trabajó por un año. Ahorró y abrió su primer local en el barrio Boyacá Real. Allí, gracias al esfuerzo de su trabajo, logró comprar la casa que soñó. Actualmente vive allí y en el tercer piso adecuó su taller, un salón amplio y ordenado. A penas se ingresa, de frente está la máquina sobrehiladora, con la que realiza los bordes en la tela y las une para dar forma a lo que quiere hacer: un pantalón, una chaqueta o una camisa.

A mano izquierda de la puerta está la máquina clásica de coser, marca Singer. Es beige y tiene varios años acompañando a Antonio. Muy cerca tiene otra máquina mucho más vieja, que lo acompaña desde sus primeras creaciones 30 años atrás. Aunque todavía funciona, Antonio prefiere guardarla como un recuerdo de su historia.

Es un hombre noble, caritativo, trabajador y siempre al servicio de los demás. Cristian David, su hijo menor asegura que por su personalidad positiva y su esfuerzo ha sacado adelante este oficio, que actualmente agoniza en medio de la proliferación de los centros comerciales, donde la ropa se vende con medidas estándar. “Yo creo que esto nunca muere. Hay gente que le gusta todo como era antes, porque la originalidad para ellos es primordial y para eso está su oficio”, agrega Cristian.

Su obra

Apenas llega a su taller, extiende una tela azul sobre el mesón blanco, toma el cuaderno donde anota las medidas de sus clientes y empieza a calcular con un metro, que siempre lleva colgado al cuello. Es segundos empieza a trazar líneas con una tiza y con ayuda de las reglas, aunque no las necesita, porque su pulso es impecable. Cuenta que la tiza no afecta la tela y se borra con facilidad.

Parece un artista bosquejando el pantalón que debe entregar pronto. Su muñeca es rápida y delicada con los movimientos. Al terminar de dibujar, pasa a la etapa del corte. Para no fallar ni un milímetro en sus medidas, hace unas ranuras en donde está la cadera, la rodilla los tobillos, de tal manera que cuando une las dos piezas, estas encajan perfectamente. Este es solo un truco de los centenares que tiene para guiarse a la hora de confeccionar.

La mayoría de las personas que llegan a su taller es por el “voz a voz”. La calidad de su trabajo hacen que sus clientes lo referencien con sus conocidos. Y es que Antonio se le mide a cualquier trabajo: desde vestidos de novia hasta los trajes clásicos para hombre. Los precios de sus confecciones varían. El año pasado, un joven que vive en Estados Unidos vino a Colombia de visita y le pidió que le hiciera el mejor vestido que pudiera hacer, pues lo iba a usar en su graduación. Antonio compró la más fina tela italiana. “Quedó muy elegante. Ese vestido costó $3’000.000. Ese ha sido el más caro que he hecho”, relata.

El trabajo del sastre es muy diferente al de la costurero o al del diseñador. Mientras el costurero repara ropa usada y el diseñador vende la pieza hecha o la confecciona a su gusto, el sastre confecciona ropa sobre medidas. Los diseños los proponen los clientes, aunque su asesoría es clave, ya que explica las tendencias y recomienda telas o texturas.

Luz Marina Ayerve, clienta de Antonio Bolaños hace 4 años, asegura que lo que más le gusta es que cumple a cabalidad con lo que ella pide. “Escojo el modelo, el tipo de tela, el color y él lo confecciona. Ya tiene mis medidas. Para mí es indispensable que los sastres no desaparezcan, porque en muchas ocasiones uno no encuentra un vestido que le quede a la medida y ellos lo hacen como uno lo quiere”, agrega.

Antonio tiene el pantalón casi listo y solo le faltan detalles de decoración y el botón. Para esta parte, voltea su silla de plástico, cruza la pierna y advierte: “esta es la típica pose del sastre tradicional”. Enhebra su hilo, se pone su dedal y empieza a bordar. En silencio y concentrado incrusta la aguja en el pantalón, para luego sacarla con un estirón de mano. Él tarda una hora en hacer un pantalón, que luego vende en $80.000.

No se arrepiente de lo vivido, por el contrario, agradece a la vida que lo haya llevado por el camino de las telas, las agujas y las máquinas de coser. Nos se queja, por el contrario, sabe que es de los pocos afortunados que sobrevive haciendo lo que más ama, por eso, repite con una sonrisa “tan fácil que es la vida, todo se logra trabajando”. El cambio de vida que tuvo este campesino a partir de la sastrería no fue del cielo a la tierra, sino al revés: fue de la tierra que cultivó en su natal Topaipí hasta el pedazo de tela azul, que hoy tiene como cielo en la capital. A pesar de que su oficio está en vía de extinción, él a sus 50 años sabe que por ahora tiene aún mucha tela por cortar.

Por Laura Dulce Romero

 

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