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Dos corridas en Manizales

El escritor Alfredo Molano Bravo hace un recuento detallado de la temporada taurina que se vive por estos días en la capital de Caldas. Un espectáculo que congrega multitudes y alegra a un pueblo festivo a pesar de las adversidades.

Alfredo Molano Bravo / Especial para El Espectador
07 de enero de 2012 - 09:00 p. m.

SEGUNDA DE ABONO

Corrida de rejones:Pablo Hermoso, Antonio Riveiro, Willy Rodríguez. Ganadería de Dosgutiérrez.

Más interesantes que las tertulias y los condumios antes de las corridas son los nervios que exponen en la tarde los toreros y subalternos, y menos mentados los de los ganaderos. No sólo están de por medio sus intereses, sino el juego que dé el encierro. Conocen cada toro, su historia, y han mirado con celo desde la forma de mamar a la madre hasta la respuesta a la media luz del chiquero. Tienen una relación íntima con cada bravo. Y lo quieren y sienten cuando son mal picados y mal banderilleados y mal toreados y, sobre todo, mal matados, como lo hizo Antonio Riveiro con Criticón, al que le clavó el rejón de muerte en el espinazo y lo puso a arrastrarse de manera lastimosa por el ruedo. Cierto es que los rejoneadores portugueses no matan los toros y por tanto no saben hacerlo, pero además el hombre no traía cuadra de caballos. Se los prestó —o se los arrendó— Hermoso. Una tragedia. Montar en una bestia prestada es como estrenar zapatos de cuero crudo, y prestar un caballo es peor que prestar los pantalones. Con todo, Riveiro lo que no tiene —o no tuvo— fue ángel. Es un rejoneador seco, vidrioso y, digo, casi sin ganas. Eso sí, pide aplausos como nuestros novilleros.

En cambio, qué ganas las que llevaba puestas Willy Rodríguez. No tenía los mejores caballos, siendo Peramance muy inteligente y bello. Pero tuvo el mejor toro de la tarde: un cárdeno bragado que persiguió, templó, buscó, galopó y, lo mejor, jugó en los quiebros a mirar y a salir casi coquetamente, como un adolescente enamorado. Hizo todo lo que desde el caballo se hace y mató a su primero a ley. Oreja. Aplaudido. Flor Guajiro, el toro, en la merecida vuelta al ruedo. Si se hubiera toreado a pie, quizás habría sido indultado por la nobleza y la claridad de la embestida, por la manera como humillaba. Quizás.

Hermoso de Mendoza tiene caballos sabios como Unamuno, artistas como Tiziano y Van Gogh, divinos como Ícaro, pero saca uno que tiene todo lo que los demás tienen: Chenel, que no vimos en Manizales. Tiene otro, Manolete, también torero. Montándolo, Hermoso templa y liga y manda. Más aún, con alguno, ya no recuerdo cuál, carga la suerte. Cargar la suerte a caballo quiere decir, según los entendidos, provocar con el anca como hace el torero con la pierna, y enderezar el cuerpo para defenderla a la hora del embroque. Me lo explicaron porque no lo vi, pero lo sentí como un escalofrío de nuca a sacro. Dos orejas en su primero, una en su segundo.

El encierro Dosgutiérrez volvió a mostrar lo que son sus toros: encastados Murube. Bien hechos, enmorrilladitos, francos, bravos. Todos persiguieron a los caballos, con excepción del cuarto; todos galoparon, con excepción del cuarto, parado y despistado. Todos, incluido el cuarto, se encelaron. El quinto metía la cabeza. En resumen, Hermoso de Mendoza repartió claveles rojos con el ganadero.

TERCERA DE ABONO

El Cid, Castella, Bolívar.Ganadería Ernesto Gutiérrez.

En el callejón, los toreros y los enormes caballos de los picadores estaban inquietos, los periodistas preguntaban, los ganaderos miraban. Todo estaba en movimiento, menos los ojos de Castella, fijos, quietos, pero estiró los dedos de su mano derecha, entumecidos por el frío que baja del nevado del Ruiz y que trae una lluvia fina que no cesó en todo el día.

No fue Castella —que iba de rosa y oro, como acostumbra— afortunado a la hora de matar. Pinchó en cada uno de sus toros y perdió las orejas, por lo menos una en cada faena. Su primero —negro, cómodo, 470 kilos— humilló, recibió una buena vara, pero escarbaba. Castella se peina las cejas mientras se cita de lejos con la muleta. Abrochó cinco derechazos sin mover los pies, el toro tardeaba y el francés optó por tirarlo del hocico para llevarlo al centro. Tanda de naturales metiendo la contraria. Hizo sus acostumbrados cambiados por la espalda para animar los tendidos que tiritaban de frío a esa hora. El toro le trompicó la muleta y Castella, ofendido, le hizo un desplante metiendo su cabeza entre los cuernos y lo miró largamente como recuperando la mirada que tenía en el callejón. Con su segundo —500 kilos— tuvo menos suerte. Fue un toro descastado, desentendido, que cuando no le daba el culo al torero se lo daba a las tablas. Castella castigó a la ganadería lidiándolo más allá de lo justo, para poner de manifiesto los defectos del toro en contraste con su voluntad de torearlo.

Tan malo como el segundo del francés fue el primero de Bolívar, un negro que salió suelto y que el torero no pudo torear ni con la capa ni con la muleta. Fue un toro sin fuerza, sin motor, sin ganas. Parecía perdido en sus nostalgias de potrero. En la plaza, la lluvia no dio tregua. Bolívar lo mató de mala gana, como quien se deshace de un fardo. En cambio, el segundo del colombiano —no hay toreros en Panamá— fue un bello animal: Chuyita, que con 500 kilos remató en burladeros y salió a pelear. Bolívar lo recibió con una tanda de verónicas a pie junto. El toro fue una ráfaga que pasaba y volvía a pasar. El torero les habló al oído al toro y al picador: sólo un toque. Viloria se lo dio. Aplausos. Monaguillo puso un par de banderillas decoroso. Los derechazos fueron templados y coreados; Chuyita humilló, como lo hacen los nobles. Con la izquierda, Bolívar cumplió sin mucha exposición, pero ligando hasta el forzado de pecho. Molinetes para despedir al toro y un volapié memorable, marcado, que derrumbó al toro en sus pies. Bolívar ratificó la promesa que hizo en Cali: ser el torero colombiano de la década.

Tan bueno como Chuyita salió Trompetillo —la hoja del trompeto es una de las más bellas de la flora paramuna—. Azabache, alegre, desenvuelto, dio la vuelta buscando pelea y la encontró en una capa suave, lenta, de remate decidido. El Cid es un hombre alto que mete la barbilla entre el pecho y anima su sentimiento con la boca. En quites, chicuelinas justas, severas. Toreaba para sí mismo. Lo dijo después: “Gocé con esa capa”. Con la muleta salió a torear con la izquierda al natural, así, sin más; como lo más normal. Como lo suyo —cierto que es zurdo—, pero mostró cómo se carga la suerte sin aspavientos, cómo se corre la muleta con profundidad, cómo se remata con forzados de pecho larguísimos y templadísimos. En fin, cómo se torea. Apeló, como por no dejar, a la derecha, dando espacio, dejando respirar al toro. Y al público. Cerró con manoletinas. Perdió una oreja con el pinchazo y ganó la otra por la faena.

Su segundo, Anturio Negro, de 446 kilos, salió abanto pero ganó crédito en las verónicas, aunque cayó, literalmente, con el primer puyazo. Quites a la verónica a pie juntos, y banderillas del Alcalareño, de poder a poder, que centró al toro. Fueron las únicas memorables de la corrida. Por el pitón izquierdo, el toro iba y el Cid le alargó la embestida cargando la suerte; un forzado de pecho que hizo pensar que el tiempo en sus manos es elástico. Con la izquierda hizo un toreo infinito, y no porque sea zurdo, sino porque mueve la muleta con lentitud. En el ojo del anillo dio un par de invertidos que hicieron olvidar que seguía lloviendo. Para rematar la faena hizo el pase de las flores, botó la muleta, abrió los brazos sobre la cornamenta, como protegiendo al toro, y lo despachó después de un pinchazo. En medio del ruedo dejó los claveles rojos. Una oreja.

El encierro de Ernesto Gutiérrez fue disparejo, pero en conjunto falto de chispa y de fuerza. Un ganado soso y distraído, raro en el hierro. Don Miguel no salió esta vez en hombros, pero, a todo señor, todo honor: “El encierro no tuvo motor, no transmitió emoción —declaró—. Paso la página”.

Un manifiesto por la fiesta brava

Las corridas de toros, como las conocemos hoy, datan en España y en la América española de la época de la Ilustración (1750-1850). Los señores de a caballo de las antiguas fiestas son sustituidos por los peones y se escriben los primeros reglamentos taurinos, que buscan tanto proteger la vida del torero como preservar la integridad del toro hasta el momento ritual de su muerte. Son normas que al ser observadas permiten que el juego del toreo se transforme en arte. Un arte específico que contiene los ideales de la cultura hispánica: el sentido trágico y heroico de la vida. El toreo es así una gran metáfora sobre la vida y la muerte.

Como todo arte, el del toreo no es comprendido por todo el mundo. Pero esa no es una razón para atacarlo y pretender prohibirlo con el argumento de que es cruel, detrás del cual se esconde el simple afán de prohibir los gustos y las aficiones de los demás.

Nosotros, aficionados a la llamada fiesta brava, reclamamos y defendemos nuestro derecho a gozar de una tradición artística pacífica. Reclamamos nuestro derecho a la libertad de opción cultural, como se respeta la libertad de conciencia. El ataque a las corridas es una manifestación violenta de intolerancia cultural y social. Así como no pretendemos imponerle a nadie nuestra afición, exigimos respeto absoluto por nuestros gustos y sentimientos.

También nosotros somos defensores del medio ambiente y de la conservación de las especies, que incluyen la del toro bravo, y en consecuencia las condiciones que hacen posible su crianza y su existencia.

En constancia firmamos:

ANTONIO CABALLERO,ALFREDO MOLANO Y VÍCTOR DIUSABÁ.

La temporada en la Santamaría

La Corporación Taurina de Bogotá hizo públicos los carteles de las seis (6) corridas de toros y la novillada picada que conforman la temporada taurina 2012, la cual se llevará a cabo en la Plaza de Toros de Santamaría durante los meses de enero y febrero.

Sábado 14 de enero: Novillos de Cenicientos para Juan Viriato, Luis Miguel Castrillón y Sebastián Cáqueza.

Domingo 15 de enero: Toros de Las Ventas del Espíritu Santo para Sebastián Vargas, Julián López ‘El Juli’ y Sebastián Castella.

Domingo 22 de enero: Cuatro toros de Agualuna y dos de Ernesto González Caicedo para Luis Bolívar, David Mora y Pablo Hermoso de Mendoza.

Domingo 29 de enero: Toros de Juan Bernardo Caicedo para ‘Ramsés’, Daniel Luque y Pablo Hermoso de Mendoza.

Domingo 5 de febrero: Toros de Mondoñedo para ‘Ramsés’, Luis Bolívar y Santiago Naranjo.

Domingo 12 de febrero: Toros de Santa Bárbara para Diego Urdiales, Iván Fandiño y Juan Solanilla.

Domingo 19 de febrero: Toros de Ernesto Gutiérrez para Pepe Manrique, Julián López ‘El Juli’ y Alejandro Talavante.

Por Alfredo Molano Bravo / Especial para El Espectador

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