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¿Educación competitiva?

Si hablamos de competitividad en la educación formal, debemos referirnos a la capacidad que tiene una organización de proveer servicios educativos, igualables o superiores a los que potencialmente suministraría otra organización dedicada a la actividad.

Rogelio Gutiérrez P.*
28 de marzo de 2021 - 09:00 a. m.
La educación competitiva, un factor clave en el mejoramiento.
La educación competitiva, un factor clave en el mejoramiento.
Foto: Pixabay

Está claro que el concepto no se puede limitar al ámbito privado, (vale recordar que, según la Constitución de Colombia, la educación es un servicio público, indiferente de que sea proporcionada por entidades públicas o privadas), pues la competitividad no reside solo en los aspectos de productividad individual o réditos económicos, sino que se enmarca en la capacidad de la organización de sobrevivir y permanecer, garantizando la satisfacción de expectativas de sus usuarios.

Dentro de los innumerables impactos que la transformación digital está generando en los sistemas educativos del mundo, uno de las más significativos es la globalización de las fuentes de suministro de enseñanza y de transferencia de conocimiento explicito, en general. Como consecuencia, y simultáneamente, asistimos a la deslocalización de los aprendices, lo cual significa que la dualidad instructor-aprendiz solo requiere de circunstancias de conectividad, puesto que las condiciones de lugar y tiempo son adaptables a través del espectro tecnológico que la facilita. Es allí donde el concepto de competitividad adquiere mayor significado en el ámbito del quehacer educativo.

La actual oferta educativa internacional cuenta con variadas instituciones de tradición y reconocimiento mundial (marcas que no solo han logrado un posicionamiento por la calidad de sus investigaciones, publicaciones y egresados, sino que se han convertido en aspiracionales para diversos sectores poblacionales, especialmente en Latinoamérica), y es a ellas a las que se enfrentarán en los próximos años las instituciones educativas nacionales.

Si a ello le sumamos que la estructura de costos para la educación viene variando a la par del desarrollo de la transformación digital —pues, a pesar de que las infraestructuras físicas siguen siendo importantes, los costos inherentes a su ocupación disminuyen y seguirán siendo objeto de optimizaciones—, esto permite suponer una copiosa formulación de estrategias traducidas en propuestas y tarifas atractivas para esa demanda potencial local, especialmente de pregrados y posgrados universitarios; esta última ávida de títulos provenientes del extranjero.

Pero esta “amenaza” para las instituciones educativas colombianas no puede enfrentarse simplemente con barreras proteccionistas (aunque, indudablemente, habrá que analizar algunas para asegurar la calidad y pertinencia de esos contenidos prometidos desde el exterior) y, por el contrario, debería constituir un importante revulsivo para el mejoramiento en la prestación de sus servicios en el país y de compensación con el crecimiento internacional (como ya se empieza a ver) especialmente en el centro y sur de América.

Sí. Indudablemente, uno de los principales focos para la educación en los próximos años se centrará en la competitividad de sus instituciones.

*MBA DBA. Consultor internacional, máster en Gestión de Empresas de la Universidad Ramón Llull de Barcelona y estudios doctorales en administración.

Por Rogelio Gutiérrez P.*

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