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El gigante de latinoamérica

Esta es la historia de éxito de un santandereano, amante de la cocina y el golf, que a los 14 años descubrió su pasión por los negocios en medio de una crisis económica familiar. Hoy es líder del sector de la marroquinería y reconocido en países como Panamá, Aruba, Venezuela y México, entre otros.

Marcela Díaz Sandoval
31 de marzo de 2014 - 07:33 p. m.
El gigante de latinoamérica
Foto: GUSTAVO TORRIJOS/EL ESPECTADOR - GUSTAVO TORRIJOS

¿Qué ha sido lo más difícil hasta ahora? “Nada”, respondió el santandereano que a los seis años de edad llegó a Bogotá en un camión con sus papás y sus tres hermanos, huyendo de la violencia que atacaba hacia 1947 las calles de Capitanejo, su pueblo natal. El amante de los números y enemigo de la escuela disfrutaba jugar a ser empresario en el furgón de uno de sus vecinos al que bautizó ‘la oficina’, mientras sus amigos se divertían con las canicas. Desde ese momento supo que lo suyo iban a ser los negocios y la vida se encargó de darle la razón.

Con la inocencia que caracteriza a los niños de su edad, Mario decidió asumir las ‘riendas del hogar’ a los diez años, cuando falleció su padre. “Mi mamá era ama de casa, cuando mi papá murió ella se inventó el sistema americano de los loft, nos fuimos a vivir a una pieza en la que teníamos el cuarto, la sala, el comedor, la cocina, todo, y se alquilaban las demás habitaciones”.
No nació siendo marroquinero. Antes de tener una vida cómoda y tranquila, fue mensajero a los 14 años de la fábrica de vestidos Hermega, mientras estudiaba en las noches. Se desempeñó como comerciante de diversos productos, “los amigos que iba haciendo me regalaban cosas y yo las vendía”, y abrió una oficina de finca raíz, hasta que en 1972 una chaqueta de cuero que le hizo un vecino lo llevó a encaminarse al negocio que hoy lo hace feliz.

“El señor de Marroquinera Ltda. ya estaba avanzado en edad y la empresa iba rumbo a la quiebra. Un día me llamó y me dijo: ‘Mario, yo ya me voy a descansar, le vendo la compañía, encárguese usted de ella’, y yo le respondí: ‘Pero no tengo cómo comprársela’, entonces me la fio. Llamé a mi hermano para que fuera a recibir los papeles, le dije que él sería mi socio y ahí nació Mario Hernández. A los dos años ya tenía ocho tiendas”.

Desde ese momento, la calidad y la innovación se convirtieron en sus pilares. Tenía claro que si hacía lo mismo que los demás no iba a marcar la diferencia. El sueño de trabajar para salir adelante, que se planteó hace algunos años, ya cuenta con cerca de 500 empleados, un posicionamiento a nivel nacional y un reconocimiento en países como Panamá, Aruba, Venezuela y México.

“Uno en la vida tiene que arriesgarse, las oportunidades están en todas partes, es cuestión de tener el olfato y atraparlas, pero eso no se logra con miedo”, dice el fundador de la firma MH, el mismo que, impulsado por las ganas de seguir creciendo, abrió un almacén en Nueva York que tiempo después tuvo que cerrar por una serie de errores, situación que lo llena de orgullo y lo lleva a afirmar que “ese fue el mejor MBA que pudiese haber cursado”.

Los más de 50 reconocimientos que adornan su oficina, los premios que lo han catalogado como el emprendedor del año en la categoría máster de Ernst & Young, y el título del único gigante en Latinoamérica que le dio Johnnie Walker, no son suficientes para que él ‘se crea el cuento’. Por eso dice que “uno nace desnudo y se va desnudo, hay gente que compra carros para mostrar, a mí eso me tiene sin cuidado. Nosotros les pedimos a los políticos que ayuden a cambiar la sociedad, cuando es algoque podemos hacer desde nuestros hogares”.

Si algo heredó el señor Hernández de su mamá fue la sencillez y la hospitalidad que caracterizan a los santandereanos, un valor que a sus 73 años le permite ofrecer un vaso de agua o servir una bebida a las personas que visitan su oficina sin ningún problema, y que lo motivan a entregarles casas y mercados a sus empleados, “yo pienso en la familia de los que me colaboran, en la felicidad de los niños cuando sus papás les dicen que van a tener casa propia”.

Su mente nunca descansa, cuenta él, todo el tiempo está pensando en crear cosas, en innovar y en retribuirle a la sociedad lo que ha logrado. Por eso, dentro de sus planes a corto plazo está entregar 40 viviendas más este año y crear una fundación en pro de la educación de Colombia, y aunque aún no sabe para cuándo la tendría lista, tiene claro que empezaría por Capitanejo.
En medio de la jornada de trabajo que inicia a las siete de la mañana y termina a la seis de la tarde, se cuida en la alimentación, no toma gaseosas, no come dulces y prefiere huir de los excesos. En cuanto al trago, dice que ya tomó bastante y rumbeó lo suficiente, “cuando había para aguardiente tomaba aguardiente, cuando había para whisky tomaba whisky, pero ahora ya no tanto”.

Para él, los jueves y sábados son sagrados. El primero porque es cuando se reúne con sus amigos a preparar platos distintos, es amante de la cocina y la paella es su fuerte. Y el segundo se lo dedica a su otra pasión, el golf. Es risueño, descomplicado, exigente y claro, afirma que prefiere facturar y no registrar, por eso cuando de fotos se trata, opta por mostrarse muy natural y asiste sólo al 5% de los eventos a los que lo invitan.

Le gusta escribir artículos de economía y leer la historia de vida de grandes como Steve Jobs o Bill Gates, a quienes considera ejemplos de superación. Le disgustan la impuntualidad y las personas irresponsables. Cuenta que ya ha cumplido todos los sueños que se ha propuesto, “darles educación a mis hijos y tener una vida tranquila; sin embargo, ahora lo único que me preocupa es cómo mantener el nombre de la empresa cuando yo ya no esté”.

Piensa que “el dinero es importante, pero más importante es superarse uno mismo, todo en la vida es ñapa, uno se cae y vuelve y se levanta y camina. Hay que saber perder, uno aprende con las caídas y de los errores”. Se lamenta de no haber aprendido a hablar inglés y prefiere hacer rápido las cosas que no le gustan.

Detrás de los bolsos, las carteras, los accesorios, las billeteras, el calzado y las maletas de viaje que fabrica se esconde una palabra, “yo defino mi personalidad con decisión, ese es el ingrediente que le agrego a todo lo que hago”. Obedece a su olfato, trabajando en equipo y escuchando a su gente.

Es un apasionado por la cultura china, afirma que le gusta su crecimiento económico y su sistema de gobierno, al que considera más equitativo y competitivo que el colombiano. “Los chinos son muy profesionales en lo que hacen. Nosotros deberíamos aprender de ellos, a pensar en grande”.
Por lo mismo, prefiere omitir los diminutivos, pues tiene claro que las palabras cobran vida y que “si uno piensa en cumplir un sueñito o en llegar lejitos, eso es lo que va a alcanzar”. Está de acuerdo con la apertura comercial que vive el país, “tener como competencia a empresas extranjeras nos impulsa a hacer más y mejores cosas, a volvernos exigentes y competitivos en el mercado”.

Hace parte del grupo de empresarios que representa a Colombia en la Alianza del Pacífico, lugar desde donde está intentando promover la educación como un derecho nacional.

Haber nacido en una época donde la tecnología no era parte de la rutina diaria no ha sido impedimento para que Mario Hernández se conecte con sus clientes y seguidores por medio de las redes sociales. Y para que les dé el agradecimiento a través de videos a los mismos que cada 31 de octubre se acuerdan de su cumpleaños. Una fecha que prefiere pasar en compañía de su familia y amigos.

El ‘artesano del cuero’, el de la memoria envidiable y el de la perspectiva clara y sencilla , cuenta que de mi experiencia he aprendido dos lecciones valiosas: hay que ser modesto siempre, no dejar que se suban los humos a la cabeza; y que los fracasos no son pérdidas sino inversiones en aprendizaje”.


mdiaz@elespectador.com

Por Marcela Díaz Sandoval

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