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El hombre que consiente los sueños de los colombianos

Con el sueño de regalarle una casa de teja a su mamá, el empresario nacido en Ciénega (Boyacá) llegó a probar suerte en Bogotá a los 16 años. El negocio de la carpintería en el que trabajó le presentó a su gran amor: los colchones

Marcela Díaz Sandoval
29 de marzo de 2014 - 09:00 p. m.
El hombre que consiente los sueños de los colombianos

Gumercindo Gómez recorrió descalzo las calles de Ciénega (Boyacá) hasta los nueve años. No tenía problema en pasar días enteros en los árboles comiendo cerezas o cobrándoles a sus tíos por leerles las cartas que llegaban. Su niñez transcurrió entre el aire puro, el amanecer y la comida variada de la naturaleza, hasta que en segundo de primaria el sueño de darle una casa de teja a su mamá se adueñó de su mente.

Era 1953. El señor Gómez, de 16 años, decidió viajar a Bogotá: “llegué a estar solo, no tenía ningún familiar y mucho menos plata, solo sabía que debía retribuirle a mi madre todo el amor que me había dado, el valor que hasta hoy me mantiene vivo”. Con la idea de brindarle a la señora Concepción Caro los lujos de una mujer adinerada, pues en la época esas casas sólo las tenían los ricos, empezó a trabajar en fundición, granito y carpintería, labores que le parecían muy pesadas.

Haber cursado sólo dos años de colegio no le impidió entender que para subsistir en la vida hay que arriesgarlo todo. Por eso, después de fallar tres veces en la solicitud de aumento de sueldo en la fábrica donde trabajaba en carpintería, decidió renunciar. “Llegué donde un vecino y me dijo que estaban buscando un ayudante para tapicería, me preguntaron cuánto ganaba en el otro lado y yo dije que $10, pero en realidad me estaban pagando $2. Pasé al otro día y me contrataron por $12”, dijo en medio de una sonrisa que transmite picardía.

Como un azar de la vida, era en ese lugar donde “Gumer”, como le dicen sus amigos, iba a encontrar su destino. “Mi exjefe, que además era mi amigo, me dijo que donde yo trabajaba había una fábrica de colchones, que aprendiera a hacerlos y que nos asociáramos para montar ese negocio”. A los 19 años hizo su primer colchón, y cuenta que le quedó tan perfecto que le pagaron el doble de lo que había invertido.

Desde ese momento sintió que eso era lo suyo, “fue mi amor a primera vista”. Fabricaba dos o tres por mes, porque no tenía a quién venderlos. Pasados dos años, la entidad que promocionaba el comercio y las exportaciones lo contactó para que viajara junto a otros empresarios por el Caribe, “a mí eso me sonó a paseo, porque yo no tenía una gama de productos. El primer país que conocí fue Puerto Rico, después República Dominicana, Trinidad y Tobago, Aruba y Curazao”. Hoy la lista de destinos ya suma 57.

Las travesuras que lo caracterizaban en las calles de Ciénega tomaron vida en medio de esos viajes, cuando el empresario empezó a romper los colchones de los hoteles donde se quedaba para mirar de qué estaban hechos, “yo llevaba una Gillette y una máquina de coser. Les hacia una rayita pequeña y tomaba nota de todo lo que veía”.

Don Gumercindo es soñador, honesto y positivo, características que lo llevaron a realizar “un propósito tonto que yo tenía. Quería construir una máquina para hacer resortes. Duré seis meses trabajando en eso pero lo logré, dejaba mi agenda y el lápiz en la mesa de noche y todo lo que soñaba con la máquina lo dibujaba”. Poco a poco la empresa fue tomando nombre y forma. Al principio se llamó Sueños Dorados, pero luego de que descubriera que ya había una registrada así, decidió dejarla como Colchones El Dorado. “Los productos que nosotros hacemos son tan fuertes como la pista de aterrizaje del aeropuerto de Bogotá, el mismo que ha sido mi punto de partida”.

 Hoy, con 77 años, el señor Gómez puede decir que es feliz, “aunque no cumplí el sueño de darle casa a mi mamá, pude sobrevivir a esta ciudad después de querer ‘tirar la toalla’ en varias ocasiones. Me queda pendiente seguir desarrollando la empresa y la industria para hacer grande a Colombia”.

Nunca terminó de estudiar en el colegio, pero sí se preparó en el Inalde, la escuela de dirección y negocios de la Universidad de la Sabana. Ha hecho cursos de desarrollo personal, psicología y liderazgo y habla inglés y francés. Dicta conferencias sobre desarrollo empresarial en universidades y ama jugar partidos de golf, deporte en el que ha ganado cerca de 50 trofeos, los cuales exhibe en su oficina, la misma que tiene un aspecto antiguo y que suena a música relajante.

Por Marcela Díaz Sandoval

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