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Festival de notas

El Festival fue extraordinario: tendidos a reventar, ganado a la altura, caballos preciosos, toreros con voluntad, el público alegre y la noche plácida.

Alfredo Molano Bravo
12 de enero de 2014 - 04:22 p. m.
EFE / EFE
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Dejé en el hotel la libreta de apuntes donde anoto lo que veo y entiendo de una corrida, porque los festivales, así sean taurinos y a beneficio del Hospital Infantil de Caldas, suelen salir aburridores por litúrgicos. Quería mirar sin compromisos, hablar con Antonia y despertarme al otro día sin afanes. La plaza se llenó antes de que encendieran las 10.000 velas que se vieron cuando la banda el cortejo, a paso lento, comenzó a dar la vuelta al ruedo. La virgen iba en una tarima empujada y no cargada en andas como en Sevilla, y en un momento se detuvo porque se cayó a sus pies el helicóptero a control remoto con que la Policía vigila el evento.

El primer acto, el desfile de la Virgen de la Macarena, seguida por toreros, subalternos, areneros y otros devotos, remató en una extraña pieza musical, entre balada, rap y jaculatoria. Después los himnos. El de Manizales es el único que me gustaría cantar como canté a voz llena la Internacional, por aquello del pie.

El Festival fue, en una palabra, extraordinario: los tendidos a reventar, el ganado a la altura, los caballos preciosos, los toreros con voluntad, el público alegre y la noche plácida. Los toros de Don Miguel parecen hechos a mano por el escultor Rivera, médico y gran aficionado.

Manrique, plaza a plaza es hoy un torero hecho y derecho. Ofreció la muerte de su toro a Calamaro, que los viejos hasta ahora nos damos por enterados de que es cantante, que es un acérrimo defensor de la Fiesta y, lo más extraño, que es argentino. Insólito porque en Buenos Aires se acabaron los toros por la influencia de Inglaterra desde el siglo antepasado. Un revolcón sin efectos duraderos y aplausos largos y merecidos.

Morante tuvo los destellos de algunas tardes con la capa. El hombre tiene un modo de torear que se puede calificar con todos los adjetivos, pero nunca se puede entender por qué apasiona tanto con la mera manera de mirar al toro. Se habla de que lo visita el duende porque no se acepta que lo que saca de tarde en tarde –pocas–; es una especie de inspiración del más allá. La espada le fue adversa.

La faena del Juli desenterró un término que yo tengo enterrado desde el colegio: enjundia. Toreó como torea, hace lo que quiere con el toro que le toque y lo hace todo. Pero a veces se equivoca, el toro lo caza y entonces se vuelve un león que toma la cogida como un irrespeto personal que debe zanjar en un duelo. Ni si quiera se sacude la arena o se duele de la herida: va a buscar al toro, que esta vez mató feo, no por venganza sino porque las puntas de las espadas son caprichosas.

De Castella poco se puede decir que no se haya dicho y que él no lo refrende cada vez que sale a la arena. Le vaya bien o mal, nunca se descompone; manda, templa; siempre está en el sitio donde puede obligar al toro a buscarlo, o mejor, a hacerse deseado. Antonia no le quitó los ojos a pesar de mi celosa insistencia en que mirara también a un toro que no dejó de batir su cola como si estuviera prendida a un murciélago. Dos orejas.

Sergio Naranjo fue la carta escondida de Manizales: volvió a sacar su toro vivo, pero esta vez indultado y bien toreado. El año pasado le devolvieron a pitos dos vivos. No sé qué habrá hecho para regresar a su plaza, aseado, inspirado, quieto y hasta sabio. Tampoco es necesario saberlo para admirar lo que hizo: torear, llevar al toro de su mano sin vacilar, sin pie atrás y sin dejarlo rajar. Le sobran algunos ademanes de autoritarismo porque la afición está harta de esa maña que tienen para tratarnos. Dos orejas.

Tengo la duda de si Antonia se enamoró de Hermoso de Mendoza o de sus caballos o de la obediencia noble del torito, porque a mí siempre me seducen los toros que galopan al ritmo de los caballos, una cuadra de caballos que hacen al jinete, y un rejoneador que torea como si fuera de a pie. Dos orejas.
como si el fuera un guion.

Festival al que no le pude hacer el quite hoy cuando abrí lo ojos y recordé lo que se vio en la Plaza de Manizales ayer.

 

Por Alfredo Molano Bravo

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