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Hermoso de Mendoza, ¡genio!

Histórica faena en la Santamaría.

Víctor Diusabá Rojas
23 de enero de 2011 - 09:34 p. m.

Sí hay algo nuevo bajo el sol. Por supuesto que lo hay. Pablo Hermoso de Mendoza ha reinventado el toreo y de su cabeza prodigiosa; y de sus manos, que son riendas; y de sus piernas, que son manos, y por ende riendas; y de su cuadra de caballos, que la ha hecho a su imagen y semejanza, brota ese fontanar que inundó de arte la Santamaría.

Inolvidable tarde. Más allá del trofeo inédito que para las nuevas generaciones significa la concesión de un rabo para el rejoneador navarro, hubo tantas y tantas cosas buenas que, claro, comienzan por ese genio al que todo lo perfecto le parece cotidiano.

Hay que comenzar por el final. Por esa faena de imposibles que significa pasar por dentro, con caballo y todo, por donde apenas cabe una muleta, con el toro ahí, apretando y pidiendo papeles. Claro que no se puede creer cosa tal. Bueno, al menos que trece mil personas lo juren ante la Constitución o ante la Biblia.

Pues las hay. Hermoso de Mendoza derrotó esas leyes físicas para poner a la gente de pie y con ella, a lomo de sus caballos, vino esa otra parte, la de acabar con la teoría de los terrenos. No hay unos terrenos para el toro y otros para el torero. Así lo firmó Hermoso y así lo probó en cada embroque, en cada encuentro entre toro y cabalgadura, mientras la plaza entera se frotaba los ojos. Cuando puso las dos banderillas cortas a dos manos ya no era ilusión óptica, era un sueño.

Ese toro, el sexto, terminó por entregarse tras dar una pelea dispareja, porque, en principio, fue más por oleadas que con tranco. Al final de la lidia, el navarro lo  convenció de pasar a la historia, y entonces el toro —ya otro toro— aceptó un adiós de bravo. El segundo rejón lo tiró como si hubiera rodado desde la fila 24 y la Santamaría dejó caer la nieve de la petición, que no paró jamás, hasta ver asomar los tres pañuelos blancos de las dos orejas y el rabo, así como el premio de la vuelta al ruedo al toro.

Terminaban 54 años de abstinencia, desde que el 5 de febrero de 1956, dicen los memoriosos, Dámaso Gómez entró en los anales de la plaza, en una corrida de escándalo con toros de Benjamín Rocha.

La obra del maestro había puesto los cimientos en el tercero de la tarde. Esta vez trabajo doble, porque el toro de Ernesto Gutiérrez Arango se paró y hubo que ir siempre por él. Igual, sin materia prima, elaboró una pieza de colección, en la que lo mejor estuvo en el valor propio y de sus caballos, cada vez que se arrimó para sacar las pocas embestidas. Dos orejas.

Luis Bolívar también se fue como figura. Su regreso a la capital fue en grande. Al primero lo esperó hasta dar con todo lo bueno del hierro de Manizales. Hubo temple para acompañar esos viajes del toro, cada vez mejores, así fueran a media altura. Luis resolvió eso y no menos el enigma de la distancia que le permitía el ejemplar ir sin sentirse atacado. Una oreja y palmas al toro en el arrastre.

En el cuarto tocó en la puerta grande, pero la espada se puso como cerrojo. Fue una auténtica lidia, ante el más toro de toda la corrida. De esa importancia que le supo dar salieron los muletazos ligados y las series cortas, porque no siempre había fuelle para resistir. Vuelta al ruedo y apoteosis.

Cayetano apenas dejó una tanda de capa en su primero, con la que recordó a sus ancestros, porque lo demás se fue en las escasas condiciones del animal para dar la pelea. Palmas. El quinto necesitaba de manos que lo obligaran, porque había que tirar mucho de él, y quién sabe si así hubiese cambiado la historia. División de opiniones.

Por Víctor Diusabá Rojas

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