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La Tenaza Económica

Las denuncias de El Espectador sobre maniobras irregulares del Grupo Grancolombiano ocasionaron el retiro de la pauta publicitaria que ese emporio tenía en el diario. Guillermo Cano dejó claro una vez más que no se doblegaría ante la presión, como lo demuestra el editorial 'La Tenaza Económica', uno de los más consultados en la historia del periódico.

Editorial
26 de marzo de 2012 - 09:11 p. m.

“…Creo que la clase dirigente, que maneja los resortes de la publicidad en un país democrático, debe entender que será mucho más respetable y respetada si abandona retaliaciones o halagos en intentos estériles y fallidos de modificar, cuando no tiene razón, las líneas políticas e informáticas de los órganos de expresión e intenta colocar sus órbitas de influencia y de presiones inaceptables e indebidas, en aquellas donde se mueve y debe moverse la libertad de expresión…”.

(Aparte de las palabras pronunciadas por don Guillermo Cano, director de El Espectador, el 19 de agosto de 1980, al recibir en nombre de don Gabriel Cano el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar.)

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“Tenaza. (Del lat. Tenacía, de teneo, tener.) f. Instrumento de metal, compuesto de dos brazos trabados por un clavillo o eje que permite abrirlos y volverlos a cerrar. Por un lado remata a veces cada uno de ellos en un ojo donde entran los dedos, por el otro tiene la figura conveniente a su uso, que es coger y sujetar fuertemente una cosa, o arrancarla o cortarla…” (Definición del Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española).

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La carta de uno de los lectores de El Espectador, que publicamos ayer, así como varias de las llamadas telefónicas de nuestros suscriptores, inquiriendo las razones por las cuales, fuera de la cartelera cinematográfica que publicamos diariamente, este periódico había dejado de divulgar la publicidad de varias de las salas de cine de la capital de la República, carta y llamadas que obligaban a una respuesta concreta, nos han dado la oportunidad de revelar, aun con la repugnancia que el tema nos causa, el bloqueo publicitario que uno de los más poderosos grupos de concentración económica del país, el Grupo Grancolombiano, ordenó aplicar a El Espectador por parte de sus filiales, no sabemos si con conocimiento o no, con su aprobación o no, de los accionistas y clientes que las conforman y las financian.

En efecto, el Grupo Grancolombiano en los últimos meses, de manera paulatina pero constante, ha suprimido las pautas de anuncios de sus sociedades que, curiosamente, durante muchos años, utilizaron nuestras columnas con resultados que presumimos buenos por cuanto a nuestras páginas recurrían para promocionar ampliamente sus negocios. La represalia económica contra El Espectador se insinuó ya por razones políticas cuando este periódico fijo su posición frente a la candidatura presidencial del doctor Julio César Turbay Ayala, de la cual era ostensible adherente el presidente del Grupo Grancolombiano. Pero cuando la tenaza económica se comenzó a aplicar desembozadamente y a grande escala, fue a raíz de las publicaciones que se hicieron —y se seguirán haciendo hasta que se haga plena justicia y plena luz en ese caso— alrededor del mayor escándalo financiero del país en que quedó comprometido seria y gravemente el Grupo Grancolombiano y algunas de sus más importantes sociedades. Debemos decir, con absoluta claridad y entereza, que en esos momentos inquirimos, de quienes podían tener alguna explicación para una actitud tan sorpresiva como de tan evidente notoriedad pública, las causas verdaderas del bloqueo publicitario. Las evasivas respuestas, sin argumento de fondo justificable, fueron las de que las “órdenes de suprimir las pautas a El Espectador eran órdenes superiores”. Desde luego no faltaron, dentro de la nerviosa y tímida explicación anterior, ciertas insinuaciones, obviamente rechazadas, para que la línea editorial e informativa de El Espectador fuera variada tanto en lo político como en lo económico y en lo social.

Pero, como es de conocimiento público, el Grupo Grancolombiano continuó y continúa adquiriendo, por muy diversos caminos que inclusive rodean peligrosamente el Código Penal, el dominio mayoritario de las más variadas empresas colombianas. En una diversificación de sus actividades, admirable por la audacia con que las realiza, ya no se limita al círculo banquero y financiero de sus orígenes, sino que compra complejos editoriales, pasa a ser dueño de la impresión y distribución de revistas nacionales e internacionales, asume el poder de manejo de la tarjeta de crédito Diners y si en la fabricación del chocolate se le atravesó la investigación ordenada por la Comisión Nacional de Valores, por sospechosa manipulación e inversión de dineros de sus ahorradores en la compra y venta de acciones de la Nacional de Chocolates, en cambio adquirió suficientes papeles para manejar el Circuito Cine Colombia S. A. En la somera enumeración no están todas las sociedades que domina el Grupo Grancolombiano. Pero sí están todas, éstas y las demás, incluidas en la orden de colocar a El Espectador en la lista negra de los presupuestos publicitarios. Entre esas empresas, claro está, se encuentra Cine Colombia S.A., que retiró todos sus anuncios de nuestras páginas, casi simultáneamente con Diners Club de Colombia, los más recientes casos de persecución publicitaria contra este periódico, que coinciden, curiosamente, con la posición de El Espectador en relación con la candidatura de Alfonso López Michelsen a la reelección presidencial, de la cual es partidario conocido y reconocido el presidente del Grupo Grancolombiano, pariente por sangre del aspirante a regresar, por las buenas o por las malas, al primer empleo de la Nación, y a la vez gran fideicomisario en el pasado y probablemente en el futuro de la multimillonaria fortuna del doctor López Michelsen.

Es nuestro deseo decir, también, que cada quien es dueño de hacer con su dinero lo que a bien le venga. Es decir, que el Grupo Grancolombiano está en su derecho de poner o de quitar anuncios en la prensa, en la radio, inclusive en la televisión. Pero entendemos que la prensa, la radio y la televisión tienen a disposición de los anunciadores unos espacios, dándoles en contraprestación ineludible el servicio que de ellos se espera y se exige: resultados efectivos dentro del público que los lee, los oye, los ve. El manejo de los presupuestos publicitarios obedece o debería obedecer a la conveniencia comercial de las empresas anunciantes. Y con mayor razón cuando esas empresas no son propiedad omnipotente de una sola persona, sino que en ellas tienen intereses materiales respetables muchas gentes que exigen no ser irrespetadas por voluntad de un círculo cerrado que decide inapelablemente manejar los dineros de terceros sin que éstos se enteren de por qué ni para qué se toman comprometedoras y graves decisiones.

Como lo decía Guillermo Cano en su premonitorio discurso durante la entrega de los premios Simón Bolívar de Periodismo, al revelar ante la opinión colombiana uno de los casos más aberrantes de retaliación económica por razones de índole exclusivamente política o para comprometer y someter la ética de los medios de comunicación, no lo hacemos para que se le den o para evitar que se le nieguen determinadas pautas publicitarias a El Espectador. Es una advertencia pública sobre los abismos insondables a los que estamos cayendo en Colombia cuando una clase dirigente, torpe y resentida, vengativa y despótica, decide castigar a la prensa —hoy somos nosotros, quién sabe quiénes serán mañana— recurriendo al extremo de “ser para ellos menester tenazas” —según otra acepción de la Academia— para vencer “la dificultad de conseguir o sacar de una persona alguna cosa”.

Pero con nosotros se ha equivocado una vez más el Grupo Grancolombiano. Se equivocan también quienes directa o indirectamente han sido o están siendo influidos por una tan ofensiva concentración política y económica como la que detenta el Grupo Grancolombiano en los actuales momentos de degradación de los valores éticos. Estaban equivocados quienes recurrieron a las mismas armas intimidatorias en el pasado, y lo están, en el sector público, en el semipúblico y en el privado, aquellos que se estrellan torpemente contra la integridad moral, la conducta honesta, la orientación independiente, la línea recta editorial e informativa de El Espectador. Somos un periódico con una larga trayectoria de persecuciones implacables, pero con un respaldo enorme de opinión pública. Es un periódico viejo en años, pero joven, muy joven, en su desarrollo ideológico y material. No vendemos, no hipotecamos, no cedemos nuestra conciencia ni nuestra dignidad a cambio de un puñado de billetes. Eso no está dentro de nuestros presupuestos.

¡Allá el Grupo Grancolombiano con su política de la tenaza económica y con sus sistemas de amenaza y de represalias contra la libertad de expresión!

Que nuestros lectores y suscriptores cineastas perdonen que en nuestras páginas no aparezcan todos los días, como aparecieron durante muchísimos años, los anuncios desplegados del Circuito Cine Colombia, que cambió de propietarios y de orientación, para bien o para mal de sus intereses.

Nosotros no vamos a claudicar, como no hemos claudicado jamás. ¡Sobre eso nadie tiene derecho a equivocarse!

Por Editorial

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