Calidad y pertinencia

La virtualidad en la educación, un falso dilema

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Aún quedan retos en el corto, mediano y largo plazo en temas de educación.

Como están las cosas, la educación no presencial no va a disminuir notablemente en el corto plazo ni considerablemente en el mediano plazo. Por el contrario, habría que decir que se consolidará en diferentes formas de combinación con la virtualidad, la alternancia y las nuevas modalidades de interacción que ofrece la transformación digital.

El juicio de valor sobre la conveniencia de dicho afianzamiento aún tiene tantos puntos de vista, como ausencias de datos y análisis serios sobre sus verdaderos alcances e impactos.

En nuestro país, la baja conectividad doméstica en los sectores rurales y urbanos populares -tan asignable a la imposibilidad económica para adquirir los equipos apropiados y contratar los oligopólicos servicios de internet, como a la deficiente infraestructura- ha ahondado la desigualdad educacional, que debe medirse por la relación entre la calidad metodológica de la enseñanza y la posibilidad de dedicación del alumno para el aprendizaje, y no simplemente por la disminución de las fatigosas caminatas a través de insufribles trochas para poder acceder a una lección (ahora sustituidas por las acrobáticas maniobras que permitan alcanzar la señal sobre las copas de los árboles).

Entonces, parodiando a Plutarco, no podemos matar al mensajero porque nos trae malas noticias. El problema radica en focalizar los esfuerzos y recursos estatales en garantizar el acceso de los alumnos a sus clases desde cualquier lugar del país, adoptar plataformas y sistemas educativos adecuados, y preparar integralmente a los docentes para los imperativos académicos de la nueva realidad. Tal desigualdad no la originan la educación no presencial ni la virtualidad la generan las políticas educativas, la falta de asignación de recursos y el direccionamiento gubernamental.

Los beneficios que en términos de calidad de vida y aprovechamiento del tiempo nos brinda la posibilidad de conectar desde cualquier lugar a alumnos y maestros facilita y generaliza la transmisión del conocimiento explícito, aumentando la ampliación de fuentes de investigación y la accesibilidad mundial a economías colaborativas del saber y la ciencia, aceleradas hoy, tanto por las medidas de bioseguridad que impone la pandemia como por el notable crecimiento de la transformación digital. Pero la educación no presencial no es un plan de contingencia para los procesos educativos, sino uno de sus mayores desarrollos.

Y es que no puede verse, o pretender presentar, a la educación no presencial como sustitutiva a la presencial. Los espacios físicos en los que se desarrolla la academia no solo son fundamentales para la socialización y el ejercicio de los estímulos sensitivos, desde el preescolar hasta el posgrado, sino que se vuelven determinantes de las relaciones y el desempeño en los entornos comunitarios, culturales y laborales, por los factores de concentración, conducta y disciplina (entre otros) que se moldean desde las aulas.

No se puede descalificar la educación no presencial para reclamar la necesidad del retorno de la presencialidad, al igual que no resulta objetivo pensar que su desarrollo hará innecesario el compartir de alumnos y profesores en los espacios físicos académicos.

*MBA DBA. Consultor Internacional. Máster en gestión de empresas de la Universidad Ramón Llull de Barcelona.

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