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Manos de las Farc

Pinchao relata los momentos más duros durante los ocho años, cinco meses y 27 días que permaneció en poder de la guerrilla.

John Frank Pinchao * / Especial para El Espectador
02 de enero de 2008 - 02:45 p. m.

Primero de noviembre de 1998. En la madrugada los estruendos de las explosiones me despiertan. Mi sargento Espinosa llega a mi habitación y me dice: “se nos metió la guerrilla”. El efecto de los cilindros que ellos nos lanzan es muy devastador. Eso causa nuestra derrota.

El comando de policía es incinerado, entonces nos dirigimos hacia un búnker. Como la munición de la guerrilla se está agotando nos lanzan gasolina con una motobomba. Muchos policías se entregan y nosotros quedamos atrapados en una casa.

En la madrugada siguiente ingresa un gran número de guerrilleros a la casa y nos secuestran. El comandante guerrillero Urías Cuéllar, encargado del operativo nos explica que nuestro secuestro es para hacer un canje.

Los primeros días navegamos en embarcaciones, después llegamos a un sitio donde nos establecemos por algunos meses. A mediados de noviembre llega la Defensoría del Pueblo al campamento. Nos traen radios, el mejor regalo que podemos recibir en cautiverio.

De 1999 a 2001

Todos los días son iguales. A las 6 de la mañana nos despiertan, nos reparten tinto y después el desayuno. La comida generalmente es arroz y granos, y cuando hay posibilidades nos dan pescado, carne de monte y pollos de los que ellos crían. Los campamentos son casas cubiertas de alambre de púas. En algunos campamentos nos construyen canchas de microfútbol y voleibol.

Estamos en un campamento los 61 secuestrados de Mitú. En junio llega Grannobles (el hermano del Mono Jojoy) y nos dice que ya todo está solucionado, que en dos días nos liberan.

Llega el día. Nos dicen: “Alisten y se van”. Primero salen los subalternos y nosotros, los mandos, salimos detrás. Pero ellos siguen un rumbo y nosotros salíamos para otro paquete. Ellos van a secuestrar políticos y luego nos van a liberar.

Entonces  llegan la doctora Consuelo González de Perdomo, Alan Jara y Orlando Beltrán. La llegada de Alan es muy importante para nosotros porque nos enseña inglés, geografía, geopolítica. Él nos cambió el mundo.

Pero luego las cosas cambian y durante cuatro meses permanecemos encadenados las 24 horas. Después nos llevan a un campamento llamado Caño Caribe, donde están Íngrid Betancourt, Clara Rojas, el senador Luis Eladio Pérez y otros políticos. El lugar es como un corral de marranos, totalmente enmallado. Dormimos en una casa forrada en alambre de púas.

2004


Nace Emmanuel. Es blanquito y flaquito. El enfermero de la guerrilla lo trae a nuestro campamento porque los policías y militares le tiene algunos regalos. Pero luego, en agosto, tenemos que salir de ahí porque hay helicópteros sobrevolando la zona.

Hacemos una caminata tortuosa de 20 días. La comida es escasa. En el camino hablo con Kid, Tom y Mark. Me cuentan que los hacieron caminar desnudos y descalzos por la selva. Íngrid está muy enferma, tiene hepatitis. Se ve en los huesos. La llevan cargada en una hamaca. Mi Coronel Mendieta también está enfermo de los riñones. El teniente Malagón tiene una pierna descompuesta.  Después de esa caminata llegamos a un campamento. Allí nos dividen en grupos de diez.

En mi grupo está Íngrid Betancourt. Ella nos habla mucho, me quiere enseñar francés, pero en ese tiempo se fuga y después de que la recapturan, a los cinco días,  le prohiben hablar con nosotros. Como castigo  le ponen una cadena al cuello las 24 horas del día. Con el tiempo le levantaron el castigo.

2007


Estoy en un campamento a orillas del río Apaporis. Hoy (28 de abril) se reúnen las condiciones para mi fuga: oscuridad y lluvia. El único equipaje que llevo son dos bolsas negras con farinha (una especie de harina de yuca) y un tarro de agua para utilizarlo como flotador.

Son más o menos las 8 de la noche. Mientras un guerrillero sale a pasar revista a sus compañeros, yo aprovecho para salir al monte. Salgo arrastrándome. A medida de que el guardia va alumbrando con la linterna yo me quedo quieto, y en el momento en el que la apaga me fugo. Me arrastro alrededor de una hora, cuando llego a un sitio más despejado me incorporo, busco el río y me tiro.

Me dejo llevar por la corriente. El agua está helada. Me salgo del río antes de que amanezca y me acuesto a dormir. No reconozco nada porque la selva es igual en todas partes.

Me despierto y sigo mi camino por la orilla del río, pero me pierdo. Continúo perdido una semana, hasta que logro salir nuevamente al río con la ayuda del sol. Durante nueve días sigo el curso del agua que me lleva a la libertad.

Me encuentro con un grupo Jungla de la Policía, cerca del río. Ellos me llevan a San José del Guaviare y luego a Bogotá. Esos 17 días en la selva me encomendé a Dios, le dije: “Si usted me va a sacar, bienvenido sea; si este es el final de mis días, por lo menos morí en libertad y si me va a regresar otra vez al secuestro, es su voluntad”.

* Subintendente de la Policía.

Por John Frank Pinchao * / Especial para El Espectador

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