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Manzanares, escultor de emociones

José María quiere repetir las emociones que vivió hace un año en la capital del país.

Rodrigo Urrego Bautista / Especial para El Espectador
20 de febrero de 2010 - 09:00 p. m.

Para que un torero español, a punto de comenzar su temporada europea, se siente en la silla de un avión por más de 10 horas, atraviese el Atlántico y se devuelva unas horas en el tiempo, con el único propósito de vestirse de luces una sola tarde en Colombia, debe haber muchas motivaciones en su corazón.

Motivaciones interiores y espirituales. Y esas son las que se mueven en el alma de José María Manzanares, un joven alicantino de 28 años que eludió sus estudios de veterinaria para afrontar su destino. Destino marcado a sangre y fuego por ser el primer heredero de uno de los mejores toreros de la historia: José Mari Manzanares.

Quizás esas mismas motivaciones que deambulan en el espíritu de Manzanares son el motor, el impulso hacia un camino que ya conoce, el de la puerta grande de la Santamaría de Bogotá. Tal vez, y lo admite el torero, viene en busca de unas sensaciones que vivió hace un año en esta plaza, y como quien quisiera alimentarse de ellas, las intenciones son de volver a vivirlas.

Pero en el toreo, y más en el toreo que sale de los sentimientos de Manzanares, todo es único e irrepetible. Por eso, quienes recuerdan aquellas faenas del 8 de febrero del año pasado, en el mismo ruedo que compartirá hoy con Pepe Manrique y José Tomás, sabrán que, si tienen su localidad asegurada, podrán ver una nueva escultura de Manzanares. Distinta. Claro, si los toros de Las Ventas del Espíritu Santo se convierten en el metal precioso e ideal para que la orfebrería de Manzanares se consuma en lances y naturales de alta calidad estética.

Porque eso es Manzanares, un auténtico orfebre, un escultor del toreo. Capaz de convertir las embestidas de los toros en auténticas piezas plásticas, cuando su capote o su muleta las conducen con suavidad y largura en torno a su cuerpo, siempre erguido, de cintura rota que acompaña a los toros en medio de una gran expresión corporal. Los fotógrafos, que habrá muchos, tendrán una tarde para intentar capturar una obra de arte. Y los aficionados tendrán que conectar su vista con el corazón, para disfrutar mejor y conservar para siempre un toreo de muchos quilates.

Como el de aquel 8 de febrero de 2009. Manzanares lo recuerda. Y mucho. Sus ojos, escondidos tras unos lentes oscuros, parecen perderse en los recuerdos. Su expresión cambia cuando se le menciona aquella tarde. Y una sonrisa de emoción antecede a sus palabras.

“Fue una tarde que marcó mi vida —dice Manzanares—. Porque lo que yo sentí toreando a los dos toros fue esa conexión bonita que tuve con el público, una especie de afinidad muy cariñosa, con un trato muy especial hacia mí que agradezco profundamente y no se me olvidará para el resto de mi vida. Esperemos que este domingo sea igual”.

Aquella tarde, hay que admitirlo, los tendidos se llenaron por ver a José Tomás. Pero fue Manzanares quien conmovió al público. Pero el torero también se conmovió, al punto que confiesa que aquella tarde, aquellas dos faenas para la historia, forman parte de la vitrina de las mejores de su vida. ¿Tanto? Eso lo dice el propio torero.

“La de Bogotá es parte, junto con la de México, las de Sevilla, Barcelona y Zaragoza, de las cinco faenas que un torero recuerda al final de cada temporada. Fue una tarde muy bonita en la que tanto los toros como los toreros se entregaron al cien por cien. Tengo la ilusión de que este domingo pueda ser otra tarde para la historia”.

Para la historia. La de una plaza como la Santamaría, que está a las puertas de cumplir 80 años, y que en su libro dorado, muchas páginas de gloria llevan la inconfundible firma de Manzanares. Pero la de José Mari, el padre, quien, según el Manzanares de hoy, fue quien más se emocionó hace un año al conocer las noticias que le llegaron del triunfo de su hijo en una de las plazas que más lo admiraron.

“¡Ya le digo la emoción de mi padre! Él me ha hablado mucho de la Santamaría, siempre, incluso, conserva grandes amigos en Bogotá. Y todo lo que me ha contado es que disfrutó muchísimo, que era una de sus plazas favoritas, en las que más a gusto se encontraba, y antes de mis triunfos siempre me decía que ojalá tuviera la fortuna de disfrutar al público de Bogotá. Para mí ha sido una tremenda ilusión poder descubrir esta plaza tan bonita y lo que ha significado para mi carrera”.

Pero hace mucho tiempo que José María ha escrito su propia historia. Particular. Ya no es la segunda parte, o el anexo de la que escribió su padre, ese maestro que ha sido llamado ‘Torero de toreros’.

“Aunque sea hijo de una figura del toreo, a uno siempre le gusta que le reconozcan por sus hechos, y por lo que tenga que decir en el ruedo. Eso se consigue a través de mucho esfuerzo, mucho trabajo y entregando tu vida a lo que es el toro. Luego, lo demás es tiempo para que el aficionado se dé cuenta de que tu entrega es absoluta y ya te mire como un torero diferente y con su propia personalidad. La verdad me ha costado tiempo y sacrificios, pero estoy orgulloso de que ya me vean con un toreo propio. Sigo teniendo el orgullo y la felicidad de ser el hijo de una grandísima figura del toreo, para mí de los mejores toreros que han existido, pero a uno siempre le gusta que le vean como un torero único”, dice Manzanares, quien recuerda que la primera indicación de su padre fue que tendría que superarlo. “Siempre me dijo que mi obligación como hijo era esa. Ufff, está muy difícil, pero eso es lo que intentamos”.

Este domingo Manzanares, el escultor de emociones, tendrá en la Santamaría otra oportunidad para seguir en su intento. Y la tendrá ante el lujoso marco de una plaza llena, porque boletas ya no hay. “Me hace mucha ilusión. No hay nada más bonito que llegar a una plaza y que esté llena. Ojalá los toros del Maestro (César Rincón) ayuden y podamos disfrutar todos, y sobre todo que el público se divierta, porque la Fiesta se lo merece”.

Pepe Manrique y Las Ventas

Un bogotano, de 30 años, tendrá el orgullo de encabezar la terna. Pepe Manrique, cuyo toreo se ha identificado con el de la afición más exigente de Colombia, también por la estética de su toreo.

Los toros de esta tarde vienen de la ganadería de Las Ventas del Espíritu Santo, el hierro propiedad de César Rincón y que son prenda de garantía, porque esta es la ganadería de mejores antecedentes recientes en la Plaza de Santamaría. Tres corridas ha lidiado desde que debutó en 2007. Tres toros indultados son un récord que se complementa con las 19 orejas que le han cortado a igual número de toros lidiados. El año pasado fueron la piedra principal en la que se construyó la gran tarde en la que triunfaron José Tomás, Manzanares y Sebastián Vargas.

José Tomás, el mejor del mundo

Su nombre ya es leyenda. Para muchos es el mejor torero del mundo. Un torero al que hay que ir a ver. Torea poco, cerca de treinta tardes al año, pero por su intensidad, por la carga emocional que imprime a su toreo, parecen más. José Tomás ha hecho de su presencia en Bogotá una de sus ineludibles estaciones en el mundo. Por eso muchos aficionados de Suramérica ya tienen una cita con él y con la Santamaría. El 8 de febrero del año pasado consiguió su primera salida a hombros en Bogotá. Hoy hará el sexto paseíllo de su carrera en esta plaza.

Por Rodrigo Urrego Bautista / Especial para El Espectador

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